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Camilo José Cela

Aviso de la defensa del español

Discurso de inauguración del II Congreso Internacional de la Lengua Española
16 de diciembre de 2001

La paleta del escritor Solana

Los caballos que van a morir, los caballos de Buitrago, «peludos y pequeños como borricos», no sabemos —cosa rara en las criaturas de Solana— de qué color son. Solana, al escribir, no suele olvidarse de la paleta de los tintes: el tubo que pinta, de negro, blanco o colorado, al mundo.

Solana escribe como un pintor; Salvador Rueda y Juan Ramón Jiménez, cada uno a su manera, que, tampoco fue tan distinta, también lo hicieron. Solana pinta como un escritor; Goya también lo hizo. Los cuadros de Solana tienen, como sus páginas, aventura; las páginas de Solana tienen, como sus cuadros, color. La aventura y el color de los cuadros y de las páginas de Solana, son fáciles de señalar. Solana no tuvo una visión del mundo, como pintor, y otra visión del mundo, como escritor. Solana tuvo una visión del mundo propia y peculiar que interpretó, con el pincel y con la pluma, sin permitirse una sola escapatoria ni un solo instante de desfallecimiento, de reblandecimiento o de deslealtad. Ya hemos considerado el temario de la literatura de Solana. El de su pintura es hermano gemelo: bastaría repasar los títulos de sus lienzos —coincidentes, muchos, con los títulos de sus páginas— para ver hasta qué punto esto que de él decimos es, sobre verdad, una evidencia repetida una y otra vez. Si algún día cobrara cuerpo y realidad esa edición que sus amigos esperamos de la opera omnia literaria de Solana, se vería, a las primeras de cambio y no más que posada la atención sobre el problema, que el ilustrador ideal del escritor Solana sería, justamente, el pintor Solana. Es más: creo difícil que se pueda encontrar una sola página de Solana que no tenga, en la lista de los cuadros y de los dibujos de nuestro autor, su propia y destinada ilustración: aun prescindiendo —por demasiado evidentes— de los temas de los toros, las procesiones y las máscaras, que se reiteran, ocasión tras ocasión, todo a lo largo del catálogo de su obra pictórica, vemos que la labor literaria de Solana —incluso aquella que más alejada pudiera parecernos a su temática de pintor— tiene, página a página, punto por punto, su concreto y orientador paralelo en la huella de su pincel o de su lápiz. No quisiera hacer demasiado larga la lista de mis ejemplos y pienso que tan sólo con alguno de ellos quedará patente esta identidad de sus dos caminos que intento hacer resaltar. Detengámonos no más que ante las dos series de Madrid: Escenas y costumbres: Baile chulo en las Ventas, Lola la peinadora, Exposición de figuras de cera, El Rastro, El desolladero, Las chozas de la Alhóndiga, Las mujeres toreras, La cola de la sopa, Las coristas, son los nombres de algunos de sus capítulos. Repasemos ahora la nómina de sus cuadros: Baile de chulos está en la colección Valero; La peinadora, en París, en la colección Garaño; Las vitrinas y El visitante del Museo, en el Museo de Arte Moderno, de Madrid, y en la colección Marañón, respectivamente; El desolladero se quedó en su casa de Madrid,130 el día de su muerte; Chozas de la Alhóndiga luce en la colección Sevillier, de Buenos Aires; Las señoritas toreras está en París y Esperando la sopa, en Oslo; Coristas de pueblo figura en la colección León y Las coristas pasó a propiedad de Manuel Gutiérrez-Solana, a la desaparición de su hermano José. Nadie habría de perder la paciencia completando este muestrario de semejanzas —y aun de identidades— que tan someramente aquí dejamos esbozado. El estudioso de la obra de Solana, al llegar a este punto, debe partir de un axioma: todas las ideas y las figuraciones todas de Solana, tuvieron, al menos, dos versiones: una, plástica y, la otra, literaria; si alguna de las dos no aparece, debe seguirse buscando ya que en algún lado estará.

En la paleta del pintor Solana domina el negro sobre ningún otro color; es ésta una característica que han acusado todos sus glosadores y algo, por otra parte, que salta, a los ojos del espectador más lego o menos iniciado. En la paleta del escritor Solana se produce análogo fenómeno. Solana es un escritor colorista, un hombre que necesita teñir y colorear las personas y las cosas, los animales y los paisajes, para poder describirlos con la pluma, para poder narrarlos y contarlos. La paleta del escritor Solana tiene una gama extensa y pintoresca. Limitamos nuestra información —lo contrario sería el cuento de nunca acabar— al primero y al último de sus libros; trece años median entre la edición de ambos y diez y siete han transcurrido desde la redacción del uno a la del otro: tiempo suficiente —y, en último caso, todo el tiempo de cuya contemplación disponemos— para poder abarcar la cruz y la fecha de la literatura de nuestro amigo. En la paleta del escritor Solana faltan, casi por completo, dos colores del arco iris: el añil o azul turquí y el violeta que, en sus páginas, suele vestirse de morado: «Las paredes están forradas de un morado sombrío y profundo»;131 «Sobre el fondo morado, casi negro, se destaca el cuerpo en forma de un enorme corazón…»;132 «A través del empañado escaparate se vela una gran bola de cristal que hacía tonos lívidos y morados sobre frascos y paquetes…»;133 «Chisco… recibía unos cuantos pellejos de vino, y en seguida los hacía parir a fuerza de unos misteriosos polvos morados que los echaba…».134 Quizás como compensación, el escritor incorpora a su técnica literaria dos nuevos elementos: la lista de los colores de las cosas —color café: «El picador Cacheta trae pelliza color café con guarniciones de astracán…»;135 color avellana: «Una de ellas… enseña… un pie enano, calzado con botas… color avellanas…»;131, 2.ª ref. color canela: «Félix, el Rana, cajista de oficio lleva su gorra canela de visera…»;136 color de correa: «En la última burra va un mozo de cara de color de correa, con la boina echada por la cara…»;137 color asalmonado, color azafranado: «…Chisco es hombre adinerado, de cerca de sesenta años de edad, de color asalmonado, pelo azafranado…»138 —y el censo de los colores a los que adjetiva pero no pinta— color triste: «En los merenderos, desvencijados, de colores tristes, se ven grupos que comen y beben»;139 brillante: «…coches derrengados, pintados de un barniz brillante con cenefa de un amarillo chillón…»;140 vivo: «Pasan con unas mantas de rayas de vivos colores, guarnecidas de trencillas…»;137, 2.ª ref. fuerte: «…llevan blusa de trabajo debajo de las capas y pañuelos de fuertes colores al cuello…»;141 luminoso: «…se ve la ráfaga del aparato que proyecta sobre la sábana un círculo luminoso…»;142 descolorido: «…viste un traje de seda de ramos y flores estampadas, pareciendo antiguo por lo descolorido y empolvado»;143 desteñido: «Baja el señor tieso, de perilla, con su makferland desteñido por el tiempo…»;144 claro, diáfano: «En el cielo, claro y diáfano, se recorta la cúpula de San Francisco el Grande».145

Con el blanco y el negro y con los cinco colores del arco iris que con más frecuencia maneja —rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul— y, claro es, con todas las gamas intermedias y posibles, el escritor Solana se enfrenta con el mundo en torno sin otra preocupación que la de irnos describiendo, pluma en ristre, todo lo que ve. Vendrá bien recordar aquí que el pintor Solana gustaba de trabajar a todas las luces menos a la luz del sol que, según decía, es opaca.146 El escritor Solana no padeció, de manera tan aguda, al menos, esta aversión al sol. Sin embargo, sería muy arriesgado suponer que pudiera sentir por el sol suerte alguna de simpatía. Cuando el escritor sale, en el tren de Cuatro Caminos, rumbo a Colmenar, se tropieza tres veces con el sol —no es darse con él, describir a unos «patanes curtidos por el sol»147— y en ninguna de ellas tiene para el sol una sola palabra amable; Solana se limita a decir que el sol existe —«Antes, en la llanura, el cielo estaba muy alto y entraba mucho sol en el coche»;147, 2.ª ref. «…grandes zonas de sombra en los campos iluminados de sol…»94, 2.ª ref.— y, cuando opina, lo encuentra desagradable: «Por un arco como un túnel negro vemos en su agujero la luz muy fuerte del sol, que ciega la vista…».148 Esta heliofobia de Solana y también su manifiesta claustrofilia —en su labor literaria, los escenarios a puerta cerrada o a horas de la noche aparecen, con relación a los decorados al aire libre y a la luz del sol, en proporción muy superiormente notoria— hace que sus páginas suelan presentársenos teñidas de sombríos tonos. No es sólo su temática —quisiéramos recalcar— lo que ennegrece su ámbito literario, sino también la luz a la que esa temática está vista. Quizá suceda que los temas y la luz a la que están considerados, vivan y se presenten todos en función de todos.

En la paleta del escritor Solana —decíamos— domina el negro sobre ningún otro color. En la paleta del pintor Solana sucede otro tanto. Eugenio d'Ors escribe: «Solana da ya por concluso el ciclo del impresionismo, y vuelve a recoger la tradición de la que un día se llamó despectivamente pintura negra».149 Entendemos que determinada pintura se llama negra no sólo por el espíritu que la anima sino, antes que por eso, por el negro color con que ese espíritu, para que resulte realmente negro, se pinta. Manuel Sánchez Camargo, biógrafo y comentarista de Solana, nos dice: «El negro, como color importante, distingue a Solana. Es casi su secreto…»150.

A continuación del negro, el rojo y el blanco son los dos colores más reiterados en las páginas de Solana; tras ellos —igual que en el escalafón del torero— no viene «naide» y, allá a lo lejos y como en tropel, se presentan todos los demás. Tratemos de fijar un poco estas proporciones. Para ello preparemos, con los dos libros —el primero y el último— que, según avisamos, estamos considerando, dos paletas. La paleta de Madrid. Escenas y costumbres, (1.ª serie) está formada por noventa y siete partes de negro que, si le añadimos los dos azabaches y el ahumado que encontramos, llegan al centenar; cuarenta y cinco de blanco, a los que convendría sumar dos de blanquísimo y una de blanco hueso; veinticinco de rojo, más once encarnados, ocho colorados, tres rosas, dos rojizos y un azafranado, un rubio rojizo azafranado, un carmesí, un rosado y un sonrosado, total cincuenta y cuatro; venticuatro amarillos, más un dorado y un purpurina; veintitrés azules, más un azul claro y cuatro azulados; diez y ocho verdes, más un verde claro y un verdoso, etc. Debo advertir que este recuento no lo he hecho sino una sola vez y que, por tanto, en ningún caso garantizo su exactitud; pienso, sin embargo, que al menos para marcarnos las tendencias de su paleta —que es de lo que aquí se trata— podrá servirnos. En el Florencio Cornejo, libro mucho más breve, una de las proporciones se conserva y otra —que pronto veremos cuál es— se altera. La paleta del Florencio Cornejo está compuesta por diez partes de negro; cuatro de rojo y una de carmín y otra de colorado; tres de blanco y una del «camino [que] blanquea por la luz de la luna»;151 dos de amarillo, una de azul y otra de azulado, y otras dos de verde. El primer volumen de Madrid. Escenas y costumbres tiene, aproximadamente, unas 37.000 palabras; el Florencio Cornejo anda por las 10.500. El primero es, por tanto, algo más de tres veces y media más extenso que el segundo. Tenemos ya datos suficientes para poder estudiar la evolución de la paleta del escritor Solana desde su más viejo hasta su más joven libro. Sobre la base 100, que nos dio el color más repetido en Madrid. Escenas y costumbres, (1.ª serie), y sobre la base 10, que nos dio el mismo color en el Florencio Cornejo, multiplicada ahora por diez para que en ambos libros manejemos el mismo común denominador, podremos establecer la siguiente tabla:

Colores Madrid, escenas y costumbres
(1.ª serie)
Florencio Cornejo
Negro 100 100
Rojo 54 60
Blanco 48 40
Amarillo 26 20
Azul 25 20
Verde 20 20

Como vemos, el escritor Solana mantiene las relaciones de los colores de su paleta con un rigor punto menos que matemáticamente exacto. No obstante, en un nuevo cuadro nos será fácil ver que la exuberancia del colorismo de Solana decrece considerablemente del primero al último de sus libros. Antes dejamos dicho que el primer volumen de Madrid. Escenas y costumbres era tres y media veces más extenso que el Florencio Cornejo. Según este dato, si la intensidad del colorismo se hubiera mantenido en Solana, en el Florencio Cornejo, en vez de diez negros, que son los que aparecen —y los que, a igualdad de colorismo, corresponderían a un libro diez veces menor que el primer tomo de Madrid. Escenas y costumbres, esto es, a un libro de 3700 palabras—, debiera haber habido veintiocho (100/13,5 = 28 p. d.). Las proporciones entre las cifras de los colores que hay y las que debiera haber —de haberse mantenido la misma intensidad del colorismo— en el Florencio Cornejo, serían las siguientes:

Colores Cifras reales Cifras teóricas
Negro 10 28,57
Rojo 6 15,42
Blanco 4 13,71
Amarillo 2 7,42
Azul 2 7,14
Verde 2 5,71

La paleta del escritor Solana, según vemos, mantiene sus proporciones pero se debilita considerablemente. A la densidad de color de Madrid. Escenas y costumbres, (1.ª serie) no responde la densidad de color del Florencio Cornejo. Si en aquel libro damos al factor «densidad de color» un 10, en este otro tendríamos que conformarnos con un 3 o un 3,5. No se me oculta que muchas pueden ser las causas originadoras de este decrecimiento de la intensidad del colorismo. Aun admitiéndola como evidente, no deja de ser curioso observar cómo, al margen de su desnutrición, mantiene constantes sus proporciones y sus distancias. Que un crítico de arte, si encuentra el tema sugestivo, trate de establecer los posibles contactos o divergencias que la paleta del escritor Solana pueda tener con su paleta de pintor.

Final

Y poco más me queda por decir, aunque el escritor Solana se merezca más cuidada y sagaz atención de la que le brindo. Hemos apuntado, no más que esbozadamente, algunas características de su obra y de su estética literarias y ahora, al hacer el recuento, nos encontramos con que más de otro tanto de lo dicho se nos queda —quizás ya para siempre— en el tintero.

El olfato de Solana —la nariz con la que percibía el olor de los pescados, el de la carne, el de los churros, el de las mozas que bailan en el ran-cataplán— debería ser tema de uno de estos capítulos no nacidos. El oído de Solana —tranvías que chirrían por la cuesta abajo; cencerros que suenan alegres o broncos y sordos; campanas de los pueblos, que voltean sin cesar; cascada charla de los viejos; agrio vozarrón del chulo— espera la glosa que nosotros ni siquiera ensayamos. El paladar de Solana —¡ay, el chorizo sano, el pan crujiente, el vino de gusto recio y popular!— ahí queda, vivo y tentador, para quien lo quiera coger. El tacto de Solana —bailarines de las Ventas y de Tetuán, elementales y sabios como los amadores de los tiempos antiguos— se nos escapa también de nuestro índice.

Tampoco hemos atendido a su peculiar técnica de adjetivación, por ejemplo, ni al eficaz uso literario que hace del refranero y de los popularismos madrileños. Hemos dado un recorte —sin duda gratuito— al limbo solanesco de la enfermedad, las taras físicas y la muerte, y hemos olvidado la consideración de una esquina humana —la del hampa, la «golfemia», la prostitución, la chulería y la delincuencia— que en nuestro escritor encuentra su más piadoso y comprensivo cronista. Nos hemos detenido —aún sobre los dedos, cierto es— en la ternura, pero no lo hemos hecho con otros sentimientos —la angustia, la lástima de los demás, la crueldad en los demás— también patentes en su obra.

Y una última cuerda, no más que ligeramente trazada, nos resta por pulsar: la del amor de Solana por las cosas, la de su entendimiento por las cosas como si en el corazón de las cosas latiera el pulso hermano de la sangre. No vamos a tratarlo aquí. Quede —con todo lo mucho que queda— para quien, con más ánimo y más ciencia que nosotros, vuelva sobre la entrañable figura que hoy nos ocupa. Pero sí quiero, al menos, dedicar un recuerdo a la «gran belleza de los desconchados de… [las] fachadas, las grietas de… [las] paredes… las rejas de los conventos»;152 a la «belleza… de la destrucción (una alta voz poética que se sienta entre nosotros habló, en versos impares, de La destrucción o el amor)…, [a] las horas románticas [pasadas] entre los escombros…»;153 al «croar de las ranas» que tanto «contribuye…, —según nuestro autor— a la poesía…»80, 2ª ref. Por los amargos desconchados de las paredes; por las grietas de las viejas casas; por las deleitosas horas pasadas saltando entre los polvorientos escombros; por la rana humilde y verde que canta con su mejor voz; por todas las dolientes y mínimas criaturas de Solana, quisiera haber sabido brindar.

Solana fue, en su reflejo literario, lo que más honda y auténticamente fuera en su más recóndito sentir humano. Y a Solana pudiera caberle, como epitafio, una sencilla leyenda que advirtiera que el hombre que allí yace usó, como honesto lema, aquel hermoso verso de la Epístola moral a Fabio:

Iguala con la vida el pensamiento.

  • (80) Ídem, íd., pág. 46. volver
  • (94) Dos pueb., pág. 13. volver
  • (130) Manuel Sánchez Camargo: Inventario de los cuadros, dibujos, grabados, litografías y objetos de arte depositados en el piso del finado don José Gutiérrez Solana, sito en Madrid en el Paseo de María Cristina, n.º 16, que formulan los albaceas testamentarios don… y don Juan valero González, en Solana, pintura y dibujos, Afrodisio Aguado, S. A., Madrid, 1953. volver
  • (131) Esc. cost., 1.ª, pág. 26. [VOLVER: ref.] volver
  • (132) Ídem, pág. 28. volver
  • (133) FC., pág. 22. volver
  • (134) Ídem, pág. 29. volver
  • (135) Esc. cost., 1.ª, pág. 47. volver
  • (136) Ídem, pág. 10. volver
  • (137) Ídem, pág. 135. [VOLVER: ref.] volver
  • (138) FC., pág. 28. volver
  • (139) Esc. cost., 1.ª, pág. 8. volver
  • (140) Ídem, págs. 51-52. volver
  • (141) Ídem, pág. 14.volver
  • (142) Ídem, pág. 27. volver
  • (143) Ídem, pág. 25. volver
  • (144) Ídem, pág. 32. [VOLVER: ref.] volver
  • (145) Ídem, pág. 68. volver
  • (146) Biogr., pág. 219. volver
  • (147) Colmenar viejo, en Dos pueb., pág. 12. [VOLVER: ref.] volver
  • (148) Ídem, íd., pág. 14. volver
  • (149) Biogr., pág. 243. volver
  • (150) Ídem, pág. 218. volver
  • (151) FC., pág. 48. volver
  • (152) Mad. call., pág. 22. volver
  • (153) Ídem, pág. 20. volver
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