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Escritores > Camilo José Cela > Discursos. La obra literaria del pintor Solana (7 de 8)
Camilo José Cela

Aviso de la defensa del español

Discurso de inauguración del II Congreso Internacional de la Lengua Española
16 de diciembre de 2001

La ternura del hombre apasionado

Hablábamos, pocos minutos atrás, del tierno amor de Solana hacia las criaturas. En no remota ocasión117 sacamos a relucir, a Joubert, cuando decía que la ternura es la pasión en calma. El corolario de Joubert —escribimos entonces y repetimos ahora— podría expresarse diciendo que no es tierno quien no es capaz de ser apasionado. Solana era apasionado; entre nosotros hay muchas gentes que lo conocieron, lo trataron y lo quisieron, y que saben que es verdad lo que digo. Solana era hombre con el que no contaban las aguadas conveniencias, las tibias mediastintas, los templados equilibrios. Solana encuentra las cosas buenas o malas, definidamente, diáfanamente, rematadamente buenas o malas: el amor es una cosa muy buena…118 las mujeres son la cosa más sufrida que hay;118, 2.ª ref. la escuela española de pintura —pido perdón por repetir la cita, que tampoco será la única vez que esto suceda— es la mejor del mundo;109 el impresionismo es una engañifa;109, 2.ª ref. hay que ser patriota ante todo;109, 3.ª ref. la literatura se apodera de uno como una garra;113 el mejor libro es El Quijote;113, 2.ª ref. Calderón es muy bueno;113, 3.ª ref. la ópera me gusta una barbaridad;113, 4.ª ref. la lógica no me importa;107 la muerte es un mal trago;119 el que no piensa es un animal…,119, 2.ª ref. ¡pues no es nada lo del ojo!120 Ramón Gómez de la Serna es el más raro y original escritor de esta nueva generación… Honoré Daumier es el Balzac del lápiz… Hogarth es algo desconcertante y genial… Francisco de Goya y Lucientes, el mejor pintor del mundo y el último aldabón de la pintura antigua y moderna… Regoyos es un gran artista que ha de tener una trascendencia única y definitiva en el paisaje español;121 Alonso Berruguete es el Greco de la escultura,122 etc., etc. Este hombre de actitudes inmediatas, de ideas elementales y clarísimas, de violentas reacciones ante la estupidez o la injusticia y de también violentas y sanísimas alegrías ante el talento y la honradez, albergaba, en su inmenso corazón, una crecida dosis de ternura. Las criadas de servir, los mendigos, los curas pobres, los niños, los enfermos de los hospitales, los heridos caballos de los toros, los perros sin amo, todo el doliente mundo que padece, a veces sin explicárselo demasiado y que sufre la permanente injuria de la vida —aquello que para otros es como una sonriente bendición— y el latigazo cruento de la adversidad, encuentra en la pluma de Solana un chorro, jamás agotado, de comprensión, de simpatía y de solidaridad. Solana, delicadísimo poeta que gozaba escudándose tras la espantable máscara de su humor (pronto vendremos sobre su humor), alcanza, con la pluma en la mano, cimas de una pureza franciscana, instantes de una difícil y noble y ejemplar blandura. Recordemos El ran-cataplán, el baile de las criadas manchegas, alcarreñas, extremeñas, gallegas en Tetuán de las Victorias: «Cae la tarde; hay un campestre ambiente de aldea; la gaita suena jovial y otras veces melancólica, como en las bodas de los pueblos. Algunas criadas, que les ha dicho el amo que tienen que estar pronto en casa, se despiden de sus amigas dándose un beso en cada carrillo y diciendo: “Hasta el domingo que viene”; otras se van cogidas de la mano… El mérito de estas mujeres es que, aunque se sienten tronchadas en el banco de la cocina junto al vasar, al llegar a sus casas, sueñan al acostarse con que siguen bailando en el ran-cataplán; en el sueño, el estrecho cuartucho donde está su catre se pone en movimiento, y las paredes empiezan a bailar al son del organillo o de la murga callejera; cuando se inaugura una tienda de comestibles, oyen el arrastre de pies de los bailarines sobre la acera, y cuando piensan en tirarse de la cama para bajar a la calle, las sorprende un sueño muy pesado y se quedan dormidas, sordas como una tapia».123 Recordemos también al obediente pobre de Buitrago, al resignado y hacendoso y sedentario pobre de Buitrago: «Siempre se le encuentra en el mismo sitio junto a los muros de la fortaleza, donde juegan a la pelota los señores principales del pueblo; en sus harapos y tumbado en el suelo está este pobre como espectador, tiene la barba y el pelo muy largos y se lava en el río; me contó que tuvo unas fiebres palúdicas y le dijeron que se tirase al río; él se tiró y curó. Va algunas veces a los pueblos cercanos a pedir limosna y piensa establecerse definitivamente en Buitrago y morir aquí».124 Pasemos, estremecidamente, sobre el entierro del niño de Lagartera: «En Lagartera hay una calle muy estrecha y de pocas casas —“Calle del Cementerio”— que da salida al cementerio de Lagartera. Aquí, en esta calle, vi llevar a un niño muerto en brazos, con el delantal y las botas puestas, que le iban a enterrar sin caja. ¡Cómo caería la tierra en su delantal, llenando sus bolsillos, los bolsillos que tanto estiman los chicos, cegando sus botas y tapando su cara!».125 Y cerremos este breve ejemplario de la ternura de Solana con el recuerdo, emocionado recuerdo, de los caballos en desgracia: «Cuando salimos de la plaza están cargando en unos carros los caballos muertos, y al dejar el circo taurino, ya a lo lejos; vemos su belleza en aquella llanura. Encima se agolpan las nubes. Pensamos en los caballos, peludos y pequeños como borricos, que comen su pienso esperando su sacrificio en la última corrida de la feria».126

Con una mayor economía de elementos es difícil conseguir una mayor sensación de lo que se quiere expresar: ternura, en este caso. Del Baile de criadas hemos citado algo más de centenar y medio de palabras. La adjetivación no puede ser menos brillante y, sin embargo, el baile de «estas criadas, cerriles y rústicas, que vienen con el pelo de la dehesa a Madrid»,127 el ran-cataplán de estas mozas, «las rubias, llena de pecas la cara, la nariz colorada, la boca de espuerta, las cejas muy blancas y las manos como morcillas, llenas de sabañones; las morenas, de espalda bronceada, y nariz chata y cejas unidas»,128 se adentra en nuestro ánimo y nos sitúa, jóvenes aún y vestidos de cabo de infantería, de artillería, de caballería, en medio del amoroso y oloroso tumulto, bailando el pasodoble de costadillo y escuchando sobre el corazón el acelerado latir del otro corazón.

En El pobre de Buitrago, Solana escatima aún más la adjetivación. En las cien palabras escasas que emplea para pintárnoslo, Solana no nos dice si el pobre de Buitrago es joven o viejo, listo o tonto, alto o bajo, errabundo o estático, alegre o triste, flaco o gordo. Solana sólo nos dice que «tiene la barba y el pelo muy largos». Nosotros, lectores, hemos de deducir que es viejo puesto que «piensa establecerse definitivamente en Buitrago y morir aquí»; que es tonto o, quizás mejor, ingenuo, ya que cuando le dijeron que se tirase al río para sanarse del paludismo, «él se tiró»; que es de media estatura, desde el momento en que a su biógrafo no le llamó la atención ni por enano ni por gigante; que no es nómada ni vagabundo porque sólo «va algunas veces a los pueblos cercanos a pedir limosna». Solana tampoco nos aclara si el pobre de Buitrago —ese pobre sin nombre que se entretiene en ver cómo los señores le pegan a la pelota— es de ánimo jovial o entristecido y de abundosas o magras y escasas carnes. En estos dos últimos puntos es donde el lector ha de afinar más sus aguzaderas. Solana, anticipándose a la ulterior evolución de la técnica narrativa, exige una inmediata colaboración del lector, pero la exige después de haberle dado, con sabia y bien dosificada cautela, los suficientes elementos de juicio —y ni uno más— para que el lector pueda seguir, por su cuenta, la buena marcha de la fabulación. Siempre se le encuentra en el mismo sitio… Entre harapos y tumbado en el suelo, este pobre mira cómo los ricos juegan a la pelota… Entendemos que este par de pinceladas es bastante para que adivinemos que el pobre de Buitrago es un hombre triste, sosegada y resignadamente triste, tímido en su tristeza que, a veces, quizás adorne con una sonrisa imploradora de perdón. Pero, ¿por qué pide perdón el pobre de Buitrago? El triste pobre de Buitrago pide perdón, sin duda, porque teme herir con su flaca y mísera presencia la alegría y la lozanía de los demás. El pobre de Buitrago, sobre triste, es flaco y mísero: vive a los muros de la fortaleza, tuvo unas fiebres palúdicas, que se curó —¿será posible, que se llegase a curar?— bañándose en el río.

En el entierro del niño de Lagartera, Solana tiembla al rememorar los hondos bolsillos del delantal infantil —la fabulosa y mágica arca de los tesoros de todos los niños del mundo— a los que, horros ya de misteriosa ilusión, la tierra del camposanto acabará llenando inexorablemente.

En su adiós a los caballos muertos y, sobre todo, en su adiós a los caballos que van a morir, Solana toca, con suaves dedos, la cítara de la más pura y simple poesía. Y lo hace —como en los tres casos que atrás dejamos— con un heroico ahorro de medios expresivos. Solana se despide de los caballos muertos llamándoles no más que «Muertos». Solana se despide de los caballos que van a morir llamándoles, mínimamente, «peludos y pequeños como borricos». Por el cielo de Buitrago, aquella tarde, voló el alma de Platero: «Platero es pequeño, peludo, suave…»129.

  • (107) Biogr., pág. 232. volver
  • (109) Biogr., pág. 230. [VOLVER: ref. ref.] volver
  • (113) Biogr., pág. 231. [VOLVER: ref. ref. 4ª ref.] volver
  • (117) C. J. C., de la Real Academia Española, en Papeles de Son Armadans, Madrid-Palma de Mallorca, año II, t. IV, n.º XII, marzo, MCMLVII, pág. 267. volver
  • (118) Biogr., pág. 229. [VOLVER: ref.]volver
  • (119) Ídem, pág. 233. [VOLVER: ref.] volver
  • (120) Locución adverbial empleada con mucha frecuencia por Solana. volver
  • (121) Esp. n., pág. 247 y ss. volver
  • (122) Ídem, pág. 115. volver
  • (123) Un baile de criadas en Tetuán. El ran-cataplán, en Mad. call., pág. 44. volver
  • (124) El pobre de Buitrago, en Dos pueb., pág. 49.volver
  • (125) Esp. n., pág. 170. volver
  • (126)La corrida, en Dos pueb., pág. 41. volver
  • (127) Mad. call., pág. 41. volver
  • (128) Ídem, págs. 41-42. volver
  • (129) Juan Ramón Jiménez: Platero y yo. I, Platero. volver
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