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Vicente Aleixandre

Un libro en la mochila

Por Ricardo Menéndez Salmón

«A menudo he querido rastrear en la poesía de Aleixandre la huella del Romanticismo en lo que éste posee de expresión vigorizante y asertiva»

En las postrimerías de mi adolescencia (digan lo que digan los enemigos del orden, la costumbre de fechar las lecturas tiene sin duda muchas más ventajas que inconvenientes: terminé de leer La destrucción o el amor el día 13 de febrero del año 1989, a punto de cumplir los dieciocho años), en un momento en el que comenzaba a imponerse mi interés por el panteísmo como visión consoladora, aunque sin duda al tiempo un tanto naïve, de la realidad, descubrí un poema de Vicente Aleixandre titulado «Plenitud», cuyos últimos versos dicen así:

Si repasamos suavemente la memoria,
si desechando vanos ruidos o inclemencias o estrépito,
o nauseabundo pájaro de barro contagiable,
nos echamos sobre el silencio como palos adormecidos,
como ramas en un descanso olvidadas del verde,
notaremos que el vacío no es tal, sino él, sino nosotros,
sino lo entero o todo, lo único.
Todo todo, amor mío, es verdad, es ya ello.
Todo es sangre o amor o latido o existencia,
todo soy yo que siento cómo el mundo se calla
y cómo así me duelen el sollozo o la tierra.

Familiarizado con una visión romántica del panteísmo, debida a la lectura que de Baruch Spinoza habían hecho Friedrich Heinrich Jacobi por un lado y Jorge Luis Borges por otro, de pronto encontraba en Vicente Aleixandre, poeta a quien un profesor de Literatura aún convencido de la importancia de su vocación docente me había impulsado a leer, una plasmación poderosa de cierto anhelo de esa completud que el título de su poema sugería y que —sospecho— mi edad demandaba.

A menudo he querido rastrear en la poesía de Aleixandre la huella del Romanticismo en lo que éste posee de expresión vigorizante y asertiva, no en tanto que fuerza debilitadora de la voluntad y encubridora de una concepción enfermiza del hombre como sujeto desvalido dentro de la naturaleza, sino como impulso afirmativo de la plétora de lo vivo y del placer y dicha de saberse parte integrante de un cosmos ajeno a nuestros anhelos, cierto, pero al tiempo reductible, a través de la doble experiencia amorosa y estética, a una cifra habitable.

Por eso La destrucción o el amor ha sido siempre mi libro favorito entre todos los escritos por el premio nobel. Pues además su gestación conserva para mí el halo mágico y un tanto augural de las convalecencias, esas que en los relatos de escritores tan dispares como Roberto Arlt, Thomas Mann o Gesualdo Bufalino impulsan al hombre a redefinir los parámetros de su existencia al obligarle a hacer recuento de lo vivido para asomarse sin miedo al abismo del porvenir. Así, si de una mala postura de la cadera de Proust pudieron nacer no sólo sus poluciones nocturnas sino algunas de las páginas más memorables de la literatura universal, del riñón extirpado en 1932 al todavía joven poeta sevillano, hacía años diagnosticado de un mal severo (la por entonces temible tuberculosis renal), nació este libro exultante y gozosamente elegiaco, escrito en su retiro de Miraflores de la Sierra y que tantos jóvenes poetas confesaron llevar en sus mochilas al estallar la guerra fratricida del 36.

Quizá alguno de ellos, también, entre el humo de los morteros, la sangre espesa y la eterna rueda de la fatalidad, leyó «Plenitud» en la sabia constelación de su paso a la edad adulta, hallando en él, como yo medio siglo más tarde, abrigo, regocijo y verdad.

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