Vigencia de R. Arlt
Por Luis Miguel Madrid

Retrato de Roberto Arlt.
Cuando el 27 de aquel mes de julio aparecieron las escasas reseñas que notificaban el fallecimiento de Roberto Arlt, se comenzaron a cumplir las predicciones hechas por él mismo sobre el escaso reconocimiento y la mala interpretación que se haría de sus textos. Ocurrió un domingo frío del 1942, cuando la vida se hartó de tanto descuido y contestó a Roberto Arlt con un puñetazo seco en el centro de su corazón.
Tuvieron que pasar los inviernos de una década para que se revocara el trato intrascendente con que la ignorancia o las modas le pagaron. Pero eso, Arlt también lo había anticipado: «El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo».
Desde el 26 de abril de 1900 las angustias de arrabal que produce la miseria le fueron dando argumentos y personajes que se parecían a todo el barrio y a otros muchos barrios hasta el punto de que los mismos lectores no tenían claro si lo eran o tal vez se habían convertido en personajes que les miraban cuando les miraban ellos.
Cuando el periodista Arlt trató de individualizarlos, aquellos seres comenzaron a parecerse a él mismo, por lo cual pudo hacer la guerra al mundo prácticamente sentado. A golpe de underwood, el novelista Arlt despreció, humilló y sufrió ante los vacíos que aquella realidad caótica iba dejando. Con los años fue añadiendo algunas teclas con las que aclaraba los dobles sentidos y las aparentes contradicciones. Colocó también la de la rabia, la del odio y la de la ausencia. Ensanchó el formato de sus textos con ironía y los dulcificó (un poco) con una tacita de poesía.
Cuando las teclas descansaban, Roberto Arlt empleaba su talento en invenciones que hoy en día podrían dar mucho dinero aunque entonces no terminaron de cuajar. Sin embargo aquel químico frustrado había encontrado la fórmula para cambiar el rumbo literario de Hispanoamérica. Con la publicación de El juguete rabioso en 1926, Los siete locos en 1929, Los Lanzallamas en 1931 y El amor brujo en 1932 abría una brecha que inauguraba la narrativa contemporánea.

Teatro Nacional. Corrientes al 900 (detalle). 1936.
Arlt se lanza a ciertos planteamientos metafísicos donde comparten protagonismo la conciencia, la amargura, la crítica y sobre todo, un conformismo lleno de matices: humillación, angustia, negación o desesperación, todos ellos envueltos por un curioso patetismo que parece girar sobre su propia rosca hasta convertirse en el eje que sustenta por encima de cualquier otra consideración toda su obra: se llama humor y es la clave que sus personajes marcan para salvarse de la tragedia del absurdo, accediendo a un mundo fabuloso y desconcertante.
Sin embargo es en sus artículos periodísticos, recopilados en Aguafuertes porteñas, Aguafuertes españolas y Nuevas aguafuertes donde su humor pierde las dudas y a través de una ironía cercana y directa consigue un éxito clamoroso que nunca le satisfizo porque nunca, quizás, lo vio acompañado de la comprensión que esperaba. En los últimos cincuenta años han surgido temas, formas y corrientes literarias con Arlt como protagonista implícito, se le ha reconocido la contundencia sutil, la valentía, la anticipación a movimientos y su genio se ha visto reflejado en páginas de Cortázar, Onetti, Viñas y otros cientos.
En los últimos cincuenta años sin Arlt el futuro ha dicho.