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Ángel Crespo

Para una aproximación a la obra de Ángel Crespo

Por Antonio Colinas

«[...] su traducción de la Commedia de Dante —manteniendo el terceto encadenado, la medida y la rima— es hoy y será por mucho tiempo, una de las traducciones emblemáticas al español»

Dos cosas se deben señalar sobre Ángel Crespo (1926-1995) y sobre su obra previas a cualquier consideración parcial; dos temas que atañen de manera muy directa a la importancia de dicha obra en el panorama de las letras españolas del siglo xx. La primera de ellas atañe a su poesía, y es que el nombre y la poesía de Crespo rompen el tópico de las generaciones y, en concreto, la de los 50, aplicada de manera prioritaria al grupo de poetas nacidos en Barcelona.

Posee la agrupación de los escritores por generaciones un útil y evidente sentido didáctico, pero poco más. En ese tiempo generacional —al margen de algunas coincidencias estéticas o vivenciales— se ha acabado imponiendo la originalidad y la autenticidad de cada autor. De ahí el que, pasado el momento inicial, la fiebre de antologías y grupos, se vayan imponiendo las obras de cada cual. Es bajo este punto de vista que debemos encuadrar una obra poética como la de Ángel Crespo, que como la de otros de sus coetáneos —Carlos Sahagún, Gamoneda, Cabañero— quiebran el tópico de las generaciones. (Mención al margen de los tópicos generacionales merecen también en este momento las obras de Claudio Rodríguez o Francisco Brines).

Dicho esto sólo nos basta aproximarnos a la reciente edición de la poesía completa de Crespo (Poesía, 3 vols., Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 1996) para darnos cuenta de esa personalidad propia que distingue extraordinariamente a este autor. Se impone, entonces, hacer una lectura de su obra y de su tiempo desde otra perspectiva: la de una lectura exenta de última hora.

La segunda de las consideraciones previas que cabe hacer sobre Ángel Crespo es que en éste no sólo se dio un poeta, sino que fue escritor en varios géneros, con particular (y, en el caso de Dante, excepcional) dedicación a determinados temas. Ensayo, traducción de varias lenguas, estudios biográficos, completan extraordinariamente la figura de este escritor. Como ya hemos apuntado, su traducción de la Commedia de Dante —manteniendo el terceto encadenado, la medida y la rima— es hoy y será por mucho tiempo, una de las traducciones emblemáticas al español.

Complemento excepcional de esta edición es la que preparó, traducción incluida, del Cancionero de Francesco Petrarca (Bruguera, Barcelona, 1983). Las precisas versiones y el enjundioso y extenso estudio previo, hacen de este volumen otra de las obras de referencia, no sólo dentro de la bibliografía de Crespo sino de la española de su tiempo. (Recordemos también aquí, por razones de afecto, proximidad y sintonía literaria, la versión que del Decamerone de Giovanni Boccaccio hizo su mujer, Pilar Gómez Bedate [Bruguera, Barcelona, 1983], otro festín para los lectores cultos en el estudio previo y en la precisa versión).

Pero además del mundo italiano, tan querido para él, no hay que olvidar el trabajo de Crespo en el campo de la literatura portuguesa y brasileña, bien por medio de traducciones, ensayos o verdaderos libros. Entre estos últimos yo recordaría La vida plural de Fernando Pessoa, las valiosas versiones que nos dejó de dos de las obras de este autor, Libro del desasosiego (1984) y El regreso de los dioses (1986). Dentro de su aproximación a la literatura brasileña, ocupa un lugar preferente su Antología de la poesía brasileña (1973) o sus versiones de Guimaraes Rosa (1967). No nos olvidemos, sin embargo, de sus aproximaciones a otros temas y culturas, como su obra El Cantar de Roldán (1983).

Ha sido, pues, necesario subrayar estas dos coordenadas previas que exige una visión de urgencia de la vida y de la obra de Ángel Crespo: la voz propia, genuina, arraigada, de su poética, ajena a criterios meramente generacionales, y el que haya sido un estudioso y traductor de la literatura de referencia y de gran relevancia.

En esta síntesis debo, sin embargo, decantarme por su poesía, dejar que hable en mí el sentido de predilección para conducir al lector de estas palabras hacia esos tres tomos de su Poesía completa que, sin más, remiten a la autenticidad de la palabra, a una poesía con raíces, humanísima y personal, tan cercana a la tierra, pero que a la vez se nutre subterráneamente de esas culturas, lecturas y autores que para él han sido tan queridos.

Para los que hemos seguido en el tiempo con fervor la poesía de Crespo, hay que señalar también otro precedente bibliográfico: la edición en dos volúmenes de su obra poética previa: En medio del camino y El bosque transparente (Seix Barral, Barcelona, 1971 y 1983). Ya en estos dos volúmenes se veía lo que luego la Fundación Jorge Guillén nos entregaría de una manera mucho más rotunda. Sólo dos meses antes de su muerte, Pilar Gómez Bedate y Antonio Piedra habían trabajado intensamente para que el poeta viera en vida esos tres volúmenes que en verdad coronaban una labor y un amor a la poesía de muchos años.

En la poesía de Crespo, como en la de Antonio Machado, los símbolos son algo primordial; ya desde los que fija expresamente en poemas primeros (el pan, el río, el trigo, el aire, la lluvia), hasta los libros finales, en los que esos símbolos se tornan concisos, están traspasados por una riquísima cultura y muestran su plena madurez por medio de una gran pureza formal.

En versos largos o breves, utilizando la canción o lo poemas rotundos, la poesía de Crespo se torna más rica y compleja, pero sobre todo más honda. Y ello es así porque se universaliza. Sí, es como si aquella hondura primera que le venía de las raíces de su tierra y de un humanismo revelado a través de los seres humildes, se hubiera universalizado de manera maravillosa.

En consecuencia, en la poesía de Ángel Crespo, el lector se encontrará sin más con la autenticidad, lejos ya y apagados los clichés generacionales. Ese don que es la poesía verdadera y una gran capacidad de trabajo han hecho de la obra de Crespo un ejemplo para tantos de sus fervorosos seguidores, entre los que me cuento, y, sobre todo, para las generaciones que han de venir, sacudidas hoy por esos fantasmas que son la imagen y la «escenografía», el sentido de lo plano y lo hueco, a la hora de abordar el compromiso y la vocación de escribir.

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