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Escritores > Camilo José Cela > Discursos. La obra literaria del pintor Solana (4 de 8)
Camilo José Cela

Aviso de la defensa del español

Discurso de inauguración del II Congreso Internacional de la Lengua Española
16 de diciembre de 2001

Esta curiosa alternancia de los sentimientos de Solana, (que no es más que una alternancia aparente porque a Solana, que no era un lógico sino un iluminado, un poseso, no se le podía exigir consecuencia fuera de su arte, que fue precisamente donde la tuvo) no es otra cosa que la confirmación de que jamás osó pararse en barras adjetivas, yendo derecho, como siempre fue, a los pocos puertos substantivos que le interesaron. Gómez de la Serna le achaca —y nada infundadamente— el lema de: «Acierta lo principal, que lo mismo da errar lo secundario».49

En el segundo cielo de La España negra —estábamos contemplando sus constelaciones— se borra el carnaval y desaparecen —claro es, puesto que el escritor andaba por otras trochas— los paseos por Madrid. El mundo de Solana en este libro —no olvidemos su título— es aún más sombrío que en los anteriores y su musa parece como gozarse en bucear la España más amarga, más estática, más seca y monstruosa. Incluso cuando, al pasar por Valladolid, vuelve la espalda al vivo mundo latidor que tanto ama y hace crítica de arte en torno a «la escuela española y estupendas»50 de escultura, habla de los Cristos y de los santos de palo de Berruguete y de Juan de Juni y de Gregorio Hernández, con la misma proximidad e idéntico calor con que pudiera hacerlo de su amigo el barbero, de su amigo el librero de viejo, de su amigo el santero que marcha por el polvoriento camino: «…parece que se sienten los gritos y lamentaciones de estas figuras —nos dice—, que dan a este Museo un ambiente trágico».51 Cámbiese la voz «figuras» por la voz «hombre», póngase «calle» o «plaza de toros» donde se dice «Museo», y sáquense las inmediatas consecuencias.

Los curas y las monjas —monjas de Ávila con sus «tocas negras, encuadradas por el blanco tieso como el papel de barba con un crucifijo de bronce al pecho o de cruz de madera negra con cantoneras y Cristo de bronce»;52 curas pobres de Zamora, que «llevan sombrero con el felpudo caído; sotanas de color verde, parduzca, color de ala de mosca, que ha sido negro, en algún tiempo, zurcidas, con muchos hilachos en las bocamangas»53— se nos presentan, en las páginas del libro que ahora leemos, atónitos como pájaros sorprendidos, graves y resignados igual que mártires de las iglesias antiguas. Es éste de los clérigos y de la religión, punto sobre el que hemos de volver.

La feria, con sus figuras de cera y su pim-pam-pum de la risa, vuelve a mostrársenos;54 el dolor —y también la caridad— se refugia en las procesiones,55 los cementerios,56 el presidio,57 el hospital58 y la ramería,59 aunque flota, como un fatum amargo, por todo el libro; los carreteros, los carros y los animales encuentran en Tembleque la loa de sus artesanías,60 y la mujer —la garrida y bien aplomada mujer de todas sus páginas— se nos presenta, una vez más, a cada amanecida y a cada puesta de sol. Quisiéramos anotar un curioso elemento que quizás pudiera ayudarnos a entender mejor la extraña y casi heroica idea que tenía Solana de la mujer. En Terrer,61 poblacho del partido judicial de Calatayud, en el que ejerce de barbero el practicante Lorenzo Carmuesco,62 al describirnos el monumento de la degollación de los inocentes —que está en la iglesia de Santa María y «es muy bárbaro y tiene mucha tragedia y crueldad»63— nos habla de un judío «con barba cuadrada, [que] tiene unas faldas blancas como un valenciano y el pecho con vergonzosos pelos rizados como las mujeres».64 Nos limitamos a dejar constancia del término de comparación empleado por Solana.

En el tercer cielo —el cielo de sus criaturas— Solana rehúye, en este libro, los nombres propios. Solana, que va de camino, no ha tenido tiempo de aprenderlos y no quiere colgar, a sus personajes reales, nombres ficticios. No es, en todo caso, su actitud, sino muestra de su honradez y de aquella lealtad consigo mismo que más arriba señalábamos. Los nombres que más pesan en el ánimo del lector de La España negra, son los de los reclusos del penal de Santoña, nombres ciertos y verdaderos, nombres que tuvieron muy triste actualidad en las páginas de la prensa sensacionalista de su tiempo: «…Planas, que está condenado en este penal a cadena perpetua. Porque un juez de su pueblo pegó una bofetada a su anciana madre, Planas le mandó al día siguiente un regalo en una caja, y al abrirla el juez estalló la dinamita que contenía y quedó ciego y manco de las dos manos».65 «¿Ve usted ese preso que está apoyado en esa puerta? —le dijo el guardián a Solana—. Es un anarquista que atentó contra Alfonso XIII en una jura de bandera. Es Sancho Alegre».66 En esto se acercó un viejo burlón —nos dice poco más abajo—, con gorro de lana y gruesas zapatillas y levitón de presidiario, riendo y tirándonos de la americana; abrió una boca desdentada y nos dijo que él mató a siete moros con un fusil. Luego supe que era el tío Lobo, que andaba mal de la cabeza, pero que era ya inofensivo; lo de los moros, que se empeñaba él en creerlo, no era sino cinco soldados españoles que mató él estando de centinela, cuando era mozo, en un ataque de locura».67 Pocos más nombres actúan en La España negra y no a muchos más se alude: citemos, entre los primeros, al ya mencionado barbero Lorenzo Camuesco y a Pedro Conejo, alias Oso, mendigo de Oropesa que vive en un carro tumbado y sin ruedas, padece de ataques y tiene una úlcera en una pierna.68 Apuntemos, entre los segundos, aparte de los reyes, príncipes, condes, maestrantes, inquisidores, guerreros, santos y figuras de cera que pululan por el itinerario de Solana, y aparte también de los escultores del Museo de Valladolid y de los donadores de ex-votos —la niña María del Rosario Cornejo,69 Julia Rodríguez Rojo,70 la joven Felisa Barbero Stévez71 (aunque Solana escribe Stevez, pensamos que debe ser Stévez o Estévez).— y expulsadores de tenias el señor gobernador de Ávila; el señor obispo; el canónigo don Pedro Carrasco; el maestro de escuela don Juan Espada; el jefe de la Adoración Nocturna, don Peláez; doña María del Olvido, dama noble, comendadora y provisora del ropero de los pobres72—, apuntemos, íbamos diciendo, al pintor Sorolla y al escultor Benlliure, que «los dos son dos zapateros»,73 según Solana; a los toreros el Guerra y Mazzantini, «a cual más malo»; a la Chuchi, que «está en el hospital»,74 y a la Manca de Tetuán, recién suicidada,75 amarga carne de burdel zamorano; a Zuloaga, «el gran pintor vascongado»,76 a quien dedica un capítulo, y a los amigos de la tertulia de Ramón Gómez de la Serna en Pombo, de cuyo histórico cuadro hace una cumplida descripción en el epílogo del libro que nos ocupa.

Del rumbo S. chifla el viento ábrigo, al que en galeras dicen mediojorno;18, 2ª ref. el mediojorno es viento que moja el suelo, alborota la atmósfera y pica la mar; el mediojorno es viento moro —ábrego o abrigo viene del latin afrîcus—, viento poco cristiano y de no mucha confianza. En la rosa con la que navegamos, Madrid vuelve al primer cielo del viento mediojorno. Han pasado tres años —suena en el reloj de la Puerta del Sol el año 1923— y Solana publica su cuarto libro: Madrid callejero,14, IV cuyo título, ciertamente, a nadie puede desorientar. Madrid callejero forma un volumen de la misma extensión poco más o menos, que cada una de las dos series de Escenas y costumbres y es algo más breve que La España negra. En Madrid callejero —vayamos a su segundo cielo—, los temas ya puestos en juego se clarifican y, sin perder su espontaneidad, se adensan y aprietan. Algunos desaparecen: las festividades religiosas —La fiesta de San Antón77 no lo es, propiamente— y los monstruos de las barracas de feria, por ejemplo. Otro tema presente en sus tres libros anteriores —los toros—, huye aquí de la plaza donde se nos mostrara inmediato y actor, para refugiarse —evocación amarga, venenosilla droga para pasto de pobres— en el Museo Granero,78 gran barracón de la verbena del Carmen donde se quintaesencia todo el horror que, cuando la tarde pinta en bastos, puede darse en la fiesta. Dos elementos por estrenar, o casi por estrenar, saca Solana a colación en este libro: los cementerios abandonados y los tipos populares, la fauna del asfalto madrileño. En Los cementerios abandonados,79 Solana nos habla, con artesano sosiego y macabro acento, del de San Martín, «una maravilla de severidad y buen gusto»,80 y del de la Patriarcal, en el que «todo está abandonado; el verdín se ha extendido por los campos de sepulturas, como una huerta, para plantar coles y patatas; quedan muy pocos cipreses, pues han sido arrancados muchos para aprovechar su madera; las cruces de mármol, rotas y tiradas por el sucio; las cornisas de piedra de las galerías, metidas en la tierra y casi enterradas por las lluvias, y muchos ángeles de mármol y de piedra, tirados por el suelo y maltrechos, descabezados y con las alas rotas».81

En El ciego Fidel 82 y en Garibaldi y su mujer 83 —y rozamos ya el cielo tercero—, el escritor nos fija la menuda y viva historia del arroyo, la crónica sin gloria —aunque con pena— de la plaza pública, esa bendición de Dios que es del primero que la pisa. El ciego Fidel, «con su gran tipo de tenor italiano… sus melenas románticas y la nobleza de la figura… es hombre ingenioso y frecuenta los cafés más concurridos de Madrid vendiendo botonaduras de dublé fino, pipas, corbatas y piezas de paño, acompañado de su criado, con el metro en la mano, y de cuyas piezas él cortaba, por tanteo, con una gran tijera sin equivocarse ni un centímetro más ni menos (pues dándole con el codo a su criado le preguntaba por lo bajo: “¿Por dónde corto?”), y el parroquiano se quedaba sorprendido del buen tacto del ciego Fidel; y como ganaba bastante, se daba buena vida y pudo conservar la tripa comiendo en los cafés buenos bistefs84 con patatas».82, 2.ª ref. El ciego Fidel es un tipo clásico de la resignada picaresca española y su figura estrafalaria —con «la americana llena de brillo y de grasilla»85 y con su cara «con un ojo abultado de huevo que se clava en el techo»86— parece espigada de una página de Quevedo o de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo. A diferencia de lo que sucede en el Lazarillo de Tormes, aquí el amo ciego es el eje del cuento y el criado mozo se queda en un discreto segundo término y sin bautizar. El ciego Fidel, que mira —él, que no ve— «a lo alto, como un San Francisco de Asís»,86, 2.ª ref. es un golfo doliente que vive a salto de mata y que subsiste y va comiendo porque «tiene una gran experiencia del corazón humano».87

Garibaldi —Baldomero el Cubero cuando, sano aún, ejercía su oficio— fue un loco (aunque Bernaldo de Quirós y Llanas Aguilaniedo, como ahora veremos, no lo creían así) con veleidades políticas, de «enérgica y diminuta figura… recubierto por un levitón negro y un viejo sombrero de picos galoneado, con unas plumas negras, parecido, al que llevan los ministros en los días de recepción, o al de los porteros del Banco de España y Ministerios»,83, 2.ª ref. con el pecho «lleno de condecoraciones y arrollado a la cintura un fajín de mando»,83, 3.ª ref. que se paseaba por Madrid bebiendo vino —y no más que vino— y arengando a los estudiantes y a los desocupados con pintorescas soflamas que remataba siempre con el cuádruple grito de: ¡Viva la República! ¡Arriba, caballo moro! ¡Mueran los carcas! ¡Viva Garibaldi! Cuando Solana publica su Madrid callejero, el pobre títere ya ha muerto. Poco antes le había precedido su mujer: «Se murió de una borrachera por beber aguardiente. Ya se lo dije yo. Si hubiera bebido vino, no se hubiera muerto nunca».88 Por el tiempo en que Solana nos habla de Garibaldi éste ya no era un niño. Bernaldo de Quirós y Llanas Aguilaniedo lo mencionan en 1901, en su libro La mala vida en Madrid,89 con cincuenta y ocho años. He aquí un extracto de la ficha que de él nos ofrecen: «Hay gran diferencia entre verle en la calle…, dando vivas a la República, tuteando a Prim… tratando de Excelencia a todo aquel que le invita a una copa…, y verle en la cárcel… perdidos sus bélicos arreos, mustio el semblante, la actitud humilde, substituido el tricornio por un gran gorro verde con arabescos. Garibaldi…, está bastante bien conservado, es bajo de cuerpo, y marcialmente plantado. Su madre fue cantinera en el penal de Tarragona; su padre, portero de una Casa de Socorro, murió de un ataque de alcoholismo… Ya el abuelo había sido aficionado al vino, como lo es uno de los hijos de Garibaldi, adolescente todavía ligeramente giboso… dado a todo género de vicios… [Garibaldi] fue cubero de oficio hasta que pudo convencerse de las ventajas que ofrecía hacerse el loco popular, y convertirse en parásito… Garibaldi es microcéfalo; físonomía simpática, ojos empequeñecidos por la ligera elevación del párpado inferior…, acné rosácea marcada, surcos naso-labiales hundidos inferiormente, temblor de la lengua… sed y hambre crónicas. Odia el aguardiente, por el cual se perece su mujer, más adelantada que él en la intoxicación. Bebe sólo vino, y actualmente delira de veras. Se embriaga a diario, y según le da el vino, va desde la calle a la cárcel o a su casa».90

Solana no nos da el nombre de la mujer de Garibaldi; Bernaldo de Quirós y Llanas Aguilaniedo tampoco lo hacen. Aunque Garibaldi paseó, a veces, en compañía de La tonta de la Pandereta —también distinguido eslabón de la «golfemia» del Madrid de entonces—, circunstancia que hizo que algunos la creyeran su esposa, la verdadera mujer de nuestro héroe se llamó María Díaz.91 Solana nos dice que «Garibaldi la respeta y la admira porque bebe más que él»92 y que el matrimonio vive «en el barrio de las Cambroneras, cerca del puente de Toledo y en las márgenes del río Manzanares».93 ¡Pobre Garibaldi, y qué vuelta de vino se pegó en vida!

Sigamos el camino de nuestra rosa. Del SE. viene el viento jaloque, el ardiente y africano siroco que cambia las arenas de sitio y despierta las malas inclinaciones en el corazón. Dos pueblos de Castilla,14, IV, 2.ª ref. —año 1924— es un breve librillo de setenta y cinco páginas en octavo, que cuenta la excursión de Solana a Colmenar Viejo y a Buitrago del Lozoya, pueblos ambos de la provincia de Madrid. El temario se mantiene, vuelto a emparentar, quizás con menos tintas negras, con el de La España negra, y un hálito artesano y campesino se respira en él, del cabo al rabo.

Si en este libro los dos primeros cielos —el de la geografía y el de los temas— son sencillos de ver y señalar, más aún lo es el tercero, el de las criaturas, que aparece vacío de nombres propios de actores. En Colmenar «sobre [los] tres extraños peñascos llamados las ‘Tres Mantecas’ y el cerro Castillejo [que] contribuye a servirle de fondo»,94 Solana no se topa más que con cuatro nombres propios, ninguno de los cuales toma parte en la acción: Pedro Pérez, propietario de la corrida que se echó al campo,95 y los niños Eduardo y Gonzalo Ortega96 y la familia Amores,97 cuyos nombres se leen en sus sepulturas. En Buitrago, Solana vuelve a darnos otros cuatro nombres que, como los cuatro nombres de Colmenar, tampoco actúan: el herrero Santiago Alonso, cuyo taller, que está al lado de la zapatería del botero Cayetano Díaz, hace de chiquero para el toro de la función,98 y el pastelero y confitero Narciso y el sastre Valentín Sanz que ofician sus oficios en la plaza;99 el botero Díez, según parece, sobre zapatero es también tabernero.100 El oficio de botero limita, por fuera, con el de zapatero y, por dentro, con el de tabernero.

Solana, en Dos pueblos de Castilla, quizá el más sabio —en ningún casó el más emocionado— de sus libros, hace (no dudo que sin proponérselo) un alarde de virtuosismo de la sencillez y de la eficacia narrativas. Es posible —y lo expreso con todas sus consecuencias— que la literatura quiebre y se enmohezca a manos de los literatos, y crezca, lozana y llena de frescor, a manos de los hombres sencillos que cuentan las cosas que pasan tal como las ven. Es también posible —y no intentamos decir nada nuevo, aunque sí de otra manera— que la literatura se pudra en sí misma, igual que una bella flor a la que la falta de aire se intoxicara con su propio veneno, y se vivifique y oree cuando se le abren las puertas de su esotérico claustro. Este cuaderno de Solana, tan corto de cuerpo como modesto de intención, tan largo y trascendente de enseñanzas, mucho me ha dado que pensar. Dejemos la cuestión enunciada, para que venga sobre ella quien se encuentre con fuerzas de abordarla en toda su peligrosa amplitud. Dos pueblos de Castilla es una filigrana áspera y certera, una cuidadosa y siempre bien trazada miniatura, en la que todo está pesado y medido —o adivinado, que tanto rnonta— con primor. Por Colmenar Viejo y por Buitrago del Lozoya se paseó, a sus treinta y seis o treinta y ocho años, el más maduro Solana escritor.

En galeras —volvamos a invocar a Fray Antonio de Guevara18, 3.ª ref.— al viento solano le dicen levante. El levante, en el Mediterráneo, es viento marero, temeroso y agónico, viento racheado y casi siempre frescachón, que impide orientar las velas como Dios manda. Estamos en el rumbo E. de la rosa, en el año 1926 y en el libro Florencio Cornejo,14, VI al que Solana llama novela. Florencio Cornejo es quizás aún de más escasas carnes que Dos pueblos de Castilla. Florencio Cornejo —novela o no novela, ¿qué más nos da?— es la crónica de la agonía, muerte, velatorio y entierro del pariente del narrador que da título al libro y del viaje que el cronista hace desde Arredondo, donde vive, hasta Ogarrio, donde Florencio muere. En la diligencia que lo conduce —llueve y «a través de los cristales y en las sombras de la noche, el paisaje no tenía interés ninguno»101—, el autor del relato se queda dormido y, en sueños, rememora los ya lejanos y divertidos veinte días102 pasados con Florencio en Madrid: la posada del Barbas, en la calle de Toledo; los carreteros que traían pellejos de vino desde El Tiemblo, Móstoles, Barajas y Valdemoro; los elefantes que albotaban, las gallinas, las vacas, los burros, las mulas y las yeguas del patio del parador; el hartazgo que se dio el elefante Pizarro en una tahona; las compras de Florencio en las tiendas de los toneleros, los albarderos, los cuchilleros, los relojeros y los fabricantes de guitarras y de acordeones; la Puerta del Sol, con su fuente de pilón y su surtidor, y la Plaza Mayor, con su estatua ecuestre del Rey Felipe; las niñeras y los soldados, los titirimundis, los sombrereros, los pañeros y los ferreteros; los ripes, los tranvías de mulas y los carromatos; los hoteles: Hotel París, Hotel de la Paix, Hotel Universo; las filas de simones y los carros de bueyes cargados con piedra berroqueña de El Escorial; las sopas de ajo y el cocido; los ciegos de los romances; los mieleros alcarreños y los queseros manchegos; los periódicos: El Progreso, La Iberia, El Globo, El Resumen; los muñecos autómatas, el amaestrador de pulgas, los figuras de cera, el hombre-esqueleto, el gigante chino y la ascensión de un globo; la proclamación de la República; un discurso de Castelar; la muerte en garrote del viejo matrimonio dueño de la taberna La Miseria; las burras de leche; el Paseo del Prado y el Jardín Botánico; el corrillo de San Blas, la fábrica de tabacos, el Rastro y el café cantante La bella Criolla; la parada de la Plaza de Oriente; el Teatro Real, el Teatro de Apolo, etc., etc.103 De la fecha de alguno de los sucesos enumerados y, sobre todo y para que no haya lugar a dudas, de la declaración del narrador de que el viaje a Madrid lo hicieron «allá por el año 73»104 o sea, trece años antes de que Solana naciera, se colige que quien cuenta lo que pasa y el verdadero autor del Florencio Cornejo no son el mismo personaje. Es éste el único libro de Solana en que la primera persona usada por el relator se traslada —aun sin decirlo, si bien dándolo a entender— a un ente de ficción.

Arredondo y Ogarrio son dos pueblos del interior de la provincia de Santander. A Ogarrio fue a donde al padre de Solana, niño aún de ocho años —el padre, que no Solana—, envió su padrastro desde México. En Arredondo vivían otros Gutiérrez-Solana: los hermanos Manuela y Segunda, señoritas, al parecer, de gran belleza, y Florencio, medio tonto y medio paralítico. Solana, padre, don José Tereso Gutiérrez-Solana y Gómez de la Puente, casó con su prima doña Manuela, que le dio, entre otros hijos, al autor del Florencio Cornejo. La vida y las costumbres de Ogarrio y de Arredondo no eran, pues, extrañas a Solana, sino familiares y conocidas.

La narración está llevada en primera persona, como decíamos, y un poco con la sencilla técnica lineal de los cuentos al amor de la lumbre. Solana, en este libro, acusa, a veces, cierta preocupación literaria, y sólo cuando la olvida y torna a su decir llano y directo, lo vemos volviendo, con los arrestos de siempre, por su fuero. Las páginas de la agonía y muerte de Florencio tienen la firme impronta de la mano maestra y la descripción del velatorio —con su mudo alborotador y gruñón, sus frailes, su coronel retirado, su pastelero, su veterinario, su secretario del Ayuntamiento y sus viejas gordas, asmáticas, reumáticas y rezadoras— es un «apunte carpetovetónico» de la mejor ley. Y con todas las de la ley.

No me resisto a traer aquí dos breves párrafos, descarados y violentos, que pintan, en dos amargos brochazos de humor negro, dos tipos y dos caracteres. Habla, el primero, del «veterinario, hombre flaco y largo, que padecía del hígado, de carácter dulce y sentimental, [que] tenía afición a la poesía y [a quien] le gustaban las flores y los pájaros; se levantaba muy temprano, para oírlos cantar, y cuando podía, los cazaba con liga, para comérselos fritos».105 Reproduce, el segundo, la parrafada que suelta una señora del acompañamiento: «Pues a mí lo que más me dolió fue la primera muela que me sacaron después de parida; ahora me ha salido un cáncer en el estómago, y el otro día, mi hermana, que es mujer de buenas carnes, se subió a un árbol a coger nidos, y se quedó enganchada por la falda; al caer, se desgarró una nalga con una quima, y la tuvieron que dar más de veinte puntos».106

De los treinta y dos rumbos principales de la rosa de los vientos, nos hemos detenido, sin hacer tampoco demasiado hincapié, en seis de ellos: tantos como libros publicó Solana. Antes, nos permitimos sugerir que en cada una de sus páginas —y también en su conjunto— nos salta, como un pez vivo, la constante de la consecuencia y de la lealtad consigo mismo y con su mundo. Quisiéramos ahora añadir que este viejísimo mundo en que Solana se movía y hacía moverse a sus criaturas, fue, en él, un mundo inventado, un mundo creado y vuelto a crear, desde el principio al fin y una vez y otra, para su mejor y más emocionado reflejo: un mundo estrenado —en su tiempo— por él; un mundo de primera mano, no obstante su aspecto de trasnochado bazar de chamarilero o de abigarrado y sangrante escaparate de casquero.

Pudiera decirse que la España de Solana —o, mejor, la sola España de Solana— no es España o, dejémoslo aún más claro, no es toda España. Probablemente, no se encontrarían razones lo bastante sólidas para contradecir o, al menos, desvirtuar tal aseveración, y, sin embargo, tampoco podría negarse —quien este argumento esgrimiera— a admitir que la España de Solana sí fue, en su macabra violencia, en su doliente desnudez, un poco el alcaloide de la España eterna, de la España que duerme —a veces con hambre saltándole en la panza— con la cabeza debajo del ala sin plumas y, en la cabeza, las más estrafalarias y descomunales figuraciones.

Abordemos ahora, para intentar seguir situando a nuestro autor en la breve panorámica que de él quisiéramos dibujar, algunos cabos sueltos con los que quizá pudiéramos tejer el cañamazo que nos ayudara a enmarcar su figura.

  • (14)
    1. Madrid. Escenas y costumbres, Madrid, Imprenta Artística Española, San Roque, núm. 7, 1913, 164 págs. en 4.º. Manejamos la 2.ª ed. Lo nombraremos, en las sucesivas notas, Esc. cost., 1.ª.volver
    2. Madrid. Escenas y costumbres. Segunda serie, Madrid, Imprenta Mesón de Paños, 8, bajo, 1918, 183 págs. en 4.º. Lo nombraremos Esc. cost., 2.ª. volver
    3. La España negra, Madrid [Imp. de G. Hernández y Galo Sáez, Mesón de Paños, 8], 1920, 254 págs. en 4.º. Lo nombraremos Esp. n. (En la edición que manejamos de Esc. cost., 1.ª, aparece anunciado este libro con el título La España negra o el fanatismo español). volver
    4. Madrid callejero, Madrid [Imp. G. Hernández y Galo Sáez, Mesón de Paños, 8], 1923, 189 págs. en 4.º. Lo nombraremos Mad. call. volver
    5. Dos pueblos de Castilla, Madrid [Cuadernos literarios, n.º 10, Imp. Ciudad Lineal], 1924. 76 págs. en 8.º. Lo nombraremos Dos pueb.volver
    6. Florencio Cornejo (Novela), Madrid [Imp. C. Hernández Galo Sáez, Mesón de Paños, 8], 1926, 66 págs. en 8.º. Lo nombraremos FC. (En Mad. call. aparece anunciado con el título de Remigio Cornejo). En Mad. call., además de Remigio Cornejo, aparecen anunciadas como próximas a publicarse las siguientes obras que no llegaron a aparecer: Viaje por España, Cuentos del abuelo, Osario (que repite su anuncio en FC.) y Las brujas de Ogarrio. También en Mad. call., y con la nota de «en preparación», se cita Los pueblos de Madrid, del que ya se da noticia en Esp. n. con el título de Madrid y sus pueblos y que acabó reduciéndose a Dos pueblos de Castilla. Manuel Sánchez Camargo, en su libro Solana (Biografía), Madrid [Aldus, S. A. de Artes Gráficas], 1945, al que nombraremos Biogr., publica París (Tres capítulos inéditos de una obra de J. Gutiérrez-Solana). Estos capítulos son: I, El barrio judío; II, El Museo de las figuras de cera, y III, La feria. A ellos no vamos a referirnos aquí porque, lejos de proponernos inventariar su producción literaria, preferimos limitarnos a la glosa de las páginas que el pintor publicó en vida. volver
  • (18) Antonio de Guevara: Libro de los inuentores del arte de marear y de los muchos trabajos que se passan en las galeras, Valladolid, 1539, cap. viii. [VOLVER: 1ª referencia, 2ª ref., 3ª ref.]. volver
  • (49) Ramón Gómez de la Serna, ob. cit., pág. 841. volver
  • (50) Esp. n., pág. 119. volver
  • (51) ídem, pág. 115. volver
  • (52) ídem, pág. 137. volver
  • (53) ídem, pág. 238. volver
  • (54) La feria, ídem, págs. 39-53. volver
  • (55) La procesión, ídem, pág. 59. La procesión, ídem, pág. 213. volver
  • (56) Un entierro en Santander, ídem, pág. 31. El osario de Zamora, ídem, pág. 237. volver
  • (57) El presidio, ídem, pág. 67. Las demás salas del penal, ídem, pág. 70. Los locos, ídem, pág. 73. volver
  • (58) El hospital de San Lázaro, ídem, pág. 229. volver
  • (59) Las mancebías, ídem, pág. 232. volver
  • (60) Los carreteros de Tembleque, ídem, pág. 182. Los caras, ídem, pág. 183. Las mulas, ídem, pág. 184 volver
  • (61) Solana escribe Terrier con manifiesto error. (Esp. n., págs. 201, 219, 220 y 256). volver
  • (62) Terrier, en Esp. n., pág. 219. volver
  • (63) La degollación de los inocentes, ídem, pág. 220. volver
  • (64) Ídem, íd., pág. 221. volver
  • (65) Las demás salas del penal, ídem, págs. 70-71. volver
  • (66) Ídem, íd., pág. 71.volver
  • (67) Ídem, íd., págs. 71.72.volver
  • (68) Las calles, ídem, págs. 163-164. volver
  • (69) Romería de la Aparecida, núm., pág. 86. volver
  • (70) Ídem, íd., pág. 70. volver
  • (71) Ídem, íd., pág. 235. volver
  • (72) Las Solitarias de Ávila, ídem, pág. 139. volver
  • (73) Museo de cerámica de Oropesa, ídem, pág. 157. volver
  • (74) Las mancebías, ídem, pág. 232 volver
  • (75) Ídem, íd., pág. 233.volver
  • (76) Zuloaga, ídem, págs. 241-244. volver
  • (77) La fiesta de San Antón, en Mad. call., pág. 63. volver
  • (78) El Museo Granero, ídem, págs. 175 y ss. volver
  • (79) Los cementerios abandonados, ídem, pág. 45. volver
  • (80) Ídem, íd., pág. 46. volver
  • (81) Ídem, íd., pág. 59. volver
  • (82) El ciego Fidel, ídem, pág. 155. [VOLVER: ref.] volver
  • (83) Garibaldi y su mujer, ídem, pág. 183. [VOLVER: ref. ref.] volver
  • (84) En FC., pág. 49, escribe bistek. volver
  • (85) El ciego Fidel, en Mad. call., pág. 156. volver
  • (86) Ídem, íd., pág. 157. [VOLVER: ref.]volver
  • (87) Ídem, íd., pág. 159. volver
  • (88) Garibaidi y su mujer, ídem, pág. 189. volver
  • (89) C. Bernardo de Quirós y J. M.ª Llanas Aguilaniedo: La mala vida en Madrid. Estudio psico-sociológico con dibujos y fotografías del natural, Madrid, B. Rodríguez Serra, Editor, Flor Baja, núm., 9, 1901. volver
  • (90) C. Bernardo de Quiró y J. M.ª Llanas Aguilaniedo, ob. cit., págs. 104-105. volver
  • (91) Dato que debo a la amabilidad de don Antonio Velasco Zazo, decano de los Cronistas Oficiales de la Villa de Madrid. volver
  • (92) Garibaldi y su mujer, en Mad. call., pág. 188. volver
  • (93) Ídem, íd., pág. 186. volver
  • (94) Dos pueb., pág. 13. volver
  • (95) Ídem, pág. 26. volver
  • (96) Ídem, pág. 29. volver
  • (97) Ídem, pág. 31. volver
  • (98) Ídem, pág. 47. volver
  • (99) Ídem, pág. 48. volver
  • (100) Ídem, pág. 52. volver
  • (101) FC., págs. 34. volver
  • (102) Ídem, pág. 44. volver
  • (103) Ídem, págs. 37-48. volver
  • (104) Ídem, pág. 35. volver
  • (105) Ídem, pág. 57. volver
  • (106) Ídem, pág. 58. volver
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