Al ponerse el sol he atrapado una trucha de kilo con cucharilla. Han sido unos momentos emocionantes porque había olvidado en casa la tomadera y he tenido que sacarla a pulso, cansándola antes.
Al primer lance, el pez siguió al engaño y, al segundo, se enganchó. Cuando la traía, tiraba tanto que el carrete empezó a patinar y la trucha se metió en un rápido. Como pude apreté la bobina mientras el pez coleaba como un cetáceo. Tenía un hilo del 20 y cedí un poco para evitar que se rompiera, aunque me daba miedo que la trucha se enredara entre las salcinas de las márgenes.
Con el corazón en la garganta, finalmente la traje hasta mis pies y oculto tras unos lirios aguanté los trompazos finales. Cuando la extraje del agua, agarrando con la mano izquierda la punta de la caña, el animal estaba rendido y ni siquiera coleó. Es un bicho hermoso, asalmonado, que cocido y con mayonesa estará como para chuparse los dedos.
Tomado de Un año de mi vida, Barcelona, Ediciones Destino, col. Áncora y Delfín, n.º 384, 1972, p. 19.