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Camilo José Cela

Acerca de cela

Camilo José Cela (1916-2002)

Por Darío Villanueva*

Camilo José Cela fue el quinto premio nobel de la literatura española y el primero de nuestros novelistas que alcanzó tan apreciado y universal galardón.

Cuando en 1977 lo obtuvo Vicente Aleixandre, se entendió que en su personalidad se reconocía la ingente y excepcional aportación lírica de los poetas del 27, pero también, tras veintidós años en que el Nobel nos había sido esquivo —desde 1956, con Juan Ramón Jiménez en el exilio de Puerto Rico—, se saludaba la vuelta de España al concierto democrático de las naciones.

Con Camilo José Cela, representativo de los escritores que apuntaban ya cuando el comienzo de la Guerra Civil de 1936 y auténtico motor de la recuperación de nuestra mejor línea novelística a partir de su obra La familia de Pascual Duarte (1942), siempre me ha parecido que la Academia sueca quiso reconocer a su vez el arte insólito de un novelista que desde su verdad de ibero hablaba de un país peregrino que cada vez deja más de serlo (y acaso no podría ser de otra forma): la España de más rabiar, por citar de nuevo el poema titulado precisamente «Camilo José Cela», escrito por Gabriel Celaya, a quien nuestro nobel convirtió en personaje de su libro viajero Del Miño al Bidasoa (1952).

Siempre fiel a su convicción de que «la literatura no es más que una mantenida pelea con la literatura», así formulada cuando la presentación en Barcelona, allá por 1973, de una de sus obras más inquietantes e imprescindibles, Oficio de tinieblas 5, Cela estuvo en la brecha de los cuatro momentos capitales de nuestra novelística a partir de la posguerra —la recuperación del realismo tremendista, la novela social, el experimentalismo y el discurso de la posmodernidad—, siempre rompiendo con lo estereotipado y abriendo caminos que otros seguirían después. Pero también fue él quien mejor supo conectar con la tradición narrativa precedente —siempre discontinua en España, y gravemente perjudicada por la ruptura resultante de la Guerra Civil—, actualizándola a la luz de los intentos renovadores del género producidos en Europa y América desde el principio del siglo xx.

Basta recordar, a este respecto, otros títulos de Camilo José Cela como La colmena (1951), Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid (1969), Mazurca para dos muertos (1983) o Madera de boj (1999).

Finalmente, no dejaré de mencionar otro de los legados inapreciables que Cela nos ha dejado, además de sus escritos y de la Fundación que lleva su nombre en su localidad natal de Iria Flavia, donde está todo lo relacionado con su vida y su obra en términos incomparables con cualquier otra institución de la misma índole que yo conozca en España o fuera de ella.

Cela quiso ser escritor profesional, y lo fue desde muy pronto en un país empecinado en ignorar, cuando no despreciar, la dedicación absorbente por la literatura. «El escritor, en España, es un hombre que, sobre escribir, necesita, cada mañana, hacérselo perdonar», se puede leer en el suelto con que Cela saludaba, no sin cierta sorpresa o perplejidad, el éxito que había alcanzado en 1956 el primer número de su revista Papeles de Son Armadans, que constituyen otra de las pruebas fehacientes de su entrega al menester de la palabra en todas sus manifestaciones, y que tiene su feliz continuación en El Extramundi y los Papeles de Iria Flavia.

Ser escritor hasta sus últimas consecuencias implicaba, para Camilo José Cela, un completo haz de responsabilidades: desde el denodado esfuerzo por dominar el idioma hasta la hábil administración de una presencia social. Pero lo verdaderamente destacable de nuestro premio nobel es que haya ido dejando testimonio de sus meditaciones sobre todos y cada uno de los aspectos que confluían sobre su vocación y su ejercicio profesional, que tan gallardamente defendió para sí mismo y para sus colegas del papel y la pluma.

  • (*) Rector de la Universidad de Santiago de Compostela. volver
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