Discurso de inauguración del II Congreso Internacional de la
Lengua Española
16 de diciembre de 2001
Observemos, tras una lectura casi ni atenta de Solana, que la constante más clara de su labor literaria fue la de la consecuencia consigo mismo, la de la lealtad a su propio mundo. Solana se fabricó, a su imagen y semejanza, un mundo en el que vivir, otro en el que agonizar y aún otro, trágico y burlón, en el que morir. Los personajes, los temas y los escenarios de Solana hacen eclosión,15 como la flor que se abre, en sus primeras páginas y ya no le abandonarán hasta su muerte.
Sus chulos, sus criadas, sus mendigos, sus sacamuelas, sus charlatanes, sus boticarios, sus carreteros, sus pellejeros, sus modistillas, sus horteras, sus soldados, sus organilleros, sus criminales, sus cajistas, sus monstruos, sus enfermos, sus encuadernadores, sus verdugos —aquellos verdugos que, ¡vaya por Dios!, iban perdiendo la afición—, sus chalequeras, sus peinadoras, sus tullidos, sus traperos, sus curas, sus zapateros y sus cigarreras, toda la abigarrada fauna ibérica de la que quiso rodearse, formó, en apretadas filas, en compacto y bullidor batallón, tras Solana, que gozaba, como un niño que descubre y que se inventa el mundo, sabiéndose escoltado por tan fiel —y saltarín y entrañable— guiñol de «cristobitas» de carne y hueso.
El temario de Solana se abre, de golpe y como en abanico, igual que sus personajes se nos presentan, para mostrarse, de buenas a primeras, en viva y proteica panorámica. La muerte y la enfermedad, los toros y las procesiones, las riñas de gallos y los bailes de la gente del bronce, las barracas de feria y los cementerios, el carnaval y las tabernas del morapio y los pajaritos fritos, las romerías y los viajes en tercera, todo y aún más, cuece y borbotea en la olla literaria de Solana, empujándose y haciéndose sitio a codazos, como en las fotografías de las bodas de pueblo, para no quedar fuera. Aquí no se engaña a nadie, pudiera haber sido el lema literario de Solana, quizás por aquello del «Hoy a mí y mañana a ti» que hace figurar, a modo de mote heráldico, en el dibujo del tabernario esqueleto que coloca, a guisa de colofón, en su Florencio Corneja.16 Solana, en su primera página, se enfrenta descaradamente con el descarado mundo: «Me apeo del tranvía eléctrico en las Ventas; es domingo, y presenta aquel sitio la animación propia de esos días en Madrid».17 La animación propia de los madrileños domingos de las Ventas es la misma que, en cada esquina y en cada párrafo, brota, como una caudalosa fuente, de la pluma de Solana; no deja de ser curioso el hecho de que Solana estrene su pluma de escritor con un baile dominical y jaranero.
El escenario de Solana se acorda, en todo momento, con sus personajes y con sus temas. Madrid y la España árida, la carpetovetónica España de la barbechera y el rebaño merino, deben a Solana una atención excluyente de toda otra, una amorosa y puntual dedicación, una entrega sin reserva alguna y sin compensación posible.
El mundo de Solana, el triple mundo de sus dramatis personae, su temerario y su decoración, no es un cosmos cerrado sino un mar abierto. En este mar tumultuoso, el viento no sopla siempre en la misma dirección, ni procede jamás del mismo cuadrante. La rosa de los vientos de la literatura de Solana podría trazarse contraponiendo, en tres círculos concéntricos, los tres aludidos cielos de su mundo. El primer cielo, aquel que más próximo queda al aire que todos respiramos, representa su geografía; el segundo, su temática, y el tercero —el que más cerca está de su corazón—, sus criaturas. Imaginemos la trayectoria de Solana —como realmente fue— caminando a contrapelo, sinestrorsum, en inverso sentido al de las agujas del reloj. Partamos del norte. En el Mediterráneo —el mar al que, siendo atlántico como soy, me fui a pensar en el mesetario y cántabro Solana—, al cierzo o viento del N., segun Fray Antonio de Guevara en su Libro de los inuentores del arte de marear y de los muchos trabajos que se passan en las galeras,18 le llaman tramontana. La tramontana es viento que seca la atmósfera y limpia el aire. Cuando sopla la tramontana —me decía Josep Pla en Palafrugell— el Ampurdán es como un diamante.
En la rosa de Solana el rumbo N., llegando al primer ciclo, corresponde —andamos por 1913— a Madrid,14, I.; cortando el segundo cielo, a los bailes,19, los toros20, las romerías21, el carnaval22, algunas festividades religiosas23, los animales24, los monstruos25, los carros26, la mujer27, y el callejero de Madrid28, y cruzando el tercero, al Rana y Paca la Roja, a Rafael el Gallo y a Vicente Pastor, al maestro Dimas Topete, alias Sacatripas, a la Trini, a la Patro, a la Encarna, a Lola la peinadora y al carretero Salustiano Pantorrillas, que sale para Cuenca, en su galera, del Parador del Dragón, Cava Baja, 14. Volvemos la última página de Madrid. Escenas y costumbres, (1.ª serie), publicado mientras su autor vivía en la histórica, destartalada y entrañable Posada del Peine.29 Solana tiene entonces veintisiete años.
Del rumbo NW. sopla el mistral, viento alborotador que cesa a boca de noche y que crece cuando sube el sol. En nuestra rosa, el rumbo NW., en el punto que corta al primer cielo, también toca a Madrid. Han pasado cinco años y vamos por el 1918: Madrid. Escenas y costumbres, (2.ª serie). 14, II En el segundo cielo bullen de nuevo los toros,30 el callejero,31 el carnaval,32 y la mujer;33 desaparecen los bailes, las romerías, las festividades religiosas, los animales y los monstruos —al menos como tema central y dominante—; pasa la alegre rueda de la trajinería a chirriar en la rueda amarga del carro de Vistas34 e irrumpen, con arrestos violentos y casi inexplicables, los oficios honestos y pintorescos,35 el circo y sus parientes,36 y las cien duras aristas del dolor.37 En el tercer cielo se agolpan —riñendo o paseando en amistoso son, amándose o haciéndose la pascua; viviendo, que es de lo que se trata, y luchando a brazo partido por vivir— José Redondo el Chiclanero y Julián Casas, alias Salamanquino; Antonio López, el inventor y fabricante de la pierna articulada más práctica que se conoce; Tadeo Fariñas, panadero muerto; Adila, la adivinadora; Modesto Escribano, el ciego que hablaba en verso —«No tengas coraje, que tienes que comer potaje»; «Si Dios no lo remedia, darán las doce y media»— y que dictó a su hija los famosos romances del crimen de la Cecilia y del de la Higinia Balaguer, dama ésta cuya muerte en garrote contempló Pío Baroja —en la Moncloa y sobre la tapia de la cárcel Modelo— cuando era alumno del último curso del bachillerato en el Instituto de San Isidro;38 el trapero el Perro; el ventrílocuo Sr. León; La Garbancera, La Frescachona y Benita Cazalla, Chata de Jaén, mozas toreras; los taberneros el Tuerto y el Sepulvedano, y el chaval Becerro, a quien el señor maestro, por torpe y cabezón, encerró en un cuarto oscuro en compañía de un esqueleto.
Del rumbo SW. silba el lebeche —el libeccio de los italianos y el llebetx 39 o llebeig40 catalán—, viento que levanta dolor de cabeza en los marineros —que lo escriben con v y allá cada cual— y en algunos diccionarios, que lo hacen venir del SE. En la isla de Cabrera, que se ve, en las mañanas claras, desde mi casa de Palma de Mallorca, hay un morro Lebeche, cortado a pico sobre la mar, a cuyo pie se abre la Cava Blava, en cuyas aguas marinas, un pañuelo blanco se torna azul como la piedra que dicen aguamarina. En esta rosa que hoy pintamos, el lebeche, volando el primer cielo, nace en Santander y va a morir a Zamora después de haberse pateado Santoña y Medina del Campo, Valladolid y Segovia, Ávila y Oropesa, Tembleque y Plasencia, Calatayud y Terrer. Es ya La España negra,14; III y vivimos en el 1920. En este, libro, el segundo cielo —el cielo de los temas— se nos presenta pegado, como la venda a la llaga, al primer cielo, el cielo de la geografía. Sería dolorosa —y también inútil— operación tratar de despegarlos. Solana se echa a andar —tras salir del sueño en el que se soñó muerto y en un ataúd con sus iniciales, J. G.-S., «en tachuelas tiradas a cordel»41— y en cada ciudad y en cada pueblo vuelve, aplicadamente, sobre cada gajo de la enorme y sangrante granada de su temario. En La España negra aparece —si bien de pasada— su primera alusión a la Academia de la Lengua, novedad en su naipe literario: «…oía continuamente una voz escalofriante —nos dice de sí mismo en la página inicial—, una voz que me producía calambres y que me repetía a todas horas: tú no verás publicado tu libro; —si lo llevas a un editor, te lo rechazará; tienes que tener en cuenta que todos los editores y libreros son muy brutos, y que la mayoría, antes de serlo, han sido prestamistas o mulas de varas, y si lo llegaras a dar a la estampa por tu cuenta, no dejaría de ser un atentado a la Academia de la Lengua; esto no te debe preocupar, porque todos los académicos no son más que idiotas, mal intencionados».42 En El día de difuntos —en su primer libro— pinta una monda en el Panteón de Hombres Ilustres, monda —¡cómo no!— en la que canta las momias de los académicos «en las actitudes más retorcidas»,43 con la misma ejemplarizadora intención con que Ferrant Sánchez Calavera,44 Comendador de Villarubia, se preguntaba, en noble, y sonoro verso:
¿Qué se fizieron los emperadores,
papas e reyes, grandes perlados,
duques e condes, cavalleros famados,
los ricos, los juertes e los sabidores,
e cuantos servieron lealmente amores
faziendo sus armas en todas las partes,
e los que jallaron ciencias e artes,
doctores, poetas e los trobadores?
Es sintomático anotar —siquiera tan prendido con alfileres como lo hacemos— esta concomitancia, que tampoco es la única, del temario de Solana con los temarios en boga en la Edad Media. Solana, al arremeter contra la Academia y los académicos —también en La España negra habla de unas «mujeres que no había día que no riñeran y discutieran con una riqueza de palabras que para sí quisiera la Academia de la Lengua»;45 en el Florencio Cornejo nos llama «zotes»,46 etcétera—, no hace más cosa que prestar oídos al vetusto mito de la macabra e igualadora Danza de la Muerte, canto anarquista —y profundamente católico— de los siglos xiv y xv. Ramón Gómez de la Serna, quizás el hombre que más hondo caló en su secreto, nos lo presenta como academicista invernal y estival antiacademicista: «Así como en invierno no compra más que libros —nos dice— en que ponga: “De la Real Academia Española”, en verano grita: “¡Los incurables, a la Academia!”, y sostiene que los discursos de recepción “se los escriben“, porque ellos son incapaces de hacerlo».47 Baroja, en sus Memorias, al relatarnos las andanzas de ambos por París, nos cuenta que Solana decía «que tenía que ser académico de la Academia Española».48