Por Juan Bonilla
««[...] algunos de los mejores poemas que pueden leerse en español los firmó Crespo, pues no en vano él puso en nuestro idioma la Divina comedia de Dante y los versos de todos los poetas que habitaban en Fernando Pessoa»
De nadie podrá decirse como de Ángel Crespo que fue muchos poetas, muy distintos entre sí. Su labor incesante de traductor facilita la afirmación, si bien es cierto que en su propia obra poética abundan las voces distintas, hasta el punto de que es difícil determinar cuál era la voz propia de Crespo. De ahí que la crítica, a la que no suele gustarle que un autor haga sonar distintos instrumentos y se convierta por sí solo en toda una orquesta, haya tenido pereza o dificultades para etiquetarlo. De algo no hay duda: algunos de los mejores poemas que pueden leerse en español los firmó Crespo, pues no en vano él puso en nuestro idioma la Divina comedia de Dante y los versos de todos los poetas que habitaban en Fernando Pessoa, dos de las cumbres del arte de la traducción en nuestra lengua. Dado que, al contrario de Pessoa, Crespo no se cuidó de bautizar con distintos nombres a los poetas distintos que lo habitaron en su muy ajetreada vida, lo que nos queda de él son muchos libros de poemas que suenan de manera muy diferente, y es más fácil declarar que no encontró una voz personal que admitir que en su persona cabían muchas voces, como suele acontecer en las biografías que apenas se dan un respiro.
Crespo nació en Ciudad Real el 18 de julio del año 26, lo que significa que su décimo cumpleaños coincidió con el golpe de Estado de Franco y el comienzo de la Guerra Civil. En los años de la guerra, suspendidas las clases, él seguirá recibiendo clase en su casa. La conexión con la naturaleza de su infancia dejará una impronta imborrable en toda su obra poética. Siendo estudiante de bachillerato descubre en las Geórgicas de Virgilio que esa conexión con la naturaleza puede transcribirse al papel. Y no sólo eso: también descubre que transformar el original del poeta latino es la única manera a su alcance de ser Virgilio. Así que, aún muchacho, empieza a dedicarse al arte de traducir.
Cuando en 1943 marche a Madrid para estudiar, por prescripción familiar y contra su voluntad, Derecho, ingresará en un mundo de tertulias y literatos del que sacará algunos amigos importantes. En 1945 se publicó un manifiesto que pretendía realzar el espíritu de las vanguardias, muerto y enterrado con la guerra española: era el Manifiesto del Postismo. Crespo descubre en él un espíritu que le resulta lo suficientemente atractivo como para impelirlo a buscar a sus hacedores. Conoce así a Eduardo Chicharro, a Carlos Edmundo de Ory y a Silvano Sernesi, impulsores del nuevo movimiento que se afana en aportar frescura a un panorama en el que manda el neoclasicismo bostezante y un tremendismo agotador. Luego se sumará una joven poetisa llamada Gloria Fuertes. Los postistas recuperan el humor de las vanguardias legendarias, prolongan las huellas del surrealismo, recobran el ímpetu de los ultraístas adaptándolo al momento histórico. Cuando Crespo tiene que salir de la Península y pasar unos meses en Tetuán para cumplir con el servicio militar, esa distancia lo empuja a ver con claridad qué poesía necesita escribir. Y la escribirá a la vuelta, cuando se encierra para preparar oposiciones a notario: es el libro Una lengua emerge, que inaugura lo que se ha dado en llamar realismo mágico. Pilar Gómez Bedate, a propósito de este concepto, basado en el realismo mágico de Franz Roh, ha escrito que «se había utilizado esta expresión para designar no tanto la pintura metafísica en sí misma como la forma moderna de un realismo capaz de dar razón del sentido de la melancolía de los signos, es decir, del moderno saturnismo, del genio moderno asediado por la figura de Cronos». De nuevo en Madrid, en el año 50, junto con los postistas Gabino Alejandro Carriedo y Federico Muelas, funda su primera empresa literaria, El Pájaro de Paja (1950-1954). Jaume Pont en su estudio de esta revista en la obra Revistas literarias españolas del siglo xx afirma: «A la creación de El Pájaro de Paja la alentó desde su primer número un afán de singularidad indiscutible. Se pretendía con ella dar cauce a una propuesta poética distinta respecto al estilo dominante durante los años cuarenta. Desde sus mismos orígenes, los motivos que impulsaron a sus fundadores al lanzamiento en 1950 de la revista parecen bastante claros». Y cita a continuación la declaración de Carriedo según la cual «se venía haciendo necesaria una depuración y esclarecimiento que muy pocos poetas actuales se han atrevido a hacer», por lo que la revista no se proponía otra cosa que «la desaparición de los mitos poéticos de posguerra». Así pues había una ambición terapeútica e higiénica en la fundación de la revista, hasta el punto de que el editorial del primer número llevaba el contundente título de «La escoba». En la revista Crespo publica abundantes colaboraciones, entre ellas algún poema tan magnífico como «Versos de la oveja», en el que se exalta —como dice Pont— la prédica del sueño como fuente creacional de nuevos estados de conciencia y como símbolo vigilante del mundo consciente:
Cuando la lana del colchón
se acuerda de su oveja,
lo mejor es dormir en las baldosas.
Se evita así, soñar
con hombres que devoran blancas reses
con apetito infame
y manchando la hierba con su almíbar.
(…)
Ocurre pues que en el aniversario
de la oveja nacida entre las redes
se remueve la lana en los colchones
y muerde a las mujeres en las piernas
y a los hombres debajo de la ropa.
A la aventura de El Pájaro de Paja, Crespo agrega la de otra revista que él dirige a solas: Deucalión (1951-1953). Incesante en su trabajo poético y de gestor cultural —hay que recordar que en el año 48 y junto con Ory, es comisario de la muestra «16 artistas de hoy», dando salida a otra de sus grandes pasiones: la pintura—, en la década de los cincuenta Crespo publica entre otros los libros Quedan señales (1952), Todo está vivo (1956), La cesta y el río (1957) y Junio feliz (1959). En 1957 publica también la primera traducción al castellano de la poesía pessoana, el importante Poemas de Alberto Caeiro que da a conocer a uno de los grandes poetas del siglo xx, al que Crespo ya no dejará de acudir y trabajar durante toda su vida.
Después de su etapa de realismo mágico, ya entrados los años sesenta, Crespo se implicó en la lucha contra la dictadura, lo que llevó a su poesía a exacerbar su compromiso social, si bien nunca comulgará con la estética marxista. Para dar cauce a sus nuevas preocupaciones, y su intención de plasmarlas en un decir poético que no por responder a las necesidades de denuncia social ha de abandonar su preocupación estética, funda una nueva revista, Poesía de España, que hubo de llamarse así después de que la censura se negara a aceptar el título que habían ideado para la publicación: Frente de Poesía. También, en 1962, funda y dirige, con patrocinio de la Embajada de Brasil en Madrid, la Revista de Cultura Brasileña, que durará hasta el año 70. Brasil es otro de los amores intensos de Crespo. En 1963 tradujo la gran novela brasileña del siglo xx, Gran Sertón: veredas, de Guimaraes Rosa, así como, más adelante, una espléndida antología de la lírica brasileña en la que destacan los poetas modernistas, desde Mario de Andrade a Oswald de Andrade, pasando por Menotti del Picchia, Raul Bopp o Casiano Ricardo.
1963 es un año importante en la vida de Crespo, no sólo porque se casa con Pilar Gómez Bedate, sino porque un viaje a Italia le convence de que lleva una vida inadecuada con sus ambiciones y deseos. La vida laboral como abogado, las persecuciones de la policía, y las riñas con los compañeros de viaje, le agotan. En Italia se convence de que ha de inventarse una nueva manera de vivir. Deja su trabajo como abogado, y se aleja cada vez más de la lucha antifranquista. Su siguiente libro marca un nuevo rumbo en su poesía: Docena florentina (1966) si bien no abandona el compromiso social del todo, impone una nueva voz, más culturalista, pareja a la explosión novísima que empieza a gestarse en España gracias a los primeros libros de Pere Gimferrer, Guillermo Carnero y Leopoldo María Panero.
La invitación de la Universidad de Puerto Rico para que se integrara como profesor, le ofreció la posibilidad de alejarse de la cada vez más angustiosa situación en España. Ya no regresará a España hasta el año 88. Comenzó entonces una febril actividad académica como profesor en distintas universidades y países —Estados Unidos e Italia entre ellos, lo que, por supuesto, no le hizo abandonar la poesía. Crespo era un auténtico grafómano: su capacidad de trabajo resulta casi inverosímil, y una bibliografía detallada de sus quehaceres ocuparía todo un volumen. Aquí hemos citado algunos de sus principales poemarios —que reunió en dos tomos, En medio del camino, que recoge la primera parte de su producción, y El bosque transparente, que alcanza hasta 1981 (después de su muerte toda su poesía se reunió en 3 volúmenes). A su obra poética deben agregarse sus muchos trabajos de crítica literaria y artística, pues Crespo fue un gran estudioso de poetas tan principales como Juan Ramón Jiménez, y a él se debe la organización del gran libro sobre la guerra española del poeta onubense, Guerra en España. También destaca en este terreno su imprescindible biografía de Fernando Pessoa, La vida plural de Fernando Pessoa, publicada en el año 88. El otro aspecto de su tarea como poeta, el de traductor, está igualmente abarrotado de momentos importantes de nuestra literatura. Ya se ha citado su trabajada versión rimada de la Divina comedia, publicada completa en 1981, y no puede cifrarse la importancia que tuvo para los jóvenes poetas de los años ochenta su antología de Pessoa, publicada en una edición de bolsillo, titulada El poeta es un fingidor, que junto a la aparición de un número monográfico de la revista Poesía dedicada al poeta portugués, hizo de éste influencia principal en la poesía española de los años ochenta. También cabe mencionar la traducción del Cancionero de Petrarca —que le valió el Premio Nacional de Traducción—, de las Memorias de España de Giaccomo Casanova y del Cantar de Roldán de Turoldo. Pero si hemos de quedarnos con un libro imprescindible, no cabe duda de que habría que mencionar la gran obra maestra de Pessoa, Libro del desasosiego, que Crespo tradujo en el año 84, recién aparecida la edición original, libro que no ha dejado de decir cosas a diferentes generaciones desde su milagrosa aparición.
La labor traductora de Crespo, además de su facilidad poética, han podido jugar en contra de su revalorización como poeta. Las distintas etapas por las que discurrió su poesía formulan un puzle en el que cada pieza se vale por sí sola, sin necesitar a las demás: se diría que la obra poética de Crespo es de aquéllas en las que cada parte pesa por sí sola más que el todo. Desde el realismo mágico de sus inicios, quizá su etapa más potente y personal, a la poesía esotérica con la que cerró su obra, pasando por el humanismo comprometido y trascendente de los años sesenta que dio paso a la etapa del culturalismo, la poesía de Crespo fue cumpliendo con el propósito de expresar las necesidades y ambiciones de alguien que durante toda su vida tuvo, como su maestro Juan Ramón, a la poesía como alta verdad de su existencia, manera de conocimiento del mundo y expresión de la intimidad.