Centro Virtual Cervantes
Literatura

Escritores > A. Buero Vallejo > Nuria Barrios
Antonio Buero Vallejo

El éxito del superviviente

Por Nuria Barrios

«En 1946 salía del presidio y, tres años después, recibía el Premio Lope de Vega por Historia de una escalera. La obra […] fue recibida como un soplo de aire nuevo en el gris panorama de la posguerra»

Antonio Buero Vallejo fue condenado a muerte al finalizar la Guerra Civil. Había intentado alistarse como voluntario al inicio de la contienda, pero su padre, que era capitán, le hizo desistir. Tenía entonces 19 años. Pocos meses después, su padre era fusilado y, en 1937, Buero se incorporaba a filas. Luchó en el bando republicano y colaboró activamente en la elaboración de periódicos murales, como dibujante y escritor, y en tareas de comunicación. Tras la victoria de Franco, fue recluido en un campo de concentración y sentenciado «por adhesión a la rebelión». Conducido a Madrid, pasó ocho largos meses en prisión, aguardando a que le dieran el paseíllo. Él y sus compañeros de infortunio habían calculado la frecuencia de las ejecuciones, el angustioso compás de vida y muerte en el presidio: no se mataba todos los días, sino cada cuatro o cinco. Los nervios se iban tensando a medida que se acercaba el momento, luego llegaba el azar de los elegidos y, cuando no se era nombrado, surgía el alivio, pronto roto por la tensión creciente ante la proximidad del siguiente recuento de quienes iban a ser aniquilados.

Buero aguantó de una pieza esa espera, que destrozó los nervios de muchos reos. Él, que había estudiado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y planeaba ser pintor, dibujó sin descanso los rostros de aquellos que le acompañaban. Entre ellos, el de Miguel Hernández. El poeta temía que su hijo, a quien llevaba sin ver mucho tiempo, no lo reconociese y pidió a Buero un retrato, que envió a su mujer. «No quiero dejar de cumplir mi palabra, y ya que no puedo ir de carne y hueso, iré de lápiz, o sea, dibujado por un compañero de fatigas, como verás, bastante bien. Se lo enseñarás al niño todos los días para que vaya conociéndome, y así no me extrañará cuando me vea». Buero había dibujado a lápiz, unos días después de la sentencia de muerte de Miguel, en marzo de 1940, el retrato más famoso del poeta. A ambos les conmutarían la pena por una condena de 30 años y ambos compartirían, de nuevo, celda en Alicante. Hernández murió, enfermo, en prisión en 1942. Buero sobrevivió.

De los 30 años cumplió algo más de seis. En 1946 salía del presidio y, tres años después, recibía el Premio Lope de Vega por Historia de una escalera. La obra, que se estrenó en el Teatro Español de Madrid y hoy continúa representándose, dentro y fuera de España, fue recibida como un soplo de aire nuevo en el gris panorama de la posguerra. Fue el comienzo de la impactante carrera de quien llegaría a ser el dramaturgo más respetado y galardonado de España, símbolo de la disidencia teatral antifranquista con obras como El concierto de San Ovidio, El tragaluz, El sueño de la razón… Ir a los estrenos de Buero se convirtió, para muchos, en un deber cívico.

Es imposible trazar una línea recta entre el hombre de 30 años que salió de la cárcel, marcado como uno de los vencidos de la contienda, y su sorprendente éxito. Buero recibió el Premio Nacional de Teatro en tres ocasiones, el Premio Cervantes, el Premio Nacional de las Letras, la Medalla al Mérito de las Bellas Artes… Fue miembro de la Real Academia Española desde 1971. En los años de cárcel —en Conde de Toreno, en Yeserías, en Santa Rita, en El Dueso, en Ocaña, en Alicante…—  se fraguó su destino. En el presidio había entrado un pintor, pero salió un escritor.

¿Qué sucedió durante su encierro? Pintó mucho, pues su vocación primera fue la pintura. Observó. Pensó. En una entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano, Buero subrayaba el valor de aquella experiencia, al mismo tiempo que reconocía sentirse culpable, sin tener culpa ninguna, por haber salido reforzado de una prueba que hundió a muchos otros. «Pienso, como Camus, que en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio». En la emisión, en blanco y negro, el rostro de Buero —sujeto a la moda de la época: el pelo engominado hacia atrás, el bigote fino, las breves patillas, el cuello delgado bailando dentro de la camisa— recuerda al de Walt Disney, si bien la alegría de éste se ha transformado en un gesto melancólico, apesadumbrado.

Su afición al teatro fue temprana. En los escenarios de Guadalajara y en la biblioteca paterna se familiarizó con un oficio que había descubierto en la infancia con «gran asombro» y como «una gran fiesta». Antes de la guerra, había sido lector entusiasta de Valle-Inclán y de García Lorca. El recibimiento que obtuvo Historia de una escalera le confirmó que había hallado su propio camino. «Hacía un teatro acorde con mi sensibilidad y mis preocupaciones. Tenía una carga tradicional y luego la relativa originalidad que hubiera en mí». Buero había encontrado una voz que conjugaba realismo y alegoría para expresar su anhelo de libertad y de justicia. En su dramaturgia, que algunos calificaron como «posibilista», volcó su personalísima resistencia antifranquista.

Ser fiel a uno mismo, sobrevivir en un régimen que no apruebas, hacer teatro social y además tener éxito sin perder jamás la prudencia, requiere un equilibrio harto difícil. Semejante proeza tal vez sólo sea comprensible a través de la figura de Don Quijote, por quien Buero siempre expresó una gran admiración. «Tanto en mi vida como en mi teatro hay una vena quijotesca, pero siempre razonablemente matizada por la observación de la realidad. No soy un soñador meramente, sino un soñador con los pies en la tierra». El escritor reflejó la miseria física y moral de los años de plomo de la posguerra, y consiguió que público y crítica lo aplaudieran.

Buero escribió y estrenó sin cesar desde los años cuarenta hasta los ochenta. A Historia de una escalera seguirían Las palabras en la arena, En la ardiente oscuridad, Aventura en lo gris, El concierto de San Ovidio, El tragaluz, Las Meninas, El sueño de la razón, La Fundación… Los montajes de sus obras se sucedieron en Latinoamérica, Francia, Italia, Reino Unido, Portugal, Estados Unidos… La proyección internacional de su teatro era inmensa y así, en 1994, se estrenó en el Dramaten de Estocolmo, uno de los santuarios del teatro europeo, un montaje de El sueño de la razón, una de sus piezas más representadas en el extranjero y que ha sido traducida a 18 idiomas. Varias de sus obras fueron llevadas al cine. Por encargo de Cristóbal Halffter, escribió un libreto para ópera, Mito, que nunca se estrenó. Y realizó asimismo versiones de Hamlet, de Shakespeare, de Madre Coraje y sus hijos, de Bertolt Brecth, y de El pato silvestre, de Ibsen. Pero su fama no le protegió de la censura franquista: La doble historia del doctor Valmy, una pieza sobre la tortura que escribió en 1964, permaneció sin representar en España hasta 1976, ya pasada la dictadura.

Antonio Buero Vallejo murió a los 83 años. Dejaba tras de sí una obra que había marcado la dramaturgia de la segunda mitad del siglo xx español. Él, que había sido hombre de teatro, fue subido a las tablas del Teatro María Guerrero para que pudieran despedirle espectadores, lectores y amigos.

Volver a la página anterior Subir al principio de la página Ir a la página siguiente
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es