Centro Virtual Cervantes
Literatura

Escritores > Ángel Crespo > R. Menéndez Salmón
Ángel Crespo

Elogio del traductor

Por Ricardo Menéndez Salmón

«En la pared pintada de blanco que hay junto a mi escritorio [...] Ángel Crespo, fumando su gran pipa marinera y luciendo esa gorra que siempre me ha hecho pensar en los insurrectos del Potemkin, vive ya desde hace años encerrado en el rectángulo de un marco fotográfico»

En más de una ocasión, y en muy distintos medios, Javier Marías ha dejado escrito o ha dicho de viva voz que su mejor texto, aquel por el que un día merecerá sin duda ser recordado, no cabe buscarlo en novelas como Corazón tan blanco, Todas las almas o Mañana en la batalla piensa en mí, sino en la traducción que en su momento, allá por el año 1979, realizó de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, obra magna del clérigo irlandés Laurence Sterne y una de las piezas capitales de la literatura de todos los tiempos, tarea que por cierto le rindió al escritor madrileño el merecido tributo del Premio Nacional de Traducción.

Aceptando con agrado la intuición de ese estupendo conocedor del oficio que es el autor de Negra espalda del tiempo, no quiero recordar aquí al poeta Ángel Crespo —culto, luminoso, sosegado—, ni al ensayista Ángel Crespo —elegante, estricto, necesario—, sino al traductor Ángel Crespo, el hombre al que debo el descubrimiento de dos de mis mayores y más fecundas pasiones literarias: la del múltiple, enfermo de sí mismo, inagotable espíritu que dijo llamarse Fernando Pessoa sin renunciar a llamarse Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Bernardo Soares o Ricardo Reis, y la del políglota, intérprete del corazón de todo un subcontinente e insuperado mago del idioma que se escondió tras la humanidad arrebatadora del médico y diplomático brasileño João Guimarães Rosa.

Así como todo escritor procede de la vida al lenguaje, convirtiendo la realidad en signo, el suceso en reliquia y el devenir en mármol, así todo traductor procede del lenguaje a la vida, devolviéndole a la palabra existencia en un código distinto al de origen aunque no por ello contradictorio con él. Aprehender la estatura, la profundidad y la sutileza de un idioma hasta convertirlo en sustancia familiar y cómplice para un lector extranjero —por lo tanto extraño y, en cierta medida, hostil—, constituye, pues, uno de los procesos más complejos, gozosos y dignificadores de esa apasionante aventura intelectual que gravita en torno a la constelación del libro.

De modo que cuando leyendo Libro del desasosiego acepto que el viaje es siempre el viajero, o cuando leyendo Gran Sertón: Veredas asumo que la vida es travesía; cuando descubro al genio oficinesco fumando su tedio en un cuarto de la lisboeta Rua dos Douradores, o acato el misterio hermosísimo que oculta el cadáver de Diadorim tendido en su hora final; cuando, en definitiva, me asomo a la naturaleza escindida del yo pessoano, o abrigo la certidumbre de que el cruel yagunzo Riobaldo constituye por derecho propio uno de los caracteres más inolvidables de la literatura del siglo veinte, ha sido, es, será la mano de Ángel Crespo la que ha mecido, mece, mecerá para mí las aguas de estas dos voluntades en que la lengua portuguesa se recluyó con majestad irrepetible.

En la pared pintada de blanco que hay junto a mi escritorio, entre un Juan Carlos Onetti bisojo y tocado con sombrero de ala ancha y un James Joyce de frente despejada que consulta armado de lupa e infinita paciencia unas galeradas, Ángel Crespo, fumando su gran pipa marinera y luciendo esa gorra que siempre me ha hecho pensar en los insurrectos del Potemkin, vive ya desde hace años encerrado en el rectángulo de un marco fotográfico. Su imagen, como la de los libros que vertió a mi idioma, a beneficio de mi inteligencia y de mi emoción, me acompaña hace tiempo, de mudanza en mudanza, de estación en estación, de edad en edad.

Volver a la página anterior Subir al principio de la página Ir a la página siguiente
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es