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Ángel Crespo

La vida plural de Ángel Crespo

Por José Ramón Ripoll

««[...] una de las cosas que aprendí de él y de su gran legado fue a ser plural, a situarme fuera del texto y de mi propio contexto para contemplar la obra del otro en su justa dimensión, sin prejuicios»

De las experiencias literarias de mi juventud, la que recuerdo con más viveza es el primer encuentro con Carlos Edmundo de Ory. Fue la primera vez que oí a un escritor de carne y hueso hablar de otras cosas que no fuera literatura. Sus conversaciones oscilaban entre el budismo y los trabalenguas más disparatados. Cuando le tocaba el turno a la poesía se sacaba de la chistera un puñado de versos de autores desconocidos entonces para mí y excluidos de la nómina oficial de la época. Sus ojos chispearon cuando mentó a Ángel Crespo y recitó de memoria uno de los sonetos que éste último había publicado en La cerbatana en 1945, bajo el título «De mi loco al loco de Carlos Edmundo», que junto a «Van metes trinan cuestas estremezco» y el dedicado «A Eduardo Chicharro», da buena cuenta de la actitud renovadora y postista del poeta manchego por aquellos tiempos. Ya más despacio, Ory se acordó de una pequeña estrofa del «Homenaje a João Cabral de Melo Neto» que dice:

Para conservar un poema
hay que ponerlo a la intemperie,
sobre todo cuando graniza
mejor que cuando llueve…

Desde entonces esos versos se convirtieron para mí en una especie de máxima, la punta del hilo desde la que fui tirando y adentrándome en el mágico laberinto de uno de mis escritores de cabecera. Para un joven de dieciocho años que intentaba vanamente poner en pie el castillo de naipes de sus versos, el consejo no era nada desdeñable. Cuando descubrí el texto completo al que pertenecía ese pequeño fragmento, tuve la sensación de haber encontrado un verdadero manual para hacer poesía o, al menos, para intentar comprenderla:

Un poema llega sin prisa
por entre bosques y fronteras
mas en terreno despejado
es donde vuelve a ser poema.

Un poema llega a la mano
en forma de agua, polvo o viento,
pero hasta no tener su forma
no es un poema: falta el verbo…

Supe muy pronto que João Cabral de Melo era un referente de primer orden en la obra de Crespo, no sólo como uno de sus autores preferidos y traducidos de la lengua portuguesa, sino como promotor en la sombra de la Revista de Cultura Brasileña que nuestro poeta, como primer director, erigió en uno de los faros más luminosos del vanguardismo. Como a muchos compañeros de mi generación, esa insustituible revista me señaló un trayecto distinto al recorrido por la mayoría de los poetas y artistas españoles, me abrió ventanas en cuanto a la experimentación expresiva y me incitó a leer la obra de Ángel Crespo y, a través de ella, a descubrir a uno de los fenómenos que más presencia han tenido en mi formación literaria, como es la multiplicidad pessoana. Siempre pensé que el título de La vida plural de Fernando Pessoa, bien podría ser trasladable a la pluralidad del autor del ensayo.

Cuando en 1991, Jesús Fernández Palacios y yo dirigíamos un taller de poesía en Cadaqués, nos visitaron Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate, invitados por Berta Rivas, la organizadora de los cursos. Paseamos una y otra vez por el hermoso y familiar litoral de la bahía e iniciamos la conversación como si nos conociéramos de toda la vida. Aún vivía en Puerto Rico y, naturalmente, Juan Ramón Jiménez fue el tema central de nuestras tertulias, pero en aquellas sinuosas charlas fragmentarias, en las que participaban activamente los alumnos del taller, surgían precipitadamente los picos más altos de su extensa cordillera cultural: la traducción como género literario independiente y como ejercicio creativo o juego de espejos a raíz del texto original; la poesía como iluminación de ese juego de espejos en la búsqueda, no del misterio, sino de la verdad; el humanismo como tabla de salvación de la modernidad; la eterna complicidad entre el fuego y el mar como metáfora de la dualidad del ser humano y la conjunción con lo otro, mientras encendía su pipa frente a un azulísimo Mediterráneo… Dante, Pessoa, Petrarca eran más que nombres de grandes poetas: respondían a universos abiertos de palabras y músicas que se concentraban en el mundo que intentaba transmitirnos. Comprobé entonces la capacidad comunicativa del profesor para hacerse oír y dejarse comprender por un grupo de jóvenes aprendices de la poesía, posiblemente fruto, no sólo de su impronta personal, sino de su experiencia docente en la Universidad de Puerto Rico desde 1968. Me vinieron a la mente de nuevo los versos de mi primer recuerdo:

Un poema, cuando está frío
o caliente, es un agua turbia;
ha de tener de nuestras manos
la desigual temperatura;

Creo que sobraron muchos de los ejercicios con los que Jesús y yo tratábamos de explicar la naturaleza del poema a los alumnos. Bastaron unas palabras del poeta para desvelar el misterio, o «ese camino de ida, pero sin vuelta», según su propia definición.

Aquellos días en Cadaqués derivaron en varios encuentros en el Hotel Victoria de Madrid, donde solían parar Pilar y Ángel cada vez que volvían de Puerto Rico. Acababa de salir a la luz la primera entrega de RevistAtlántica de poesía —un voluminoso número doble— y le pedimos al poeta colaboración para el siguiente. No se hizo esperar. Generosamente nos anticipó cuatro poemas inéditos, perteneciente a un libro en preparación que más tarde prestaría el título a una de sus más conocidas antologías: La realidad entera. Los poemas eran «La realidad entera», «Como un diamante en bruto», «Noche estrellada» y «Olas de otoño», y además nos ofreció una magnífica traducción de catorce textos del poeta portugués António Osório, precedida de una breve pero intensa nota, que publicamos inmediatamente en el tercer número de la revista, correspondiente al otoño de 1991.

En Ángel Crespo encontré un buen consejero para continuar hasta la fecha esta empresa recopilatoria y husmeadora de los poetas del mundo pertenecientes a todas las lenguas y tendencias, porque una de las cosas que aprendí de él y de su gran legado fue a ser plural, a situarme fuera del texto y de mi propio contexto para contemplar la obra del otro en su justa dimensión, sin prejuicios y dejando atrás mis gustos y manías por un momento. Su postura reconciliadora y crítica a la vez siempre buscó la independencia, y creo que me ha servido bastante en mi larga y no siempre sosegada relación con la poesía.

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