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Miguel Delibes

El ojeo

En una palabra, la perdiz tira hoy del prohombre no para convertirlo por unas horas en paleolítico, sino para matizar su refinamiento haciéndole partícipe de un esparcimiento confortable y versallesco. El gran Ortega, a la vista de estos alardes pirotécnicos con un fondo interesado, y del habitual complemento gastronómico subsiguiente, hubiera, a buen seguro, añadido un sabroso apartado a su famoso prólogo.

Ahora bien, a mí no me parece mal que cada cual se divierta como quiera. Incluso he de admitir que a mí no me desagrada —ni mucho menos— un ojeo. Reconozco asimismo que el tiro en ojeo es tan difícil —aunque otra cosa— como el tiro en mano (por otro lado, pienso, esto de la dificultad está en razón inversa de la costumbre). Lo único que quiero constatar es que el ojeo no es caza. Cazar es buscar, perseguir, levantar, tirar y cobrar un animal silvestre.

Tomado de la introducción a la edición española de Alegrías de la caza, de René Floriot, Tony Burnand, Jean Castaing, Claude Chavane, François Edmond-Blanc, Robert Flament-Hennebique, Philippe Lebreton, Jérôme Nadaud, Georges Vernes y François Vidron; traducción del francés de Miguel Delibes Setién y Miguel Delibes de Castro. Barcelona: Ediciones Destino, 1968, s. p.

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