Por Marta Cristina Carbonell*
La tranquila ejemplaridad con que la andadura narrativa de Miguel Delibes ha recorrido, sin sobresaltos y en permanente alerta, el arco trazado por la novelística española en su evolución a lo largo de la segunda mitad del siglo xx descansa, es sabido, sobre el suelo firme de aquellos tres famosos ingredientes que no ha dejado de reclamar como inexcusables para la novela: «un Hombre, un Paisaje y una Pasión», y, con ellos, de las tres virtudes esenciales que siempre ha querido reconocer en el «novelista de raza», a saber: «agudeza para ahondar en el alma humana y descubrir sus pasiones, facultad de desdoblamiento… y un estilo personal que hace que una página de [un] autor sea fácilmente reconocible por un lector de mínima cultura entre otras mil». Ahormadas en la esforzada conquista de esta última —que empezó a vislumbrar, según propia confesión, con la redacción de El camino (1950)—, sostienen las dos primeras la coherente terquedad con que Miguel Delibes ha afirmado, una y otra vez, al correr de los años, su condición de novelista de personajes, de afanoso forjador de «tipos vivos» de cuyo aliento vital —su pasión, su paisaje— se informa, enhebrada en tiempo, la historia, y surgen, por ley de rigurosa necesidad, los modos y maneras de un discurso narrativo cuyas modulaciones ha advertido siempre respetuosamente sometidas a la alta jerarquía artística del personaje.
Desde su siempre afirmada convicción de que la tarea del novelista no es otra que la de «descifrar al hombre» a través de la palabra, ahondando en su verdad esencial para acertar «con su última diferencia», y de que sólo «viviendo a su lado», estando cerca del hombre, siendo con él se hace posible esa labor de íntimo desentrañamiento con que el escritor aspira a ofrecer —alumbrando un pequeño pedazo de mundo— una visión «del mundo todo, de la vida toda», la novela de Miguel Delibes ha hecho de este firme anclaje, a lo largo de cincuenta años, una segura carta de marear que le ha guiado siempre en la exploración de nuevos caminos narrativos. Afianzada progresivamente su voz más personal ya a lo largo de la década de los cincuenta, al compás de un creciente compromiso crítico con la contextura problemática del presente, la permanente raigambre ética de su novela le ha permitido desplegar, con madurez y dominio crecientes, un abanico de posibilidades discursivas cuya oportunidad histórica las ha mostrado al servicio de una clara voluntad representativa, regida por la voluntad de acercamiento cordial al vivir y padecer de sus personajes, y que evita los modos tradicionales del narrador omnisciente para acompasarse piadosa, crítica o irónicamente al vaivén de unas conciencias en permanente búsqueda de una acogedora morada vital. Conciencias cuya interioridad —así sea manejando la primera o la tercera persona narrativas— se modela y se objetiva en la palabra, en el lenguaje, que deviene, en la novela de Delibes, sutil y muy preciso objeto de manipulación artística, celebrado como espejo en que se mira, no sólo la pasión del personaje, sino también el empeño moral del escritor.
No fue banal, en este sentido, que en su día, dos novelas cercanas en el tiempo como Cinco horas con Mario (1966) y Parábola del náufrago (1969) acogiesen lo que era el talante decididamente renovador de su discurso narrativo, tan llamativo en su momento, al amparo de lo que en ellas se contenía de reflexión acerca del don de la palabra. La significación socio-histórica, política o moral que desde ella irradiaba en ambos casos, germinaba en suelo abonado por la fe en la palabra, en el lenguaje, como superior y dramática manifestación de la conciencia de ser hombre, aquí cercenado instrumento de conocimiento y comunicación y, con ello, trasunto de unas miradas y unas vidas embotadas en su búsqueda de la autenticidad y la plenitud. En 1966, el desmesurado soliloquio de la viuda Carmen Sotillo ante el cadáver del marido escenificaba el acuciante rito expiatorio de una mujer cuya vida, en su pequeñez, fluía a borbotones por la torrentera desordenada de la memoria, en busca del cauce de un interlocutor imposible; la inevitable mudez de quien nunca pudo ni supo ser su espejo —«que es lo que yo digo, si las palabras no se las dices a alguien no son nada, botarate, como ruidos, a ver, o como garabatos, tú dirás… y conversaciones serias, lo que se dice conversaciones serias, bien pocas hemos tenido»— prolongaba, redoblada en esas cinco horas de desahogo inaplazable, la radical incomprensión que alimentaba la soledad compartida por dos seres cuyo simbólico antagonismo —la estrecha memez pequeño burguesa y reaccionaria de Carmen; la severidad de los postulados ideológicos, éticos y morales del intelectual progresista Mario, ahogado bajo el peso, ha señalado el propio Delibes, del no poder decir, de «tener que callar todo lo que pensaba», replegado en pertinaz silencio frente al muro que el monodiálogo de Carmen reconstruye en su privado parloteo dolorido— se descubría confluyendo, irónicamente, en una misma asfixia, mutuamente ignorada: la sed de verdadera interlocución.
La sed que nutre, tres años después, el delirante relato que da forma a la desasosegante parábola del náufrago Jacinto San José, probo empleado de una siniestra empresa deshumanizada que traduce los modos de una sociedad hiperburocratizada y degradante; pacífica víctima de un mundo totalitario y abyecto del que ha sido proscrito —así los recursos formales que explotan los segmentos narrados en tercera persona— el don cordial de la palabra, haciendo de ella instrumento de confusión, embrutecimiento y sumisión. Acuciado por esta pavorosa certeza, promotor del ingenuo movimiento. «Por la Mudez a la Paz», y fracasado inventor de un nuevo y absurdo lenguaje sincopado, el contracto, sólo en sus momentos de desbocado soliloquio ante el espejo reencuentra Jacinto San José, en soledad, su condición pisoteada de hombre que interpela libremente a su conciencia y se interroga sobre el sentido del vivir, pues —se dirá— «no es lo mismo callar que hablar sin que a uno le comprendan, que parecerá lo mismo pero no es lo mismo, ya que el hombre no es un animal racional, o si lo es… sobre esta cualidad predomina la condición de animal parlante». El postrer puñetazo desesperado con que Jacinto rompe definitivamente el espejo es la antesala de su irreversible metamorfosis en alegre y saltarín borrego: el escalofriante balido que sale de su boca, cerrando la novela, despide sin remedio al hombre que Jacinto fue, y siguió siendo, mientras persistió su conciencia del miedo a perder aquello que el novelista Miguel Delibes ha porfiado por preservar y engrandecer a través de sus hombres, sus paisajes y sus pasiones: el don de la palabra.