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Camilo José Cela

Acerca de Cela

El Cela de Viaje a la Alcarria

Por Samuel Serrano Serrano

En la nota introductoria a la segunda edición del Viaje a la Alcarria que, según su propio autor es algo así como «el cuaderno de bitácora de un hombre que se aburría en la ciudad, cogió el morral y salió al campo a que no le pasase nada», se preguntaba Camilo José Cela, un poco sorprendido, lo que podía haber en este libro sencillo y llano que narraba las andanzas de un viajero sin rumbo ni propósito por una comarca reseca y gris de la áspera Castilla para que los editores de Argentina se hubieran hecho casi de inmediato eco de su aparición y hubieran deseado publicarlo en la colección Austral de Espasa Calpe.

El autor no encuentra respuesta a esta incógnita o quizás prefiere no buscarla, pero más de medio siglo después de haber aparecido este libro cualquier hispanoamericano sensible que emprenda la travesía de sus páginas podrá hallar respuesta fácil a este interrogante en la elocuente sencillez de su palabra que, al describir lo que va viendo de forma escueta y natural, nos deja conocer no solo la geografía y los paisajes de una zona de la España profunda sino, lo que es más importante, la médula y raíz de su lenguaje, ese lazo común que en cada orilla se forja de alusiones singulares, de giros y expresiones concertadas, tejidas por el uso y por los años y al que Cela se asoma como al brocal de un pozo para dejarnos conocer el alma de su pueblo.

Porque la ruta de este viaje que el viajero recorre con el macuto a la espalda y la bota de vino tinto en bandolera, no traza únicamente los paisajes de una tierra reseca y deprimida por la guerra —palacios semiderruidos en medio de malezas, torres de iglesia hendidas por las bombas, fortalezas en ruinas sin puertas ni cerrojos— sino que pinta un mapa del hombre y sus afanes, de sus vanas empresas y ardientes esperanzas que aparecen expuestas en historias sencillas y cuadros pintorescos —un anciano errabundo a lomos de su burro que recorre los pueblos como un héroe derrotado y come su cecina confiado en que mañana el cielo proveerá, un niño diminuto listo como un ratón que vende periódicos del alba a la noche en una estación de tren, un cura que porfía por recuperar el altar de su parroquia que ha ido a dar a un museo de Madrid, un pueblo en que los viejos hablan de la aviación como de un gran diluvio que destruyó su mundo, un hombre baldado con una pata de palo que se encuentra reñido con su suerte—, imágenes forjadas con crudeza e ironía, con dichos, refranes y coplas populares que, con la sencillez de su lenguaje, consiguen sabiamente resaltar la realidad.

Como en todo viaje llevado a la ventura, el azar se pone al servicio del viajero y el pastor que guarda su majada, el hortelano que se desriñona en la tierra, el pelliquero que le ofrece las piezas que ha cazado, conforman las señales de una ruta en la que nada escapa a la mirada del viajero atento a revelarnos la belleza del camino —un macho cabrío que se asoma erguida la cabeza, profundo el mirar, orgullosa y desafiadora la cuerna por una bocacalle; un buey en un cortijo poblado de mujeres, como un eunuco leal en medio de un harén bullicioso; un mendigo que se despioja plácidamente al sol con cierto empaque y personalidad— estampas como heridas profundas, dilatadas que Cela nos entrega en su retablo desgarrado de posguerra, salvadas para siempre del olvido de los años.

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