Antonio Buero Vallejo
Por Ricardo Bada
«Este homenaje es una deuda de gratitud que tengo con el que ha sido, sin duda, el más necesario y, sobre todo, el más luminoso de todos los dramaturgos españoles en la segunda mitad de un siglo de sombras»
Historia de una escalera, cuyo estreno en Madrid el 14 de octubre de 1949 fue toda una apoteosis, o catarsis, no alcanzó nunca la resonancia universal de La muerte de un viajante, estrenada en Nueva York el 10 de febrero del mismo año. El drama de Buero es un drama de todos los días. El viajante, Willy Loman, termina suicidándose: los personajes de esa casa de vecinos madrileña en Historia de una escalera terminan sobreviviéndose. Y sin embargo, para todos los amantes del teatro, tan inolvidable como la primera acotación de Miller («Willy Loman, el viajante, entra por la derecha con dos grandes maletas de muestras») es la última de Buero: Carmina y Fernando, los hijos de los protagonistas, «se contemplan extasiados, próximos a besarse. Los padres se miran (…) largamente. Sus miradas, cargadas de una infinita melancolía, se cruzan sobre el hueco de la escalera sin rozar el grupo ilusionado de los hijos».
Le rindo aquí el homenaje que se merece al hombre afable y honesto con quien mantuve correspondencia en los años setenta, a quien conocí personalmente la noche del 19 de marzo de 1984 —una noche para mí también inolvidable— en ese mismo Teatro Español de Madrid testigo de su primer clamoroso triunfo, y a quien visitamos en su casa de General Díaz Porlier en noviembre de 1996, y nos atendió con una cordialidad exquisita y generosa. Este homenaje es una deuda de gratitud que tengo con el que ha sido, sin duda, el más necesario y, sobre todo, el más luminoso de todos los dramaturgos españoles en la segunda mitad de un siglo de sombras.
No le faltaron detractores a Buero Vallejo en vida, ni siquiera después de la consagración que supuso el Premio Cervantes: algún ataque artero, innoble, he tenido ocasión de leer en páginas que se precian de ser ecuánimes, y de plumas que posan de izquierdas de toda la vida. Deles Dios mal galardón.
¿Qué se le reprochaba? Su «posibilismo». Como si decir tantas cosas (todas las cosas que quería y que a fin de cuentas sí que supo decirnos) fuese «posible» en la inferiocre España de Franco. Una España donde los paradigmas teatrales, hasta la aparición de Buero, pasaban por las coordenadas de José María Pemán, el primer ministro de Cultura (¿?) que tuvo el dictador, ese mismo Pemán que dejó escrito a propósito de la felonía franquista: «No hay negocio mejor que la Cruzada» (sic: en el Poema de la bestia y el ángel, de 1938). Y desde luego no lo dijo cínicamente, sino en el sentido jesuítico. San Ignacio le llevaba siglos de delantera a monseñor Escrivá de Balaguer.
Ahora y aquí debe ser medianamente claro que un corpus dramático como el de Antonio Buero Vallejo, en el que se catalogan los títulos Historia de una escalera, En la ardiente oscuridad, La tejedora de sueños, Madrugada, Hoy es fiesta, Las cartas boca abajo, Un soñador para un pueblo, Las Meninas, El concierto de San Ovidio y El sueño de la razón, es algo que bien puede parangonarse con la obra teatral de don Ramón María del Valle-Inclán y de Federico García Lorca. Por cierto que a ellos dos los logró reunir, de manera insuperable y bien documentada, en su discurso de recepción, de 1972, en la Real Academia Española. En esa ocasión, y al concluir, hizo ingresar en ella, como miembro de número de la misma, y con carácter póstumo, al creador de La casa de Bernarda Alba: todavía era tan sólo 1972, aún vivía el lorquicida.