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Miguel Delibes

Los diarios de Miguel Delibes:
Un personaje y una máscara

Por Adolfo Sotelo Vázquez*

Tras obtener el Premio Nadal 1947 con La sombra del ciprés es alargada y confirmar su oficio novelístico con la pequeña obra maestra que es El camino (1950), Delibes abrió un filón de su obra en el que hay una buena dosis de componente autobiográfico. Esta veta, anterior a la publicación de Las ratas (1962) y de Cinco horas con Mario (1966), está formada por dos diarios con idéntico protagonista, el bedel de la Escuela de Comercio de Valladolid, Lorenzo, ejemplo supremo de personaje primitivo, bonachón y emprendedor, de honda dignidad y hombría, que en la primera novela, Diario de un cazador (1955), narraba sus estrecheces y sus afanes, su cotidianidad anodina y vulgar, solamente oreada por las emociones del ojeo y el vehemente entusiasmo por la perdiz roja en las campestre excursión dominguera con la escopeta al hombro, y, en la segunda, Diario de un emigrante (1958), se enfrentaba, en compañía de Anita, su mujer, al desarraigo de la emigración con la vana y malograda pretensión de atar los perros con longanizas. Desde entonces Delibes, que no ha abandonado nunca su querencia por el diario —El último coto (1992) es un buen ejemplo— ni por el mundo de la caza o «el gusto durante unos días de ser paleolítico» —según la afortunada imagen del maestro Ortega y Gasset—, había, sin embargo, postergado a Lorenzo, el bedel cazador, personaje con el que el novelista más y mejor se ha identificado. Para 1995, en Diario de un jubilado, retorna un personaje y una máscara con la misma autenticidad y análoga franqueza coloquial, tejidas en ese utillaje narrativo que se ha revelado como algo propio (nunca menor) del arte novelístico de Delibes, reafirmado con nuevas obras maestras como Los santos inocentes (1981) o 377A, madera de héroe (1987). El regreso de Lorenzo es deslumbrante. El gran novelista vallisoletano con una potencia y una frescura lingüística que sólo poseen los creadores de fuste, sigue empeñado en lo que es una constante de su quehacer: «rescatar para los hombres que vengan detrás, el lenguaje que se empleaba en Castilla en la segunda mitad del siglo xx» (El País, 11-II-1979). Mientras el habla de la pequeña burguesía provinciana nutría Cinco horas con Mario, el lenguaje rural se adueñaba de Las guerras de nuestros antepasados (1975) o la contraposición entre el habla precisa y campesina y el lenguaje cheli articulaba El disputado voto del señor Cayo (1978), Delibes había conseguido plasmar la jerga popular barriobajera en Diario de un cazador y —como él mismo le confesó a César Alonso de los Ríos— captar «la insensible aprehensión por parte de Lorenzo de los chilenismos que menospreciaba en un principio» en Diario de un emigrante. Diario de un jubilado nos devuelve a Lorenzo que habla como hablaba, incorporando usos léxicos y giros sintácticos que se le han pegado, como se le ha pegado el consumismo y la ingravidez del fin de siglo que vive ya en su jubilación.

Responsable de esta prodigiosa plasmación artística del habla común de Lorenzo, con sus modismos, muletillas y frases hechas es, sin duda, la forma narrativa, el discurso elegido, el diario, que permite, además, el protagonismo del lenguaje, como el propio Delibes reconoció al prologar en 1965 el tomo segundo de sus Obras completas, donde se incluían los Diarios. Al registrar cotidianamente los sucesos, Lorenzo, su innata capacidad de observación, su popular y riquísimo empleo del castellano, no quedan sujetos a ningún subterfugio artificioso de la configuración del relato, que podría responder a la actitud del artista, pero en modo alguno a la del protagonista, y puede así explayar su conocida locuacidad. Charlatanería que, al paso de los años, se ha tornado más permeable al escrutinio de lo que le rodea. Y aquí, surge el otro gran acierto de Diario de un jubilado: el nuevo entorno del personaje, cuya narración nos permite asistir a escenas y conversaciones que alcanzan cimas muy altas en la narrativa española de todas las épocas, con el aditamento de que el lector se ve implicado en esa «recuperación lingüística» gracias a los guiños y complicidades de Lorenzo.

La historia que se dibuja en el transcurso de quince meses de este diario está articulada en torno a tres núcleos temáticos. La vida matrimonial del jubilado Lorenzo y su mujer Ana, convertidos en escribidores de cartas para los concursos televisivos, mientras Lorencito, el hijo ya casado, se ha independizado, y Sonia, la hija, vive con un maromo con el que se acabará casando en Mallorca, ante la exclusiva asistencia de su padre. Este aspecto temático se confunde con el segundo: la apremiante sexualidad de Lorenzo que le lleva a caer en manos de unos hampones y que desencadenará la momentánea separación conyugal, subsanada por la bondad habitual de Anita. Mediante estos núcleos temáticos el Diario da cuenta de los viejos amigos y conocidos de Lorenzo, el Tochano, el Partenio y el estremecedor personaje (una criatura que, en verdad, sólo puede esculpir Delibes) de Melecio. Todos, con la excepción de este último, andan empeñados en el fragor mercantilista de los nuevos moldes sociales. Todos, salvo Melecio y Lorenzo en su decisión final, se ven arrebatados por el clima de prosaica y degradada moralidad en la que viven. De estos motivos argumentales se desprende, como es pertinente en la ética-estética de Delibes, una mirada irónica y satírica hacia las formas sociales, materialistas e insustanciales de la vida española de finales del siglo xx.

El nuevo ámbito del jubilado está determinado por su trabajo como asistente de don Tadeo Piera. No quiero decir con ello que el ambiente familiar y el círculo de amigos que Lorenzo conserva de sus tiempos de bedel y cazador sea irrelevante, pero la máxima novedad y el máximo acierto del último Diario es la recreación narrativa y lingüística, matizada y sabiamente graduada, alegre y desenfadada, divertida e inmisericorde del mundo de don Tadeo Piera, el poeta provinciano, enclenque y homosexual, del que el protagonista se convierte en confidente. No se crea, sin embargo, que Delibes ha optado exclusivamente por la recuperación de las confidencias del cotidiano pegar la hebra de Lorenzo y su jefe, sino que con una intensidad que recuerda al mejor Galdós nos da noticia del singular universo que componen don Tadeo, doña Heroína, doña Asunción y doña Cuca, hermanas del mediocre poeta provinciano, acuciado por su homosexualidad y por sus deseos de obtener el Premio Nobel. Estas escenas, narrativizadas desde la perspectiva y la voz de Lorenzo constituyen las mejores páginas de la novela y un acierto más del novelista en su dilatada recreación de la pequeñez abrumadora de la vida de una ciudad provinciana.

Lorenzo ya no goza con el pelotazo de una perdiz en la ladera del Sinova, ni siente el exprés de Galicia cuando no se puede dormir, pero conserva una manera de decir fetén y una mirada aguda y perspicaz que Miguel Delibes ha hecho de nuevo verosímil, porque, en el fondo, este jubilado, como don Eloy Núñez, el protagonista de La hoja roja (1959), o el Mochuelo, Mario Díez Collado, el Azarías o Pacífico Pérez, son pedacitos de un universo creativo que tiene en la honestidad el primer fundamento de su suficiencia estética. Cada vez que se intente recomponer esta larga dinastía de criaturas que componen la personalidad del maestro castellano, Lorenzo será, es, más que un personaje, una máscara que con naturalidad y como presagiaba Delibes en 1965 ha envejecido con él.

  • (*) Catedrático de Historia de la Literatura Española de la Universidad de Barcelona. volver
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