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Miguel Delibes

Del periodismo a la novela

Por Darío Villanueva*

Más de medio siglo contempla la carrera literaria de aquel joven veinteañero, periodista, dibujante y profesor, que obtuvo uno de los primeros premios Eugenio Nadal en 1947 y que, cincuenta años más tarde, luego de recibir los más importantes reconocimientos a su ingente labor, merece por segunda vez el Premio Nacional, que ya obtuviera en 1955 con Diario de un cazador, concedido ahora a su novela histórica El hereje, que trata de los conventículos religiosos renovadores de la Valladolid de mediados del xvi. Son, en conjunto, veinte novelas y varios libros de relatos los que le han permitido a Miguel Delibes estar presente en todos los momentos significativos de la novela española posterior a la Guerra Civil. El escritor vallisoletano se mantuvo siempre al margen de grupos y capillas literarias, favorecido por esa indiferencia hacia lo contingente que desde una ciudad no metropolitana se puede dignamente mantener, pero vivificado por el hilo umbilical que desde un principio representó para él el comercio literario con su editor de Barcelona José Vergés cuyo testimonio está en el volumen de su correspondencia entre 1948 y 1986 recientemente aparecido. Esa independencia brilla también en otra de las facetas sin las que tampoco se podría comprender al Miguel Delibes escritor: su actividad periodística en el diario El Norte de Castilla donde lo fue casi todo antes que director. El periodismo aporta de por sí, al margen de desde donde se ejerza, una curiosidad global, el pulso de la actualidad contemporánea que luego demanda una prosa expresiva y eficaz a la vez, modelo no desdeñable para la buena escritura literaria (y baste mencionar aquí el caso de Gabriel García Márquez).

En 1965 alcanzó gran notoriedad una novela de Truman Capote, In Cold Blood, enseguida considerada como una obra maestra del llamado new journalism. Se trata, como es bien sabido, de la laboriosa reconstrucción por parte del autor, doblado en reportero y detective, de todos los detalles que rodearon el asesinato de la familia Clutter, de Halcomb, Kansas, cometido realmente el 15 de noviembre de 1959. Mas semejantes relaciones entre periodismo y ficción no son, sin embargo, novedosas. Al margen de las circunstancias profesionales de escritores y periodistas, fácilmente entrecruzables, en ambos medios se da una relación semejante en lo básico entre escritura, realidad y narración. En nuestros años cincuenta, cuando el neorrealismo evolucionó hacia un realismo de denuncia social, está cumplidamente demostrada la voluntad de los novelistas por testimoniar la realidad cotidiana que los periódicos, sometidos con rigor a la censura previa, no estaban en condiciones de difundir. El propio Miguel Delibes, director de El Norte de Castilla en los tiempos difíciles, de lo que ha dejado testimonio en su libro de 1985 La censura de prensa en los años 40 (y otros ensayos), ha contado cómo le prohibieron dar la noticia de que un vagón cargado de naranjas había descarrilado y volcado en Venta de Baños, acaso porque el Estado totalitario no podía consentir que trascendiera un fracaso puntual en la circulación ferroviaria por si de este modo se pudiese poner en solfa su eficacia y control total de las situaciones.

Aparte de esa proximidad obligada del periodista frente a una realidad compleja y cambiante a un ritmo que se ha ido incrementado vertiginosamente a lo largo del último siglo, el oficio del novelista puede beneficiarse también de determinadas exigencias formales que escribir en los diarios impone. En primer lugar aparece la de garantizar la narratividad que el lector demanda y nuestros novelistas redescubrieron como una exigencia inexcusable tras las excesos del experimentalismo en los años sesenta y setenta sobre los que Delibes tuvo siempre una idea muy clara y precisa. Y complementariamente, el requisito de un estilo directo, no retórico, perfectamente compatible con la eminencia de la escritura literaria y no meramente fungible.

Miguel Delibes es una persona que cree en el diálogo y lo practica cabalmente. La forma de sus novelas, y su humanismo, son básicamente dialogísticos, y gracias a sus conversaciones con periodistas amigos, luego recogidas en libros como los de Leo Hickey (1968), César Alonso de los Ríos (1971; 1993) o Ramón García Domínguez (1985), podemos conocer mejor su personalidad así como sus ideas políticas y literarias. Por ejemplo, saber que el periodismo le «empujó a buscar el lado humano de la noticia» y que escribiendo para El Norte de Castilla aprendió que «había que decir lo más posible con el menor número de palabras posibles» (César Alonso de los Ríos, 1993: 59-60). En varios de sus textos más personales Delibes confiesa que su primeros pinitos como novelista surgieron de «tal estado de virginidad literaria que entendía que la literatura debía ser engolada, grandilocuente», y que solo a raíz de su triunfo en el Nadal —confiesa— «llego al convencimiento de que, abandonando la retórica y escribiendo como hablo, tal vez pueda mejorar la cosa».

Así fue, ciertamente, gracias al modelo de sobriedad, exactitud y elegancia que Delibes encuentra en la prosa del mercantilista Joaquín Garrigues como Stendhal lo había hecho en el Código Civil francés, y gracias también a las exigencias de la escritura periodística. En La sombra del ciprés es alargada cabe encontrar párrafos como este: «La ciudad, ebria de luna, era un bello producto de contrastes. Brotaba de la tierra dibujada en claroscuros ofensivos. Era un espectáculo fosforescente y pálido, con algo de endeble, de exinanido y de nostálgico». Nada extraño, pues, que tres años más tarde, en el primer párrafo de El camino cuya edición facsimilar del manuscrito nos es por fortuna accesible, el escritor tache el adjetivo ineluctable para sustituirlo de su puño y letra por el más común de inevitable. En fin, el propio novelista ha admitido el tratamiento periodístico que dio al episodio de cerrilismo rural narrado en El tesoro (1985) a partir de los hechos reales que vivió su hijo arqueólogo, y las virtudes narrativas del reportaje, potenciadas sobremanera por las de una elaboración propiamente novelística de los personajes y de su decoro o verosimilitud lingüística, lucen de nuevo en El disputado voto del señor Cayo (1978), el libro que Delibes dedicó a nuestra transición democrática. Pero lo mismo se puede detectar desde mucho antes, si comparamos las crónicas reunidas en Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), relato del viaje que Delibes realiza en 1955, y los avatares de Lorenzo, el protagonista de Diario de un cazador (1955), ahora en trance de buscarse una nueva vida en el país austral, lo que constituye la sustancia de Diario de un emigrante (1958). El oportuno cotejo habla de cómo la objetividad periodística con que Delibes narra y describe en sus crónicas se trasmuta en un discurso rebosante de expresividad cuando es su personaje el que, con sus palabras, hace lo propio.

  • (*) Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, de la Universidad de Santiago de Compostela. volver
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