Por San Aberico, antes de concluir enero, se desencadenó la cellisca. El Nini la vio venir de frente, entre los cerros Chato y Cantamañanas, avanzando sombría y solemne, desflecándose sobre las colinas. En pocas horas la nube entoldó la cuenca y la asaeteó con un punzante aguanieve. Los desnudos tesos, recortados sobre el ciclo plomizo, semejaban dunas de azúcar, de una claridad deslumbrante. Por la noche, la cellisca, baqueteada por el viento, resaltaba sobre las cuatro agónicas lámparas del pueblo, y parecía provenir ora de la tierra, ora del cielo.
El Nini observaba en silencio el desolado panorama. Tras él, el tío Ratero hurgaba en el hogar. El tío Ratero ante el fuego se relajaba y al avivarle, o dividirle, o concentrar, o aventar las brasas, movía los labios y sonreía.
Tomado de Las ratas, comentado por Amparo Medina-Bocos, Barcelona, Ediciones Destino, col. Clásicos Contemporáneos Comentados, n.º 8, 1996, pp. 63-64.