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Miguel Delibes

Isla oxidada

El viajero que arriba por mar a Tenerife se pregunta asombrado por qué razones sería considerada ésta por los antiguos una de las islas Afortunadas. En efecto, Tenerife, desde el mar, a un par de millas de distancia, ofrece al viajero un perfil hosco y abrupto, una perspectiva desolada, algo así como un montón ingente de hierros herrumbrosos sin el menor indicio vegetal. Porque Tenerife —sentemos, para empezar, esta afirmación— es una isla oxidada. El lector se preguntará si es que una isla puede oxidarse lo mismo que un clavo o una máquina y a la vista de este desconcertante archipiélago canario, he de responder que sí, que una isla puede adquirir ese tono negro-rojizo característico de la herrumbre, como una llave vieja olvidada en una bodega.

Más tarde, cuando el barco, a golpe de sirena, va pidiendo sitio en el muelle y las costas desnudas se aproximan al viajero, empiezan a aclararse ciertas cosas. El Teide, adormecido, presidiendo majestuoso el agrio contorno de la isla, nos habla de un pasado incierto, de un ayer incensado por el humo de los volcanes y uno comprende que esas rocas destempladas, de una calvicie inquietante, constituyen los detritus digestivos del Teide, los despojos de su voracidad secular.

Tomado de Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias, Barcelona, Ediciones Destino, col. Áncora y Delfín, n.º 203, 1961.

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