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Miguel Delibes

La escritura de Delibes

Por Jordi Gracia

Entre 1950 y 1966, a Miguel Delibes se le deben dos restituciones a través de dos novelas ejemplares. El camino es la primera y Cinco horas con Mario es la segunda. La primera restitución es la de la integridad de la lengua y la segunda la de la razón derrotada. Quizá ni el propio Delibes se dio cuenta de lo que había hecho con la primera de ellas, en la asfixia dogmática y fascista de la posguerra. Dio la mejor muestra de una escritura novelesca desintoxicada del lenguaje del tiempo, de la adulteración viscosa de la verdad convertida en consigna y parafernalia verbosa. Se limitó a registrar con el lenguaje de un niño la experiencia íntima, cotidiana y dolida, como si lo más urgente de todo fuese restituir la honradez al lenguaje, la integridad a las palabras: que cada cosa nombrase lo que debe, y fuese de la manera más precisa posible. Sin farfollas ni rimbombancias, sin frases ahuecadas ni latiguillos cultos y falsos. Cuando le mandó el manuscrito de la novela a su editor en Barcelona, José Vergés, de Destino, apenas reparó en lo novedoso que era ese lenguaje de la transparencia y la humildad, de la propiedad idiomática contra lo que Josep Pla, otro catalán, llamaba fumisteria, humo, retórica.

Pero con el manuscrito de su otra gran novela, Cinco horas con Mario, las cosas fueron de manera distinta. Se lo mandó a Vergés en 1965 con todas las precauciones y cautelas, con mucho miedo al contenido político y a la posible respuesta del régimen. La llegó a mandar él mismo a la censura, cuando el propio editor no lo hubiese hecho por creerlo innecesario. La sublevación interior que había en El camino era sutil, lingüística, ética —una razón moral—, mientras que la que había puesto en esa otra impresionante novela que es Cinco horas con Mario, tenía otro soporte: era una rebeldía con razón ideológica. Con esa novela quería descubrir las peores razones de una victoria ofensiva, humillante y vejatoria con los vencidos. Y lo que decía era muy simple, y también muy ofensivo, humillante y vejatorio para la España de Franco: contra lo que quiso el poder, la razón había estado con los vencidos.

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