Unos días después estalló la guerra. La guerra alteró la vida y la tranquilidad de Sisí. Aquellas bombas que, de vez en cuando, caían sobre la ciudad abrían un estrépito como si la tierra toda se desgarrase. Eran como truenos horrísonos, que metían su estruendo a través de la carne. Luis Sendín y los muchachos como él andaban de aquí para allá con el fusil presto y las cartucheras a la cintura. Eran tan jóvenes que parecían niños jugando a la guerra. Salían de la ciudad en camiones, voceando al viento. Sisí no sabía dónde, y muchos no volvían; quedaban abatidos sobre los surcos o sobre las crestas grises de las montañas. Había una vibración extraña poseyendo la ciudad, poseyendo la tierra, poseyéndolo todo. Sisí, en el foco de este caos, se sentía descentrado.
Tomado de Mi idolatrado hijo Sisí, Barcelona, Ediciones Destino, col. Áncora y Delfín, n.º 87, 1953, p. 286.