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Roberto Arlt

La obra

El jorobadito

Por M.ª Ángeles Vázquez

El jorobadito. Buenos Aires: Anaconda, 1933

El jorobadito. Buenos Aires: Anaconda, 1933

En el conjunto de esta obra, nos hallamos con un escritor poco bondadoso, sin audacia ni esperanza, donde la tragedia del ser humano es un detonante formal para construir personajes con rasgos autobiográficos, a la vez que engañosos (ver A. Hayes, Roberto Arlt: la estrategia de su ficción, 1982), aunque Arlt nos acostumbra a narraciones en primera persona con claro afán de verosimilitud. En Escritor fracasado, casi un monólogo interior, el narrador ahonda en lo más profundo de su subconsciente, nos declara suspicazmente sus principios estéticos dentro del complejo mundo literario que le tocó vivir. «Para qué afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita? Y yo sé que tengo razón». Sus ataques no son sutiles, arremete directamente contra los críticos de estética parda, contra los escritores estériles, y en definitiva, muestra su desprecio por la posición oficialista literaria. Pero este desprecio no se limita únicamente al mundo del arte, sino que en su convulsión existencial, muestra la misma animosidad por cualquier vivencia institucionalizada, así nos indica su desprecio por el matrimonio en cuentos como Ester Primavera, El jorobadito, Noche terrible y Una tarde de domingo. Vemos así cómo se manifiesta el narrador de El jorobadito (uno de los cuentos más paradigmáticos de Arlt) cuando la señora X (su futura suegra) le indica la conveniencia de contraer matrimonio con su hija: «Cuando la señora X pronunciaba estas palabras, me miraba fijamente para descubrir si en un parpadeo se revelaba mi intención de no cumplir con el compromiso». En este excepcional relato Arlt despliega su imaginario y proyecta con auténtica magia narrativa su universo creativo, con un despliegue exagerado de sustantivación y adjetivación despectiva y humillante: «leprosas paredes», «insigne piojoso» o «asqueroso aburrimiento». Es el caso asimismo de Las fieras, donde la realidad se hiperboliza: «…mujeres con labios perforados de chancros sifilíticos…», el hombre se preocupa en ser cada vez más malévolo «por aburrimiento o angustia». La prostitución, la violación, la pedofilia, el asesinato, un submundo marginal que lleva al ser humano a sentir incapacidad de interrelación y a disfrutar con la iniquidad de un comportamiento brutal que a la vez subraya la debacle de un sistema vejatorio. La urbanidad es observada desde la realidad de un mugriento «boliche», de dentro hacia fuera: «…mientras tras el espesor de la vidriera que da a la calle pasan mujeres honradas del brazo de hombres honrados». Por eso tal vez nos condena con La luna roja, donde su castigo apocalíptico nos remite a La estatua de sal o La lluvia de fuego de Leopoldo Lugones, aunque el discurso de Arlt no se revista de símbolos modernistas.

Por último, en Pequeños propietarios es todo execrable, vulgar, maligno. La fisonomía de sus personajes, provoca que sean aún más aborrecibles, aunque peor es su envergadura moral —la venganza es el detonante—. Seres anémicos con trazos admisibles, reconocemos el resentimiento y la sordidez que reseca las entrañas del soñador de burgués esclavizado por poseer objetos. Son antihéroes, entendidos como sujetos con una configuración sociológica, moral y económica en términos de desvalorización.

El antihéroe arltiano, en definitiva, concentra la angustia y frustración de un hombre estigmatizado por la sociedad en crisis en la que vive.

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