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Antonio Buero Vallejo

Fernandita, repostera de la historia

Por Irene Lozano

«En Buero la historia nunca transcurre sobre las vidas de la humanidad rasa, sino entretejida en ellas»

Se preguntaba el obrero lector de Bertolt Brecht quién cocinaba los banquetes de la victoria, quién preparaba los ágapes de César y los festines de Felipe ii. Y me pareció que Buero Vallejo quiso responderle creando en Un soñador para un pueblo el personaje de Fernandita, la repostera del marqués de Esquilache. Ella estuvo al servicio de un gran hombre, aunque no horneó los postres del triunfo, sino de la derrota.

Un soñador para un pueblo es el relato de aquel motín que acabó con Esquilache, una obra minuciosamente documentada para ser fiel a la realidad histórica. Fernandita representa a esa parte del pueblo que quiere ilustrarse, ama las luces y cree en el proyecto modernizador de Carlos iii y sus ministros. Ella es el contrapunto de la ferocidad, la violencia y la xenofobia con que quedó caracterizado el pueblo español, cuya renuencia a las reformas fue compartida e instigada, como refleja el texto, por la aristocracia reaccionaria y el poderoso clero. Esquilache no fue un modisto, aunque sus ideas nos hayan llegado en forma de recorte de capas y sombreros: la lucha por el atuendo sólo era —como es hoy la controversia en torno al burka— la manifestación externa de un profundo conflicto político. Y su ambición ilustrada queda reflejada en las palabras que le dirige Carlos iii: «España necesita soñadores que sepan de números, como tú… Hace tiempo que yo sueño también con una reforma moral, y no sólo con reformas externas».

Fernandita se consagra como cómplice de Esquilache en los difíciles días de la furia, un minuto antes de que él se quede solo en lo político —el Rey habrá de deshacerse de él para salvar su reinado—, y solo en lo personal, pues la hipocresía, el nepotismo y la corrupción de su esposa le alejan de ella. Es en los días previos al motín cuando Fernandita adquiere la condición de amiga: «Ahora sé que me has defendido en la calle, sin miedo a la impopularidad ni al peligro». A lo que ella responde: «Yo soy del pueblo. No me preocupa ser impopular». Se profesan admiración mutua, pero la sutileza del autor deja claro que se trata de sentimientos políticos, y no amorosos.

En Buero la historia nunca transcurre sobre las vidas de la humanidad rasa, sino entretejida en ellas. Le interesa la intrahistoria y quiere relatar cómo la biografía particular de cada uno lo ubica en el momento político y determina su respuesta a los acontecimientos. Fernandita ha estado —quizá aún está— enamorada de Bernardo, el calesero, que representa la oscuridad y la mugre de los españoles alzados contra Esquilache. Para alejarse de aquello que tanto le repugna, ella ha intentado olvidarle y se ha dejado cortejar por otro muchacho, despecho que Bernardo no ha olvidado. El día del motín se cobra los agravios personales: en el asalto a la casa de Esquilache, mata al enamorado de Fernandita primero, y la viola a ella después.

Al público se le ahorra la escena, que conocemos cuando ella se la cuenta a Esquilache. Lo hace asumiendo una parte de culpa, confesando que, en el último momento, tal vez no fuera una violación, porque ella aún sentía algo por Bernardo. La maestría de Buero logra encerrar toda la tensión del choque en unas pocas frases, que revelan el sentido de la obra. Su sensibilidad capta cómo la gran historia, ya venga en forma de acontecimiento arrollador o decisión de despacho, trastorna la pequeña vida de los seres comunes. La violación de Fernandita representa el encontronazo violento de dos mundos, dos ideologías —en su sentido más elemental de catálogo de ideas—, y dos Españas, pero también la inclinación al abuso de poder, incluso de quienes lo disfrutan fugazmente, y la débil posición de las mujeres frente a la fuerza bruta del varón.

Como los personajes de Buero nunca eluden su responsabilidad moral, a Fernandita se le concede, no obstante, un último ejercicio de libertad que constituye la esperanza final de la obra. Pese a lo ocurrido, no aceptará a Bernardo; se resiste a la imposición de restaurar su honor pactando con su agresor. Y nos la figuramos emprendiendo un nuevo camino en busca de autonomía y felicidad. No va a guisar para una bestia quien estuvo a la altura de la historia cocinando el banquete de la derrota.

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