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Miguel Delibes

Piedras venerables

Las ciudades castellanas —Ávila, Segovia, Zamora, Salamanca, Burgos, Soria, León, etc.— constituyen auténticos museos, expresiones insuperables de los más variados estilos —románico, gótico, plateresco—, pero mi pluma, más volcada al campo y poco dada al cultismo, pasó de largo sobre estas piedras, felices documentos de un pasado glorioso, si exceptuamos tal vez la ciudad de Ávila en La sombra del ciprés es alargada. En cambio ha consignado como hitos, como si de viejas atalayas se tratase, aquellas piedras que fueron marcando su huella en el transcurso de los siglos para pasar a configurar nuestro paisaje rural y darle una personal fisonomía. Así sucede con los castillos y torres, emblemas de nuestra región —La caza de la perdiz roja—, o la humilde iglesia románica, aún erguida entre las ruinas de un pueblo sin vida —Las guerras de nuestros antepasados— y, particularmente, con carácter de auténtico protagonismo, con la pequeña ermita prerrománica que se yergue airosamente sobre el teso, dominando la aldea perdida en las estribaciones serranas del norte de la región en El disputado voto del señor Cayo.

Tomado de «Piedras venerables», en Castilla, lo castellano y los castellanos, Barcelona, Editorial Planeta, 1979, p. 21

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