La obra
Por M.ª Ángeles Vázquez

Aguafuertes II. Buenos Aires: Losada
De su traslado de un año (1935-1936) a España y Marruecos, se recogen 23 aguafuertes de Roberto Arlt en una notable línea uniforme de narrador de viajes.
A pesar de ser literatura de encargo, se opera una transformación en su obra, debido sin duda a la experiencia personal vivida en estos países. Con las Aguafuertes españolas Roberto Arlt se despoja del diálogo interior para narrarnos la emoción de su encuentro con una civilización ancestral, haciendo aceptables las historias que nos narra. Tanto en Marruecos como en el Sur de España (Cádiz y Granada) Arlt se conmociona ante la figura del hombre esclavizado. Pasa a ser un observador complaciente de esa otra realidad desconocida para él.
Algunos de los temas que más sobrecogen a Arlt son el papel de la mujer en la sociedad, la explotación infantil (Noviazgo moro en Marruecos en el año 1935, El trabajo de los niños y la mujeres), o la oralidad en El narrador de cuentos, uno de los textos más acertados en el que a través de la transmisión oral y la dramatización del personaje, el arte se magnifica, la atmósfera que crea forma parte de ese embrujo que transformará la ideología literaria de Arlt, el arte de contar, endulzando la sensación amarga que no dejó en, por ejemplo El escritor fracasado.
El lenguaje que utiliza es irónico y distante: «El árabe, aunque esté cargado de piojos, es un dechado de cortesía», «Toda esta canalla, persistente, pegajosa, hediendo a manteca rancia, forma un círculo implacable, en torno a la mesa del turista», transmitiéndonos el engaño (la venta de carteras supuestamente autóctonas, marroquíes, fabricadas en Barcelona), lo atávico y misterioso (venta de anillos para el mal de ojo), para acabar contrastando Oriente y Occidente: «Es como si se encontrara en un sanatorio de bestialidad profunda que le curara de esa larga y terrible enfermedad que se llama civilización». El hombre civilizado ha destruido lo que de mágico se halla en nuestros ancestros y esa tristeza infinita la manifiesta Arlt en Salida de Tetuán: «¡Irse de Tetuán! (…) de la ciudad de la luna. De la ciudad de los mil colores, de las catacumbas celestes».
El escritor porteño es un inquieto contemplador, un cronista amable y comprometido, el tiempo adquiere otra expresión debido a la mixtura de elementos externos que le seducen, convirtiendo a la Edad Media es un referente permanente en sus crónicas. Aunque España es tratada con menos afecto que Marruecos: «Hay algo fundamentalmente repulsivo en este arte alfeñicado, afeminado, estilizado que ha llegado a su pináculo de decadencia y estilización en la Alhambra de Granada», conduce su mirada exhaustivamente por las costumbres (Semana Santa en Sevilla, en el que explica cada detalle de los preparativos), la cultura (literatura, arquitectura, música…) y la sicología en general del pueblo español, aunque a veces el tratamiento se quede en la superficie y nos muestre un retrato poco afortunado de sus personajes (se ocupa especialmente de los gitanos del Sacro Monte), a los que trata como seres simétricos. Nuestro cronista no inventa relatos, le son contados y vividos pero a veces —es obvio—, con una visión poco clara, exagerada y romántica.