Acerca de Cela
Por Luis Miguel Madrid
No es fácil imaginar a Camilo José Cela con el traje de la juventud. La edad única que nos ha quedado instalada para siempre en la memoria del artista es más bien tardía, con fuerza aún para provocar y a punto de encontrar algún motivo que vencer. Es casi imposible retratarlo con miedo al ridículo o a los fracasos. En el recuerdo nunca sale tímido, ni idealista, ni risueño. Se nos aparece con la mirada de alguien que ve hogaza en el pan y cerdo en el chorizo. Uno encuentra en Cela el rostro de quien cuando come, zampa o del que sueña roncando. Este gallego de rompe y rasga inauguró la prosa de posguerra, convirtiendo en novela los valores que menos cotizaban: el desamparo, el hastío, la fatalidad. La exteriorización de la conducta humana es expuesta sin remilgos y la degradación adquiere un protagonismo coloquial que esconde una ternura bien disimulada.
Disfrutó Cela de esa rara virtud que consiste en dejar las ramas para los gorriones, bajando los conceptos hasta la altura del entendimiento. Aunque su cruzada fue aún más lejos tratando de igualar lo dulce y lo vulgar en una categoría lingüística de igual rango. Consiguió abolir la risa tonta o el escándalo que causaban ciertas frases o exabruptos. Su actitud permitió a ciertas palabras condenadas a la soledad del diccionario salir de una vez por todas a la boca de la calle.
Se ha criticado que se llevara bien con la contradicción, que abusara de los desmentidos y que llorara en demasía para ganar. Quizás fue así pero eso no es lo que importa. Ningún artista debe ser catalogado por su parafernalia sino por su obra, por lo que invente, por lo que intente y por lo que nos deja cuando el fuego fatuo de su cuerpo no puede contestar. Cela ha trascendido al tergal y los tirantes, a su voz de subteniente reenganchado, al filo de sus respuestas y las dudas que sembraban sus posturas. Todo lo que ha dejado es inmensamente más grande que su persona. Sus chascarrillos o su falta de delicadeza no fueron más que adornos. Con su dejadez flácida o su bruta tozudez no hizo más que demostrar cómo se doblan las barras que nos hacen presos en el mundo. Para ello, Cela usó la resistencia, ese lugar de cuyo borde crecen premios, nombramientos y homenajes.
Se sabe que las normas están para eso. Lo complicado es pedir transgresión al artista y orden a la persona que comparte con él nombre y apellidos. Cela soñó con una revolución que abarcara el adentro y el afuera. Intentó transgredir reorganizando las bases, el enfoque y la intención. Así, el aparente realismo costumbrista se transforma ocultando su referente estructural y también el moral. La ternura en Cela se dispersa como versos mal avenidos y la crudeza se relata sin ningún hervor. Por supuesto que hay mucho de noventa y ocho y ganas de esperpento en la obra que nos deja. Y también folclore, picaresca o drama rural; entronques con la tradición donde lo cotidiano y lo desproporcionado forman parte de una misma objetividad. La elección de la postura barojiana de expresar el fluir de la vida en la novela, la renuncia a estrategias estéticas o a no evitar lo más rancio de la realidad lo demuestran y en ello está la explicación de la censura a la que se vio sometido en su primera época.
La colmena tuvo que ser publicada en Buenos Aires —también la segunda edición de La familia de Pascual Duarte— por describir sin eufemismos lo que los lectores veían a diario. A través de más de doscientos personajes, Cela hace una crónica explícita y aparentemente objetiva, sin defensa de tesis alguna ni concesiones al lirismo.
La posguerra en una capital humillada produce desesperanza, pobreza, miedo o aburrimiento. Todo ello y mucho más, es retratado como es vivido, siendo lo cotidiano, lo anodino o lo vulgar la materia poética que el lector descubre tras la cortina de la sencillez. Él mismo explicaba que para retratar a todos aquellos personajes no era preciso inventar nada, que bastaba observar porque «en cada mesa había una novela». De tantas por contar, Camilo José Cela se quedó con las menos plácidas y las pintó según el lado amargo de un costumbrismo que algunos llamaron «tremendista» y que él definió simplemente como «honesto», un trabajo peligroso que consistía en ejercer de conciencia colectiva del lugar.
El andamiaje oculto permite que la neutralidad de la historia se convierta en discurso literario a través de un juego de perspectivas y de voces. Con la multiplicidad de las mismas, la alternancia en el tipo de discursos y la utilización de diferentes niveles de lengua, Cela lo consigue.
Decía Torrente Ballester que La colmena «estaba construida en tumulto y progreso de rotación» y efectivamente, los personajes y las escenas se suceden, se alternan en una transición fluida marcada por los contrastes, el equilibrio entre la fragmentación y la continuidad se configura con una variedad de situaciones y personalidades realmente esclarecedoras. A través del contrapunto y la técnica conductista, Cela propone en La colmena un modelo de novela con espacio y tiempo reducido y protagonista colectivo que tendrá repercusión y continuidad en las novelas del realismo social que a partir de entonces se irá desarrollando.
Estructurar y cuadrar el enjambre supuso a Cela cinco años laborales y tan conflictiva le llegó a resultar la faena que echó el manuscrito al fuego en un acto que lo podría identificar con alguno de sus personajes, pero como ellos, el texto se salvó de esas y otras llamas de la única manera que Cela comprendía: «El que resiste, gana». Esa era la receta que a menudo repetía posiblemente aprendida de los personajes de su colmena, que soñaban el deseo de un joven escritor de provincias gracias al cual ganaron su batalla más importante: sobrevivir a la posteridad.