Discurso de inauguración del II Congreso Internacional de la
Lengua Española
16 de diciembre de 2001
Solana —y no sólo en sus cuadros— trata el tema religioso a la española. Cuando, al hablar de la España negra, pasamos por Ávila, anunciamos que habríamos de volver sobre el tema de la religión o, mejor, sobre el tema del sentimiento religioso. Pensamos que éste es el momento. Solana —decíamos— trata a la española el tema religioso. Todo, en él, está siempre visto a la española y costaría trabajo imaginárnoslo nacido en otras latitudes. Con Ribera, con Valdés Leal, con Goya —en la pintura—, con Quevedo, con Torres de Villarroel, con Unamuno —en la literatura—, se nos presenta idéntico fenómeno. Diríase que bajo el ser español late un entendimiento a la española, que aflora, como un raro Guadiana, de vez en vez. Las etapas de este firme e intermitente enseñarse no habrían de ser difíciles de marcar. Su constante es el cariz sobrehumano —y con frecuencia insensato— del empeño, que cobra mayores y más acusadas proporciones con el paso del tiempo: de ahí el aire legendario que nimba a no pocas figuras históricas españolas. Sus determinantes pudieran señalarse por tres desprecios: el desprecio de la vida en torno y de las formas que marca la costumbre, el desprecio de la lógica y el desprecio del posible premio terrenal.
El héroe y el santo desprecian su propia vida: aquello que no suele ser costumbre despreciar. Pero obsérvese que ese desprecio de la vida propia tampoco llega a constituir costumbre en ellos, que lo practican siempre esforzadamente o, lo que es lo mismo, saliéndose de la costumbre. De ellos —y por ese ánimo esforzado al que aludo— no pudiera decirse que su falta de costumbres (ni aun que su falta de respeto, su desprecio a la costumbre) llegue a ser, también, una costumbre.
Preguntado Solana sobre la lógica, responde: «Eso no me importa».107 Ésta pudiera ser la respuesta universal de un héroe o de un santo. Ésta pudiera ser también la respuesta española de un picador de toros. Ortega —tan europeo, él— nos aclara: «…cuando se ha querido en serio construir lógicamente la Lógica —en la logística, la lógica simbólica y la lógica matemática— se ha visto que era imposible, se ha descubierto, con espanto, que no hay concepto última y rigurosamente idéntico, que no hay juicio del que se pueda asegurar que no implica contradicción, que hay juicios los cuales no son ni verdaderos ni falsos, que hay verdades de las cuales se puede demostrar que son indemostrables, por tanto, que hay verdades ilógicas».108
Aunque vestido, a veces, con el ropaje del pragmatismo, el entendimiento a la española del mundo —de éste y del otro mundo— es, antes que nada y por delante de ninguna otra cosa, ascético y sobrecogedor. El Cid y el Arcipreste —polvo de tan análogos caminos sobre el mismo sudor en frentes tan distintas—, Núñez de Balboa y Cabeza de Vaca —el ánimo pesando sobre los lomos históricos y alucinados—, San Ignacio y Miguel Servet —fiebre de la verdad que se mantiene y se proclama porque, oculta, perdería su eficaz y abnegada razón de ser— y la pléyade de los iluminados, y claros varones de las tamañas empresas sin sentido común —que es un sentido que no precisan los hombres no comunes, que es un sentido, por cierto, nada despreciable pero no más que comercial y artesano— son quienes han movido, a firme pulso, el pesado carro de España, esa galera que jamás premia a quienes se afanan en empujarla hacia adelante.
Solana ve el universo mundo a la española. Para Solana, «la Patria es España».107, 2.ª ref. Para Solana «a España se le debe dar todo, lo primero la vida».107, 3.ª ref. Solana piensa que «hay que ser patriota ante todo. Hay gentes que les da igual una cosa que otra. Ésta es gente de conveniencia. Uno sólo puede vivir en España; fuera le falta a uno algo. Hay que ser ante todo español, —termina en su emocionado e ingenuo patriotismo—, porque eso es lo mejor».109 Solana ve lo religioso a la española porque lo religioso, en su ánimo, en, su cabeza y en su mirar, no podía hacer excepción a la involuntaria e inexorable regla a que obedecía. Marañón, hablando sobre este punto de la religiosidad de Solana, ha pronunciado unas palabras que entendemos como un muy certero diagnóstico: «Siempre me ha parecido, con escándalo de casi todos los que me han oído esta opinión, que la vena profunda de la pintura de Solana es la religiosidad. (La misma sangre —recordamos nosotros aquí— corre por la misma vena profunda de su literatura). Porque nada tiene —sigue diciéndonos Marañón— un sentido religioso y, sobre todo, un sentido religioso español, como el sentimiento de la fugacidad de la belleza, de la alegría, de la gloria; y esto es, precisamente, lo que sobrecoge en la obra de Solana».110 ¿No es ésta la misma trágica y católica conciencia que nimba los Cristos de Montañés? ¿No es éste el mismo trágico y católico espíritu que anima los piadosos y estremecidos versos de El Cristo de Velázquez de Unamuno? «Los hombres quisieran —continúa Marañón— que esta verdad terrible, la terrible verdad de la fugacidad de los bienes terrenales se les olvidara. Y los artistas han hecho lo posible por neutralizar el atroz morir habemus con su antídoto de alegorías magníficas, de paisajes románticos o luminosos, de retratos ungidos de hermosuras y de noblezas. De los museos se suele salir con la impresión de que la tierra está poblada de héroes y de hadas y de santos gloriosos, con algún que otro demonio, que acaba siempre por ser encadenado y vencido. La otra verdad terrible, que quisiéramos olvidar, surge sólo de cuando en cuando. Casi todos los que se atreven a recordarla, acaso sin darse cuenta de lo que hacen, son españoles. Solana es uno de esos pintores —y escritores, añadimos aquí— del tremendo y saludable Memento Homo».110, 2.ª ref. ¡Sabias y ciertas palabras, elementales y diáfanas palabras que algunas gentes se empecinan en no querer entender!
Nada me extrañaría que en el próbido subconsciente de Eugenio d'Ors latiera un pensamiento paralelo al nuestro de hoy cuando, al hablar de Solana, nos asevera: «Hay quien nace con vocación de estafado: las consecuencias de un tal nacer puede acompañarle, toda la vida. Más: llegan a sobrevivirle. Como se conocen éxitos póstumos, se conocen póstumas defraudaciones de gloria. El Cid ganaba batallas después de muerto; hubiera podido, a presencia igual, a mérito igual, perderlas».111
Bajando muchos escalones, muchos, todos los que llevan desde la alta gloria de la religión como concepto trascendente —como revelación— hasta el bajo mundo del religioso como carne mortal —como efímera gusanera—, seguimos encontrándonos con el sentimiento religioso a la española de Solana, ahora vestido con el tierno y doloroso amor que nuestro hombre sintió hacia las criaturas. El brevísimo —y bellísimo— capitulillo en que nos habla del cura de Buitrago podrá ser nuestro botón de muestra: «Es un cura montado a la antigua, modesto en el vestir. Su sotana, muy remendada, verdea por algunos sitios y ha tomado un color pardo de miseria. Luce grandes hebillas de hierro en los zapatos, es muy madrugador, usa un gran sombrero pasado ya de moda, pero que sienta bien con sus hábitos, y en verano se quita el sudor de la calva con su gran pañuelo de hierbas. Cuando fuma lo hace siempre a horas determinadas, sacando los cigarrillos —que él hace— de una vieja petaca de cuero ya aculatada por el tiempo, que enciende en un mechero con la piedra pedernal. Es tan metódico, que aunque no usa reloj siempre sabe la hora. Después de comer se asoma al balcón, y en el periódico del día reparte migas de pan a los pájaros, que son muy amigos suyos, se posan en sus hombros y se montan encima de su cabeza. Buen labrador, cava la tierra y cuida de sus coles. Después de decir misa, recorre el pueblo y habla con los vecinos de la labranza; se interesa por la salud de los chicos pequeños, por el bienestar de todos, y a los más necesitados los socorre de su bolsillo».112 Aquí termina Solana el dibujo del cura de Buitrago. Pocas veces, en la literatura española, se habrá hablado de un cura con más amor, con más respeto, con más delicada piedad.