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Miguel Delibes

Delibes y el cinematógrafo

Por Guzmán Urrero Peña

En su libro Miguel Delibes: La imagen escrita (1993), citado en la bibliografía de esta muestra, Ramón García Domínguez completa un magnífico escrutinio de los vínculos existentes entre Miguel Delibes y el séptimo arte. De él nos serviremos para enriquecer más de un párrafo a lo largo de este perfil. Para empezar, anotemos una certeza, y es que a buen seguro, la cinefilia juvenil es uno de los primeros escalones de esta experiencia, que luego desciende a gestos en la gran pantalla.

Con la agresiva exigencia de emociones que aparentan los niños, al pequeño Miguel, profundamente atraído por lecturas folletinescas, las peripecias más épicas le debían de parecer verosímiles en las proyecciones dominicales organizadas en su colegio, y también en los programas dobles de salas como el Cine Hispania y el Teatro Pradera. Posteriormente, en la redacción de El Norte de Castilla, ese interés sobrevivió, pues el género que con más asiduidad cultivó en sus inicios es la reseña cinematográfica. Es más: cuando Delibes fue nombrado director de esta prestigiosa institución periodística, propició la puesta en marcha de un cine fórum, afín a tantos otros que alimentaron los estudios sobre el mundo audiovisual en la España de la década de los sesenta. Estas reuniones comenzaron el 2 de febrero de 1966, y el largometraje que se exhibió ese día es, como dicen los castizos, todo un clásico: Ciudadano Kane, de Orson Welles. Oportunamente, Welles ya era conocido en persona por muchos castellanos como Delibes, pues había rodado su filme Mister Arkadin en varias ciudades de la región. Por cierto: más de una anécdota puede relatar el escritor al respecto de dicho rodaje.

En 1963, la actriz y realizadora Ana Mariscal estrenó su película El camino, una producción de la compañía Bosco Films cuyo argumento procedía de la novela homónima. El guión, firmado por José Zamit y la directora, respetaba la esencia literaria, y el reparto, contaba con intérpretes tan solventes como Julia Caba Alba, Mary Delgado, Maruchi Fresno, Joaquín Roa, Antonio Casas, José Orjas y María Isbert. En definitiva, toda una garantía de dignidad artística.

Retrato de familia (1976), basada en la novela Mi idolatrado hijo Sisí y dirigida por Antonio Giménez-Rico, se beneficiaba de la excelente fotografía de José Luis Alcaine y de la partitura escrita por el músico Carmelo Bernaola. También en este caso el conjunto de actores seleccionado prestaba verosimilitud al relato fílmico. Entre esos actores cabe mencionar a Antonio Ferrandis, Amparo Soler Leal, Mónica Randall y un jovencísimo Miguel Bosé.

Tras el éxito de La guerra de papá (1977), inspirada en El príncipe destronado y muy eficazmente dirigida por Antonio Mercero, llegó a las pantallas uno de los mejores títulos del cine español de la época, Función de noche (1981). De difícil catalogación genérica, el filme viene a ser, entre otras cosas, el diálogo descarnado que comparten dos actores, Daniel Dicenta y Lola Herrera, con el fin de explorar sin contemplaciones las causas más hondas de su fracaso matrimonial. El roce de este documento con la obra de Delibes viene dado por el hecho de que Herrera protagonizaba por las mismas fechas la adaptación teatral de Cinco horas con Mario, de la cual se ofrecen fragmentos en el metraje. Sin duda, el ejercicio de sinceridad que se plantea la actriz en la película guarda relación, y más de un punto de contacto, con el monólogo de su personaje en la narración delibeana.

Probablemente sea Los santos inocentes (1984), dirigida por Mario Camus, la versión cinematográfica más conocida y generosamente galardonada de un texto de don Miguel. Escrita con finura por el novelista Antonio Larreta junto a Manuel Matji y el propio Camus, esta película basaba su fuerza mayor en las interpretaciones, todas ellas admirables por su matiz realista. Y pese a la eminencia de los dos actores principales, Alfredo Landa y Francisco Rabal, hay que festejar el trabajo de otros miembros del reparto, como Terele Pávez, Juan Diego, Maribel Martín, Agustín González, Agata Lys —muy lejos de los papeles frívolos en que se había encasillado— y la veterana Mary Carrillo.

Por buscada coincidencia, y acaso por afinidad personal, Rabal volvió a ingresar en el mundo del escritor dos años después, encarnando al sabio personaje central de El disputado voto del señor Cayo (1986), una agradable producción realizada por Antonio Giménez-Rico a partir de la novela homónima. Curiosamente, también intervenía como protagonista Juan Luis Galiardo, a quien pudimos ver, mucho más joven, en El camino.

Como es de imaginar en un arte tan sujeto a las circunstancias, no siempre el cine ha logrado hacer justicia a las invenciones del autor castellano. Tras el decepcionante estreno de El tesoro (1988), de Antonio Mercero, llegó a las pantallas otra versión destemplada, La sombra del ciprés es alargada (1990), de Luis Alcoriza, protagonizada por Emilio Gutiérrez Caba y Fiorella Faltoyano. Tampoco conquistaron el favor popular Las ratas (1996), de Giménez-Rico, y Una pareja perfecta (1998), basada en la novela Diario de un jubilado y con el cineasta Francesc Betriú al otro lado de la cámara.

En un terreno más anecdótico, cabe mencionar la participación de Miguel Delibes en el proceso de doblaje al castellano de la superproducción Doctor Zhivago, de David Lean, y asimismo como guionista de dos documentales filmados para ser exhibidos luego por la pequeña pantalla: Tierras de Valladolid (1966), de César Ardavín, y Valladolid y Castilla (1981), de Adolfo Dofour. La impaciente escritura televisiva es, por cierto, el medio por el que se llevaron a cabo los libretos de la serie El camino (1977), de Josefina Molina, y de dos episodios inspirados en la narrativa delibeana, En una noche así (1968), de Cayetano Luca de Tena, y La mortaja (1974), de José Antonio Páramo.

Cuando muchos admiradores de esta dimensión cinematográfica del escritor aguardan el estreno de una versión de El hereje, hemos de concluir estas líneas con la certeza de que casi todo el repertorio que venimos indicando hace justicia al panorama literario en que se inspira. Sin necesidad de establecer un nexo directo entre todas estas películas, parece claro que el decoro en los guiones, una serie armónica de interpretaciones y la personalidad de los realizadores son los tres factores que han contribuido a esa traducción tan feliz como elogiable.

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