Discursos
Discurso de ingreso en la Real Academia Española.
26 de mayo de 1957.
Camilo José Cela
SEÑORES ACADÉMICOS:
CONVOCADO POR VUESTRA GENEROSIDAD, que es mayor, sin duda alguna, que mi derecho y aun que mi osadía, heme aquí, ante vosotros, a la espalda mi flaco mérito, mi ruin bagaje. Los guardiaciviles del camino se quedarán atónitos cuando, en mis andaduras por venir, a su pregunta de si llevo o si traigo papeles responda alargándoles una tarjeta en la que, con letra de bulto, se diga: Camilo José Cela, de la Real Academia Española. Lo más probable es que, de momento y por lo que sí o por lo que no, me detengan.
Me trae a esta Casa —declaro lo que todos sabéis— más vuestra liberal dádiva que mi escurrido merecimiento y pienso que pecaría por omisión si no os advirtiese del peligro que corréis, si repetís vuestras tolerancias, de ser declarados pródigos por la historia. Os agradezco, sobre el favor que me hacéis, la presteza con que me lo habéis hecho. Es la vieja receta del viejo Marqués de Santillana:
Usa liberalidat
e da presto:
que del dar, lo más honesto
es brevedat.
Ignoro cuál es, en estos instantes, mi orgullo mayor: si proclamar esta verdad que os digo o saberme llamado a decíroslo desde donde os lo digo. La verdad, para Platón, era la más grata y amena de todas las músicas; de mí puedo prometeros que, sin ser músico ni perito en solfas o compases, sí soy —hasta donde mis escasas fuerzas y el respeto que debo a los demás me lo permiten— verdadero y honesto: casi temerariamente verdadero y honesto.
Quisiera desvirtuar con la voz de mi honrada verdad las palabras, en tantas ocasiones ciertas, de Quevedo: pocas veces quien recibe lo que no merece, agradece lo que recibe. También quisiera —mínimo tributo que me permito ofrendar al aristocrático y raro senado que me acoge— ser la excepción a la triste regla de los desmerecimientos y las ingratitudes, confesando, tan paladina como abiertamente, mi pasmo ante lo que, apoyados en vuestra propia y descomunal largueza, hoy me dais. Porque discurro que, si mi valor es mínimo, es a mí a quien toca acrecentarlo sabiendo agradecer vuestro beneficio.
Viene de muy alto, señores académicos, la distinción que se me otorga; viene de vosotros. Majestatem res data dantis habet. Ovidio nos lo dejó dicho: el regalo tiene el rango de quien lo hace. Y si, sobre alto, el favor colma y rebosa la copa de todas las generosidades, ¿cuál no ha de ser la gratitud del favorecido? El prudente Fray Luis de Granada —quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija— nos brinda la autorizada palabra que a mí me falta: cuanto es el beneficio más gracioso, tanto deja al hombre más obligado.
Y aquí estoy —obligado— en vuestra presencia y dispuesto, con harta preocupación, a hacerme acreedor a la confianza —y en vuestra confianza anida el peligro que corréis y al que antes aludí— que en mí depositáis llamándome a suceder, en su misma silla Q, al Almirante Rafael Estrada Arnaiz,1 gallego como yo lo soy, marino como yo no llegué a serlo, ¡ay, las remotas vocaciones y aficiones, y cómo se las llevó la mar!, y hombre ilustre por tantos conceptos que yo jamás alcanzaré.
Toda una baraja de próceres —baraja compuesta, a diferencia de la del jugador, de naipes, todos, de la misma alta valía— me atemoriza y preocupa, con sus doce gloriosas sombras que son ya carne de historia, pasto de la misma historia, desde el respaldo de la silla que vuestra magnanimidad —y también, en cierto modo, vuestra crueldad— me ha destinado.
Desde el 21 de febrero, fecha en que me votasteis, la letra Q baila ante mis ojos la mareadora danza de los doce ángeles fantasmas de mi temor.
Apiadaos de mí, que no sé ni cómo comenzar. Quizás suceda que mi cuerpo de vagabundo no da para el chaleco del académico. Pero ya es tarde para volverse atrás. Que los manes del Capitán General don Mercurio Antonio López Pacheco, Marqués de Villena, Duque de Escalona y Embajador en París, y del Teniente General don Juan López Pacheco, Marqués de Villena, Duque de Escalona y Comendador de la Orden de Santiago, mis dos más antiguos abuelos académicos, me sean propicios. Ambos fueron directores de la Corporación en los tiempos en que, vinculada a tan noble familia, la Corporación nacía, y ambos fueron figuras señaladas en el libro de las mil páginas siempre abiertas de España.
Que don Martín de Ulloa —perito en sedas, en duelos y desafíos, en lenguas, en razas y en jurisprudencias— y don Antonio Porcel, a caballo de los siglos xviii y xix, testigo de excepción de las ilustraciones y las independencias, velen por mí, desde su alto cielo de los sabios.
Que don Juan Nicasio Gallego, clérigo patriota y liberal, y don Antonio Ferrer del Río, prologuista de la edición académica de La Araucana e historiador del reinado de Carlos III, vean con los buenos ojos del alma esta humildad, máscara de mi desnudez, con que me apresto a sucederles.
Que don Antonio Arnao, el fecundo poeta de Las melancolías, y don Francisco Fernández y González, miembro de cuatro Academias, Rector de la Universidad de Madrid y, aún mozo de veinte años no cumplidos, catedrático de Retórica y Poética, hombre de vastos conoceres, y sólida formación humanística, sean indulgentes conmigo en lo mucho que mi atrevimiento necesita.
En este punto, señores académicos, en que me refiero, siquiera tan de pasada, al octavo sillón Q, mi quinto antecesor, mi retatarabuelo en esta Casa, permitidme una alusión familiar, traída de la mano de los apellidos, a mi pariente Modesto Fernández y González, autor de La hacienda de nuestros abuelos y de un ameno Viaje a Portugal, que no fue académico de la Española, ciertamente, aunque sí de la de Jurisprudencia y Legislación, pero que pesa en mi agradecido ánimo por haber firmado múltiples artículos en los periódicos y revistas de fin de siglo con el seudónimo Camilo de Cela. Disculpad mi licencia en atención a ser el único antecedente literario de mi sangre.
Tras don Francisco Fernández y González, a quien don Antonio Maura dedicó un penetrante estudio en el Boletín de esta Academia, ocupó la silla que me brindáis el Rvdo. P. Fidel Fita y Colomer, S. J., filólogo, historiador y arqueólogo, del que Menéndez y Pelayo, en el prólogo a la segunda edición de los Heterodoxos españoles, dice que es, sin disputa, el español de su tiempo que ha publicado mayor número de documentos de la Edad Media. El ilustre jesuita que, conociendo doce o catorce idiomas, alternó el literario —y más que cumplido— uso del castellano con el del francés y el de su noble y sonoro catalán materno, publicó en el habla de Racine las Tablettes historiques de la Haute Loire y escribió en la flexible lengua de Ramón Llull, entre otros textos, sus bellas páginas de Los Reis d'Aragó i l'a Seu de Girona y de Lo llivre vert de Manresa. Hombre de tanta virtud como conocimiento, fue, asimismo, académico de Bellas Artes y director de la de la Historia. La muerte, que jamás perdona, se lo llevó de este bajo mundo para que su sillón lo ocupase don Javier Ugarte y Pagés, Auditor General del Ejército, diputado, senador, Ministro de la Gobernación y de Gracia y Justicia, Consejero de Estado, académico de la de Ciencias Morales y Políticas, presidente de la Real Sociedad Geográfica Española, jurisconsulto, periodista, poeta y comediógrafo. Fueron tantos y tales —y tan justos y merecidos— los cargos, actividades, condecoraciones y honores de don Javier Ugarte, que su sola enumeración nos llevaría hasta lindes remotas y muy alejadas de nuestro propósito.