Por Pablo d´Ors
«En la ardiente oscuridad y El concierto de san Ovidio. En ellas, auténtico embrión de todo lo que vendría después, resuenan la culpa, la condena y el miedo, que sin ningún género de duda constituyen el universo temático de este autor»
Debatí mucho con mis estudiantes de la Complutense, allá en el 2002, qué obra de Buero Vallejo trabajar con vistas a poder escribir «a su estilo», que era el propósito de nuestro taller de escritura escénica. Como no podía ser menos, la primera propuesta fue Historia de una escalera, por el punto y aparte que supuso en la trayectoria del teatro español. Acto seguido se propuso La detonación, primera obra que el maestro escribió en la democracia y donde se reflexiona sobre el acto creador, algo que entonces nos importaba mucho. Sonaron también Las Meninas, El tragaluz, Música cercana, El sueño de la razón y, por supuesto, La Fundación, que es para muchos su mejor obra. La segunda pieza que obtuvo más votos fue Jueces en la noche, la historia de un peligroso fascista falsamente convertido en demócrata, puesta en escena un año después de que fuera aprobada nuestra Constitución. Todo aquel repaso de la producción del mayor dramaturgo de la segunda parte del xx fue riquísimo. Sin embargo, contra lo esperado, terminamos por inclinarnos por sus primeras piezas, las que Buero presentó al Lope de Vega allá en el 49: En la ardiente oscuridad y El concierto de san Ovidio. En ellas, auténtico embrión de todo lo que vendría después, resuenan la culpa, la condena y el miedo, que sin ningún género de duda constituyen el universo temático de este autor.
Culpa porque aquel joven militante que fue Buero ha tenido que preguntarse si no pudo hacer algo más por su padre, fusilado en el 36, tal vez en Paracuellos. Condena porque él mismo sería detenido, encarcelado y, tras un juicio sumarísimo, condenado a morir por «adhesión a la rebelión». Miedo a la tortura, en fin, y ello aun después de conmutársele la máxima pena. «Yo reivindico el derecho, y quizá hasta el deber —declaró el escritor—, de una dramaturgia que hable de la culpabilidad y el miedo. Todos nos sentimos culpables y todos tenemos miedo». Sí, la muerte del padre, la lucha cainita de la Guerra Civil y las culpas propias de la condición humana constituyen las primeras preocupaciones de este dramaturgo, cuyo imaginario nutriente se condensa en esa década horrorosa que fue la del 36 al 46. «Las vivencias de la guerra y de la cárcel me han acompañado siempre. No me han abandonado, y pienso que por fortuna para mi teatro», declaró Buero en una entrevista a Ignacio Amestoy, uno de sus discípulos más destacados. Así que este Premio Cervantes nace a la escritura montado en ese jinete apocalíptico que es la guerra. Y es así como se concibe a sí mismo: «El escritor ha de estar en situación siempre, como un militar en una batalla».
De esta tríada temática, creo que Buero elegiría el miedo, un miedo que intentó contagiar a sus espectadores. De hecho, en una de las representaciones de La Fundación, en Buenos Aires, algunos espectadores —aquellos que estuvieron a punto de sufrir su propia desaparición durante la etapa militar— no aguantaron la tensión de la obra y tuvieron que abandonar la sala. Esa implicación era precisamente lo que Buero persiguió siempre: «Hallar nuevas maneras de englobar al público en el espectáculo fue una de mis más tempranas preocupaciones y ha inquietado varias de mis obras».
Claro que podríamos decir que la España y Europa que hoy vivimos poco tienen en común con las que a Buero le tocó vivir. Al fin y al cabo, él soportó una monarquía exhausta, una república traumática, una guerra fratricida, una insoportable dictadura y una larga transición. Sin embargo, el teatro de Buero ha ahondado en la existencia española, por lo que, aun tratando sobre todas estas circunstancias, las trasciende y sublima. No en balde, en Lázaro en el laberinto, al referirse a la España de la transición, un personaje puede exclamar: «Las espadas siguen en alto». En efecto, «el teatro debe punzarnos en el pecho y ser espejo inquietador, aunque sea deformante».
Los estudiosos y especialistas de la dramaturgia bueriana han destacado la expresión ambigua, así como el carácter metafórico de las situaciones que se plantean, algo que no debe entenderse únicamente como estratagemas para burlar la censura. Junto a estas maneras alusivas y elusivas, indirectas, se insiste hoy en que la modernidad de este autor, su actualidad, es escénica más que literaria, puesto que, al igual que Iglesias Feijoo, él no concebía textos, sino espectáculos. Quizá por ello, más que maestro de dramaturgos, Buero ha sido maestro de espectadores: unos espectadores que han estado pendientes de todos sus estrenos, desde aquella emblemática Historia de una escalera hasta su definitiva Misión al pueblo desierto. No hay de qué extrañarse. En una conmovedora despedida de Diálogo secreto, un personaje, Fabio, le pregunta a otro: «¿Tú crees en algo todavía?» «Te diré en lo que aún creo, para que te rías», se le responde. «Yo creo en el pueblo». La preocupación ética…: el magisterio bueriano.
Por mi parte me quedo con lo que le confesó a Amestoy poco antes de estrenar Caimán: «Hay algo que este escritor frente a sí mismo tiene que reconocer: no estoy satisfecho de mis obras».