Por Marisa Sotelo Vázquez*
Pasé la vida disfrazándome de otros, imaginando, ingenuamente, que este juego de máscaras ampliaba mi existencia, facilitaba nuevos horizontes, hacía aquélla más rica y variada. Disfrazarse era el juego mágico del hombre, que se entregaba fruitivamente a la creación sin advertir cuánto de su propia sustancia se le iba en cada desdoblamiento. La vida, en realidad, no se ampliaba con los disfraces, antes al contrario, dejaba de vivirse, se convertía en una entelequia cuya única realidad era el cambio sucesivo de personajes.
De los ingredientes que se conjugan en la creación de una novela Miguel Delibes ha resaltado siempre la importancia medular del personaje: «crear tipos vivos, he ahí el principal deber del novelista». Y aunque la historia, la fórmula y el tono son también elementos decisivos en la morfología narrativa del escritor vallisoletano, tal como él mismo ha comentado en múltiples artículos, entrevistas y conferencias, todos esos elementos, en última instancia, deben plegarse forzosamente a las exigencias del personaje.
La importancia que Delibes concede al personaje arranca de la concepción unamuniana del desdoblamiento del autor en sus criaturas de ficción, expuesta en Tres novelas ejemplares y un prólogo. Por ello ha escrito: «el novelista auténtico tiene dentro de sí no un personaje, sino cientos de personajes. De aquí que lo primero que el novelista debe observar es su interior. En este sentido, toda novela, todo protagonista de novela lleva dentro de sí mucho de la vida del autor. Vivir es un constante determinarse entre diversas alternativas. Mas, ante las cuartillas vírgenes, el novelista debe tener la imaginación suficiente para recular y rehacer su vida conforme otro itinerario que anteriormente desdeñó. Por aquí concluiremos que por encima de la potencia imaginativa y el don de la observación, debe contar el novelista con la facultad de desdoblamiento: no soy así pero pude ser así». Desdoblamiento existencial que enfatiza la importancia del componente autobiográfico en la creación de los personajes novelescos. Idea en torno a la que articuló Miguel Delibes su discurso de recepción del Premio Miguel de Cervantes el 25 de abril de 1994, cuando tras constatar que ya tenía la misma edad que el viejo contable de Cecilio Rubes, en Mi idolatrado hijo Sisí y, tras ponerse por tanto en la piel de uno de sus personajes de ficción, reflexionaba: «si la vida siempre es breve, tratándose de un narrador, es decir de un creador de otras vidas, se abrevia todavía más, ya que éste antes que su personal aventura, se enajena para vivir las de sus personajes. Encarnado en unos entes ficticios, […] transcurre la existencia del narrador inventándose otros “yos”, […] son seres inexistentes, de pura invención, mas el escritor se esfuerza por hacerlos parecer reales […]. El problema del creador en ese momento es hacerlos pasar por vivos a los ojos del lector y de ahí su desazón por identificarse con ellos. En una palabra, el desdoblamiento del narrador le conduce a asumir unas vidas distintas a la suya pero lo hace con tanta unción, que su verdadera existencia se diluye y deja en cierta medida de tener sentido para él».
Desde estas premisas cabe preguntarse qué ha ido dejando de sí mismo Miguel Delibes en la psicología de sus personajes desde que en 1948 obtuviera el Premio Nadal con La sombra del ciprés es alargada hasta su última y espléndida novela, El hereje, en 1998, cincuenta años después.
Si repasamos con atención las sucesivas novelas y cuentos que integran su fecunda producción narrativa es fácil apercibirse de cuánto hay de autobiográfico en los personajes de las mismas, y hasta qué punto estos encarnan posibilidades latentes de la vida del escritor. La tristeza, la angustia y el sentimiento de desasimiento que experimenta el hombre ante la muerte, encarnado con modulaciones de distinta intensidad en Pedro, el adolescente protagonista de La sombra del ciprés es alargada; en la soledad radical de Eloy, el viejo funcionario jubilado, como verdadero compás de espera ante la muerte en La hoja roja (1959); en el horror ante la muerte de Senderines, el niño protagonista de La mortaja (1970). Y de nuevo el mismo sentimiento de miedo a la muerte disfrazado de falso heroísmo y arrebatos místicos en Gervasio García de la Lastra, protagonista de 377A, madera de héroe (1987), por citar algunos de los personajes más emblemáticos, aunque la obsesión por la muerte aparece siempre en todas las novelas de manera más o menos tangencial, pues el autor ha confesado que desde muy niño había sido una constante en su naturaleza, un sentimiento casi obsesivo.
Y junto a la muerte, otro de los ejes autobiográficos vertebradores de toda la narrativa delibiana es el amor a la Naturaleza, la defensa incansable del medio natural, la búsqueda de la armonía entre el hombre y la naturaleza, el paisaje, que podría muy bien resumirse en la frase de Ortega, «dime en el paisaje en el que vives y te diré quien eres». Desde El camino (1950), en la que Daniel, «el Mochuelo», intuye a sus once años que su verdadero camino está en la aldea del valle junto a sus amigos, sus gentes y sus pájaros, el sentimiento de la naturaleza se ha ido convirtiendo en algo visceral, instintivo, para muchos de los seres que pueblan el universo narrativo del autor castellano, sobre todo en las novelas de ambientación rural. Así la sabiduría natural e instintiva que tiene una clara dimensión simbólica en el Nini, protagonista de Las ratas, relato solanesco de 1962, en plena campaña de defensa de la despoblación de Tierra de Campos. El mismo tema reaparece en los relatos de Viejas historias de Castilla la Vieja (1964), y con más o menos intensidad en Las guerras de nuestros antepasados (1975), El disputado voto del señor Cayo (1978) o el drama rural de Los santos inocentes (1981), donde el inocente Azarías asesina al señorito Iván porque ha dado muerte a su milana. Y junto a la naturaleza, la pasión por la caza, por la vida al aire libre tan delibiana en tipos como Lorenzo, protagonista de los Diarios (cazador, emigrante y jubilado). En todos estos personajes Delibes ha ido dejando parte del amor a la naturaleza que no está reñido con su afición a la caza, así como sus tempranas preocupaciones ecológicas, tal como se puso de manifiesto en el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, «El sentido del progreso desde mi obra» (1975), en el que defendía un equilibrio entre la naturaleza y el progreso, apelando a que «el hombre, nos guste o no, tiene sus raíces en la naturaleza y al desarraigarlo con el señuelo de la técnica, lo hemos despojado de su esencia».
Y desde la dimensión existencial del principio pasando por su preocupación constante por la naturaleza la narrativa de Delibes desemboca necesariamente en la problemática social con obras tan significativas como Cinco horas con Mario (1966), verdadero aldabonazo en la conciencia literaria de la época. El conflicto de mentalidades expuesto únicamente a través de la voz de Carmen, en cinco horas de soliloquio frente al cadáver de su marido difunto, da pie a un certero análisis de las carencias afectivas y la falta de comunicación de la pareja protagonista a la par que reconstruye magistralmente las contradicciones y ramplonería de la clase media española. La preocupación por la justicia social, la tolerancia y la libertad, que habían acompañado desde siempre al autor, afloran en el discurso torrencial, acumulativo y acusatorio de Carmen, y nos permiten conocer tanto el pensamiento de ella como de rebote y de manera indirecta el pensamiento de Mario. A esta novela, cuyo valor indiscutible en la renovación del panorama narrativo de posguerra la crítica ha señalado unánimemente, le sigue Parábola del náufrago (1969), verdadera parábola de la degradación progresiva hasta la aniquilación del individuo bajo la presión de un sistema totalitario. Relato alegórico, trascrito con un lenguaje desarticulado, que desempeña una función relevante en la interpretación de la novela, cuya gestación arranca de la experiencia viajera de Delibes por Checoslovaquia, poco antes de la invasión rusa en la primavera de 1968. Preocupación social y cívica que se evidencia también en múltiples artículos que vieron la luz por aquellos años en la revista Triunfo, y que tiene su punto de arranque en la denuncia de la injusticia, de los abusos del poder frente al individuo que Delibes ya había subrayado en Las ratas, y a la que vuelve en Los santos inocentes, con el relato de la opresión de unos pobres campesinos bajo el despotismo feudal de los amos.
Y por último, El hereje (1998), ambientad en las luchas religiosas del siglo xvi, recoge y sintetiza todas las preocupaciones del autor, su insobornable sentido ético, sin fáciles maniqueísmos, su fidelidad a los principios y a las ideas firmemente asentadas, el amor a la naturaleza, el sentimiento de la muerte, la tolerancia, y el respeto a las razones del otro. Siempre en un castellano rico, vivo, preciso y auténtico con el que aspira a levantar acta de las preocupaciones de las gentes y los pueblos castellanos de su tiempo, porque Delibes es un escritor con territorio. Todas estas características hacen del autor un dignísimo heredero del arte cervantino en lo que éste tiene de sensibilidad afectiva, realismo y piadosa ironía.