He subido a los altos con Miguel, el veterinario, para aprender las lindes de lo nuestro. El domingo 23 se levanta la codorniz. Cada vez hay más hazas en estos páramos y, consecuentemente, también aumenta la codorniz. Estoy convencido de que a este pájaro le gustan los altos y ahora que desaparecen linderos y espuendas con la concentración en la Castilla llana, la codorniz está más a gusto aquí no sólo por la frescura natural, sino por el cobijo que le prestan aliagas, pimpolladas y helechos. Los ingenieros de concentración no son partidarios de que se extiendan las siembras por estos páramos. Preferirían el pasto. No sé, quizá tengan razón. Al bajar, el veterinario me estuvo enseñando un té silvestre que se cría en las rocas de Las Puertas, camino de Nocedo. Las plantitas crecen en los resquicios más inverosímiles, allá donde se forma un poco de mantillo.
Tomado de Un año de mi vida, Barcelona, Ediciones Destino, col. Áncora y Delfín, n.º 384, 1972, p. 27.