Por Blas Matamoro

El juguete rabioso. Buenos Aires: Latina, 1926 (1ª ed.)
En la que es quizá la mejor novela escrita en la Argentina, El juguete rabioso (1926), Roberto Arlt nos propone una de las incontables definiciones que admite la obra de arte: ser un rabioso juguete. En efecto, el escritor juega con un artefacto, es decir que toma un instrumento y le quita sus funciones normales para convertirlo en otra cosa. Pero esta cosa no es algo inerte, sino que se subleva de modo enrabiado contra su autor y contra sus lectores. Les estalla en las manos, los obliga a ponerse activos, defenderse o complicarse con el curioso artefacto.
Para trabajar con tan riesgosa maquinaria, Arlt contaba con un dispositivo aparentemente escaso. No era un escritor de la tradición letrada, sobreescrita, culterana, que había cobrado identidad «profesional» a partir del modernismo. No contaba con la enciclopedia lingüística y literaria de un Lugones o un Larreta, con la ambición de polígrafos que animaba a Ricardo Rojas o a Manuel Gálvez. Tampoco sumaba las astucias de biblioteca de su contemporáneo Borges. Ni siquiera lo inquietaban las novedades técnicas y las densas justificaciones doctrinarias de las vanguardias, que proliferaban en los tiempos de su juventud.
Arlt cobró, por consiguiente, cierta fama de escritor intuitivo, silvestre, poco letrado. Intuitivo lo fue, como todo artista. Pero no silvestre ni iletrado. Se nutrió de las letras que pudo robar, como los chicos de su novela, que sustraen libros de una biblioteca pública y se encuentran con las lugonianas Montañas del oro. Y así propone un estatuto de escritor ladrón, que se apodera por la fuerza de su decisión personal de cuanta literatura tiene a su alcance, sin someterse a una disciplina escolar y aprenderse la cartilla o el canon —como ahora se prefiere decir— de la Necesaria y Gran Literatura.

Ilustración de Jaime Nieto
La literatura argentina no estaba destinada a ser grandiosa ni debía cumplir con semejantes deberes. Era la literatura de un país esquinado, reciente, un invitado tardío y pobretón a la fiesta del discurso occidental. Libre, por lo mismo, de forjarse sus propias tradiciones y de nutrirse con lo que tenía al alcance de la mano: novelistas rusos mejor o peor traducidos, folletines franceses y españoles, una lengua mestizada por la inmigración, de confusa y poliglósica matriz hogareña, como para contestar en eco, desde el extremo austral del mundo, a las solicitaciones de las ilustres y antiguas academias. A ello se sumaba la cercanía de un arte recién inventado, el cine, con lo cual gozaba de un privilegio que los siglos anteriores no disfrutaron: ver nacer un novedoso lenguaje, entreverado de memorias literarias y teatrales, pero que no tenía ni páginas en blanco para rellenar ni voces para recitar poemas o cuentos. No olvidemos que el cine nació y creció mudo, gesticulante, fantasmal, silencioso, hasta que en 1929 se le añadieron la voz y la música.
A ello cabe agregar que Arlt murió joven. Nació con el siglo y duró hasta 1942. Tuvo tiempo bastante de escribir cuatro novelas, algunos relatos, incontables crónicas y un puñado de obras teatrales. En vida sumó lectores pero no la estima de los doctos. Pasaron décadas antes de que se lo leyera con seriedad y dieran cuenta de sus textos los especialistas. Hoy es un monumento internacional, pero él no lo pudo saber, ni siquiera le inquietó que le pudieran ocurrir semejantes accidentes.
El rabioso juguete sigue funcionando, estallando en rabietas e interesando a gentes que están lejos de los lugares y los instantes que rodearon su aparición. Sus aventureros, sus delirantes, sus locos, sus mujercitas, sus mujerzuelas, sus maniáticos, sus revolucionarios, sus déspotas, sus ladronzuelos, sus rufianes, pertenecen para siempre al cambalache del siglo xx que, según adjetiva el tango, fue problemático y febril. Nos vuelven capaces de horrorizarnos de sus desvaríos hasta la compasión porque son los nuestros. No lo sabíamos hasta que Roberto Arlt fue capaz de mostrárnoslos.