Discurso de inauguración del II Congreso Internacional de la
Lengua Española
16 de diciembre de 2001
Con don Manuel Linares Rivas, natural de la provincia de La Coruña como sus dos sucesores, el Almirante Estrada y yo, se abre el cielo gallego en la historia de este sillón Q. Linares Rivas fue un carácter muy compostelano, hombre vario y de amable pluma satírica que llenó, con su teatro de avisada técnica, muchas jornadas de nuestra escena. Sus comedias Mal año de lobos y Todo Madrid lo sabía y sus adaptaciones de las novelas de Pérez Lugín La Casa de la Troya y Currito de la Cruz, todavía son recordadas y comentadas.
Y henos aquí ya, señores académicos, en el año 1945 y ante el doceavo sillón Q: mi ilustre antecesor el Almirante don Rafael Estrada Arnaiz, el hombre cuyo recuerdo y alto ejemplo aún flota —y que siga siéndolo para lección de todos— en el sereno ámbito de esta Casa. El Almirante Estrada fue un poco el vivo arquetipo de la cálida fusión, del siempre soñado y cantado maridaje de las armas y las letras. José María Pemán nos lo describe como «de no sobrada estatura, cabello ceniciento, modales cortesanos y habla suave. Se ve que sus ojos puntiagudos y vivos —añade—, detrás del cristal de sus gafas, están prestos a todo».2 Wenceslao Fernández Flórez nos lo pinta «de mediana estatura, horro de carnes, fácil a la sonrisa».3 Don José Ortega y Gasset, al hablarnos, en sus Notas de andar y ver, de don Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza, nos hace la apologética descripción del soldado de cultas aficiones: esa aparente antítesis. «Es guerrero de oficio —nos dice Ortega ante la bella y anónima escultura del sepulcro de don Martín—: lleva cota de malla y piezas de arnés cubren su pecho y sus piernas. No obstante, el cuerpo revela un temperamento débil, nervioso. Las mejillas descarnadas y las pupilas intensamente recogidas declaran sus hábitos intelectuales. Este hombre parece más de pluma que de espada. Y, sin embargo, combatió en Loja, en Mora, en Montefrío bravamente. La historia nos garantiza su coraje viril. La escultura ha conservado su sonrisa dialéctica. ¿Será posible? ¿Ha habido alguien que haya unido el coraje a la dialéctica?».4 Releyendo, días atrás, estas líneas del llorado maestro, me saltó a la memoria la imagen del Almirante Estrada. Son pocas las palabras que tendríamos que cambiar —que actualizar, mejor— para que el retrato nos resultase exacto. Es guerrero de oficio —podríamos decir de nuestro Almirante—: lleva uniforme azul y la coca del Cuerpo General de la Armada luce en su bocamanga. No obstante, el cuerpo revela un temperamento débil, nervioso. Las mejillas descarnadas y las pupilas intensamente recogidas tras el cristal de sus lentes declaran sus hábitos intelectuales. Este hombre parece más de pluma que de espada. Y, sin embargo, navegó en el transporte Almirante Lobo, en los cañoneros Delfín y Canalejas, en los cruceros Baleares y Canarias bravamente. La historia nos garantiza su coraje viril. El recuerdo —y, si el recuerdo fallare, la fotografía— ha conservado su sonrisa dialéctica. ¿Será posible? ¿Ha habido alguien que haya unido el coraje a la dialéctica? Nos atreveríamos a responder afirmativamente a ambas preguntas. Estrada, marino e hijo de marino, escritor e hijo de escritor —recordemos respetuosamente la pluma que trazó los delicados Recuerdos del tiempo viejo y el sabio texto Astronomía y navegación—, nos autoriza a nuestro doble sí.
No se limitó el Almirante Estrada, considerado desde su ángulo de escritor, a los estudios que por su profesión pudieran resultarle más familiares, sino que, con brillo y con lozanía muy dignos de encomio, cultivó la biografía, la literatura viajera y el discurso académico en páginas que son un modelo de precisión y de bien decir. Su aportación técnica al oficio del navegante quedó plasmada, entre otras, en sus obras La nueva navegación astronómica, De náutica astronómica y El progreso científico a bordo de los buques y en su ensayo La moderna navegación astronómica, marítima y aérea que publicó, allá por el 1926, en la Revista de Marina, como su tributo a los preparativos para el vuelo del Plus Ultra. En El Almirante don Antonio de Oquendo, Estrada, con rigor histórico y gracia de la mejor ley literaria, nos traza una semblanza tan viva y emocionada como aleccionadora y precisa. La novelesca y casi mítica figura de Oquendo, el hombre que se quedó solo con su capitana real frente a una escuadra holandesa de ciento catorce bajeles con el argumento de noble flamenquería de torero antiguo de que nunca el enemigo le había visto las espaldas, cobra, en las páginas de Estrada, unos estremecidos perfiles de poética hondura y de crecida y humana emoción. En Una visita a las islas de la Madera, Azores y en Un crucero por Argelia y Túnez nos enseña el Almirante Estrada su fiesta de escritor viajero, que me es tan especialmente grata, y en La mar, su discurso de recepción en esta Casa, y en los de contestación a los de las recepciones del Duque de la Torre y de Julio Palacios, nos muestra la mesurada e inteligente esquina académica de su personalidad.5 Todo esto unido a su, por todos conocida, hombría de bien, a su acrisolado temple, a su noble carácter y a su trato afable, hace que resulte para mí un placer —que me honro en declarar y pregonar— el cumplimiento de esta plausible y acostumbrada norma académica de recordar al hombre al que se sucede.
Y quiero hacer hincapié en esta voz que empleo: sucede, tercera persona del singular del presente de indicativo del verbo suceder. La extraña ley que rige la marcha de los mundos ha dispuesto —sin caer en blasfemia, me atrevería a asegurar que con manifiesto error— que sea yo, ¡pobre de mí!, quien suceda al Almirante Estrada. En ningún caso, quede claro, confundo los verbos suceder y substituir. Nuestro diccionario dice que suceder es «entrar una persona o cosa en lugar de otra» y que substituir es «poner a una persona o cosa en lugar de otra». Cuando, después del año que pienso guardar silencio para ir haciéndome, poco a poco, a vuestra compañía, me permita decir, amparado en vuestra tolerancia, más de dos palabras seguidas en las juntas académicas, quizás sugiera, muy tímidamente, que se distingan con mayor precisión ambos conceptos que, sin serlo, a mi modesto juicio, aparecen casi como sinónimos. El ejemplo de mi sucesión es harto palpable y, en este sentido, cabría sospechar —y lo digo con todos los respetos y lleno de remilgos— que si suceder queda bien como está, substituir, en su primera e inmediata acepción, ya que puede haber, por lo menos, otra —y hablo no más que en principio, muy aproximadamente y sin olvidar que también se substituye lo gastado o estropeado, precisiones que es a la Academia y no a mí a quien corresponde señalar—, substituir, digo, en esta acepción en que la quiero usar, quedaría mejor por «poner a una persona o cosa de idénticas o análogas condiciones en lugar de otra». Y así, cuando se dice «Fulano de Tal es insubstituible», no se quiere dar a entender que «Fulano de Tal no tenga sucesión» sino más bien que «Fulano de Tal no tiene sucesión digna de él». Soy, bien lo sé, el sucesor del Almirante Estrada. Pero no soy, también lo sé, ni me considero su substituto. Entre otras razones porque el Almirante Estrada, en esta Casa, era insubstituible.6
Y me he tomado la licencia, por la que pido perdón, de opinar, siquiera sea con todas las reservas y consideraciones con que lo he querido hacer, un poco para no aburriros cayendo en la actitud del cortesano a quien, ante su eterno asentir, el rey hubo de decirle, con cauto humor: os ruego que, de cuando en cuando, me contradigáis para que podamos darnos cuenta de que somos dos.
Me toca ahora, siguiendo el orden del discurso que bueno habría de resultar en otro, que no en mí, entrar en el estudio del tema propuesto: La obra literaria del pintor Solana. Quisiera hacer, en este momento y desde este pupitre, la loa de la Academia y la diatriba del academicismo. Sé bien que debiera temblar pero, como en la batalla, las preocupaciones no me dejan lugar al miedo. Lo malo vendrá después.
Es un fenómeno previsto por los estudiosos del lenguaje, el del desgaste de las palabras. En un habla tan viva como la nuestra, tan matizada, tan apoyada con frecuencia en la intencionalidad, en el acento —que no es lo mismo—, en el valor entendido y en tantas otras licencias y evidencias, este desgaste alcanza, a veces, proporciones imprevisibles.
Hay palabras cuyo sentido y cuya validez ha degenerado: las palabras académico y academicismo, por ejemplo. El diccionario, identificando la 5.ª acepción de la primera con la única de la segunda, nos define ambas voces así: «Dícese de las obras de arte en que se observan con rigor las normas clásicas, y también, del autor de estas obras». La primera de las dos voces tiene otra acepción, la 3.ª, que quizás aquí pudiera interesarnos: «Perteneciente o relativo a las academias, o propio y característico de ellas: diploma, discurso, estilo académico».
Salta a la vista que ambas voces que nos ocupan tienen también, de hecho, un matiz peyorativo que el diccionario no recoge. Hoy, estas dos voces tienen, al lado de la oficial y conviviendo con ella, una acepción todavía no registrada: «Dícese de las obras de arte en que se observan con inactual rigor las normas clásicas». Si académico es Fidias, por ejemplo, no lo debiera ser llamado —si quisiéramos salvar la palabra— el hombre que en 1957, estuviese empecinado en modelar y esculpir a la manera de Fidias, si bien yendo por un camino que, por ser de Fidias, ya no era suyo. Si a lo clásico, a lo «que permanece», le cegamos las fuentes de su originalidad, lo clásico se asfixia y muere: este cadáver de lo clásico es lo que para las gentes significa el academicismo y lo académico.
El embrión de esta niebla estriba, a mi entender, en el hecho de que el redactor del diccionario —y con él y a su remolque, el español de la calle— confundió, identificándolos, los conceptos clásico y antiguo. Ortega, para que lo clásico pudiera manar en cualquier momento de la historia, quiso hacer de él un concepto sobrehistórico. «Debió hablarse —nos dice Ortega— de clásicos y románticos: no de antiguos y modernos. Clásicos y románticos los ha habido siempre, de Grecia acá: la historia europea, por otro nombre humana, es la historia de las luchas entre esos dos ángeles, Ormuz y Arimán, principios de lo bueno y de lo malo. El error de pensar el clasicismo según una noción cronólogica y más o menos estrictamente confundirlo con la antigüedad, tiene tan hondas raíces psíquicas, que no dudo en atribuirlo a los restos de asiatismo que quedan en los corazones europeos. Pues es sabido que para el oriental un libro, por el mero hecho de ser antiguo, es un libro inspirado, es un libro divino. Aquí tiene usted —termina Ortega— el clasicismo histórico de mongoles y semitas, el clasicismo como superstición, el clasicismo romántico».7
Este hibridismo es el que ha hecho posible el paradójico y desmelenado concubinato, el romántico amancebamiento, de lo académico con lo clásico entendido a la manera académica, es decir, con lo antiguo. «No se entra al clasicismo —nos advierte certeramente el aludido Ortega— por la senda florida e incierta de lo bello, sino por el severo camino de las matemáticas y de la dialéctica».8
Si el diccionario substituyese (en la posible acepción 2.ª de substituir, que antes apuntábamos) el concepto clásico por su no sinónimo, aunque confundido, antiguo, el error —tras quedar académico y academicismo por: «dícese de las obras de arte en que se observan con rigor las normas antiguas, etc.»— no se hubiera producido y hoy no nos encontraríamos con la extraña situación de hecho de que el academicismo, por querer ser antiguo, se llama a sí mismo, ¡y con qué romántico desconsuelo!, clásico, o, por quererse clásico se bautiza, volviéndose de espaldas al inexorable calendario, de antiguo. Particularmente, hubiera preferido que lo académico, lejos de sentirse vagamente antiguo, se hubiera proclamado activamente clásico —que para formar la antiacademia romántica siempre hubiera habido tiempo—, pero las cosas no han sucedido según mis sencillos deseos.
Pienso que debería haberse evitado que académico y academicismo fuesen adjetivos equivalentes a muerto e inactual. Puesto que no se ha sabido ahorrar la confusión, esforcémonos porque las dos acepciones —la académica y la popular— puedan convivir, y no olvidemos que, en el ya citado desgaste de las palabras del que más arriba hablábamos, pudiera llegar al momento en que las dos voces que venimos estudiando cobraran un sentido rigurosamente opuesto al que quisiéramos mantener.
Es grave que hombre tan equilibrado, tan académico, tan clásico como nuestro Gregorio Marañón, mi ilustre amigo del que me proclamo públicamente permanente deudor, tenga que usar el vocablo requeteacadémico para remarcar que la musa del poeta Baltasar Eliseo de Medinilla —botón de muestra elegido al azar y sin haber buscado demasiado— era «tan excesivamente copiosa y tan rala de emoción, tan artificiosa y requeteacadémica, que no se la puede sufrir».9
No tratemos de cargar la culpa a nadie —no cometamos el histórico error español de perder el tiempo exigiendo, incluso con nuestras últimas energías, las responsabilidades del inevitable (y con frecuencia irresponsable: léase Fuenteovejuna, de Lope) pretérito— y apechemos con las cosas y las situaciones tal como se nos presentan.
El propio Marañón, en las memorables páginas que dedicó, en también memorable ocasión, a Baroja, nos afirma que hasta el hombre de la calle, el hombre que hace la historia, «no llega esa distinción artificiosa de lo académico y lo antiacadémico; artificio, es cierto, que algunas veces se originó en criterios de la Academia misma».10 A estas alturas ya, se me antojaría obvio volver a insistir sobre todo lo ya dicho.
Al pintor José Gutiérrez-Solana, en sus escritos, le cabrían como anillo al dedo unas palabras de Pío Baroja hablando del estilo: «Yo creo que aquí [en la literatura, en el estilo] debe pasar como en un retrato, que es mejor como retrato (no como obra artística) cuanto más se parezca al retratado, no cuanto más bonito sea. Así, el hombre sencillo, humilde y descuidado tendrá su perfección en el estilo sencillo, humilde y descuidado, y el hombre retórico, altisonante y gongorino, en el estilo retórico, altisonante y gongorino. El hombre alto, que parezca alto; el flaco, flaco, y el jorobado, jorobado. Así debe ser. Las transformaciones de chatos en narigudos están bien para los institutos de belleza y otros lugares de farsa estética y popular, pero no para el estilo».11
Solana fue un clásico en cuanto no admitió desmelenamientos de ninguna suerte de romanticismos, en cuanto procuró reflejar lo que veía con la mayor precisión y la más exacta objetividad posibles. Esta actitud de Solana no fue antigua ni moderna sino —recordemos a Ortega— matemática, dialéctica y, desde luego, jamás caminadora por la senda florida e incierta de lo bello. Lo bello, como lo cómodo, fueron dos posturas ante la vida que Solana, más preocupado por lo cierto —aunque lo cierto fuera, como de hecho suele venir a ser, doloroso e inhóspito—, rechazó. En el sentido estricto que tendría la palabra de no haberse desgastado y desvirtuado, de Solana pudiera decirse que era un escritor académico: quizás el más académico —con Unamuno, con Baroja y con Azorín, cada cual por su camino— de todos nuestros últimos grandes escritores. Solana no admite las idealizaciones y piensa que los ojos sirven para ver y no para adornar la imagen que se mira; los oídos, para oír tanto la melodía como el trueno; la nariz, para oler el ámbar y la tibia cuadra del ganado; la boca, para gustar la miel y la guindilla, y la piel para percibir el áspero o suave tacto de las cosas; para sentir la delicada caricia, para padecer la llaga amarga y para aguantar el desabrido bofetón de la injuria. Y esto que en Solana apuntamos, Solana lo pensó —y lo realizó— tanto en su obra pictórica como en su curiosa y sintomática labor literaria.
Me interesa recalcar el hecho de que Solana fue, al tiempo, tan gran pintor como escritor. Díez-Canedo, en la reseña que publicó en Revista de Occidente sobre sus cuatro primeros libros, nos dice: «El caso de que un pintor escriba no es raro ni nuevo. Menos frecuente, sin embargo, que las cualidades que muestra en una de las artes logren equivalencia cabal en la otra».12 Azorín afirma: «La pintura, en José Gutiérrez-Solana, tiene su correlación lógica en el arte literario del pintor».13 La literatura, para Solana, no fue un violín de Ingres sino una necesidad de expresarse, hondamente sentida. Solana tenía su verdad, no por tosca menos verdadera, y la decía por los medios que más dócilmente se domeñaban a su nervuda mano. Me decía, en cierta ocasión, un amigo, que España es un país tan pobre que no da para que puedan tenerse dos ideas de una misma persona. Aun sin encontrar muy sólidas razones, intuyo que el deber de todos es luchar contra el supuesto de mi amigo.
Solana, cuando —el 24 de junio de 1945— bajó al sepulcro, nos había dado, envueltos en prolija anécdota y arropados en su negra nube fabulosa, seis ejemplares y breves libros: los dos volúmenes de Madrid (Escenas y costumbres), La España negra, Madrid callejero, Dos pueblos de Castilla y Florencio Cornejo. 14 Sobre ellos vamos a ensayar algunas calas que nos permitan acercarnos, hasta donde podamos, a su insobornable corazón, a su más auténtico meollo.