Acerca de Cela
Por Carlos Meneses
Cómo no va a haber un Cela de Mallorca si vivió casi cuarenta años en esa isla, y no precisamente de incógnito. Cela fue una referencia en Palma, y un imán de miradas hacia la mayor de las Baleares. Aparte de los muchos libros que escribió en las diferentes casas que habitó, cuenta en primer lugar su revista Papeles de Son Armadans, de circulación no sólo en España, sino a lo largo y ancho de todo el mundo de lengua castellana, y alrededor de las más célebres universidades de Europa occidental. Pero la figura de Cela, su personalidad, sus características más destacadas fueron siendo entendidas y aceptadas por la sociedad en que vivía. Se celebraban sus frases como brulotes. Se sabía de sus tertulias en el café Riscal. Se conocía la gente que frecuentaba y los estudiosos de su obra que venían de diferentes lugares para hacerle consultas.
Solía visitarlo de cuando en cuando, a veces me lo encontraba fuera de su casa. Como había hecho amistad con un gran amigo mío, guatemalteco, Miguel Ángel Asturias, los encuentros se hicieron más frecuentes, y las conversaciones más prolongadas y sustanciosas. Así fue como pude oírle infinidad de frases a veces con sentido del humor, y otras dignas de figurar como crueles o como ferozmente destructivas, en esos museos de las letras que son las antologías. Pero lo que mejor grabado quedó en mi memoria fueron unas palabras que sin haber sido pronunciadas en tono de consejo, sí lo eran, o si se quiere se las rebaja de consejo a simple sugerencia.
Él era de los que sostenía que en una entrevista el entrevistado debía adelantarse al entrevistador imponiéndole condiciones. Una manera de que la entrevista contuviese todo lo que uno quería decir y no lo que se le antojaba al entrevistador. Pero tenía otra sentencia que afloraba de sus labios con bastante frecuencia. Para él no había mejor receta para alcanzar lo deseado que la persistencia. Sostenía que insistir o ser dueño de una tenacidad inmarcesible era suficiente para llegar a la meta. Le escuché otros consejos, los que impartía como si estuviese dando una orden, tanto por la voz como por el gesto. Se trataba de un consejo especial para jóvenes escritores, que escribieran sin pensar en ganar concursos, que no se ciñeran a las bases de un premio, que lo esencial era estar escribiendo, pues someter esas páginas a una determinada extensión u otras directrices exteriores era un error. Generalmente al concluir una sentencia de este tipo añadía una de esas frases lapidarias que casi todos le celebraban.