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Vicente Aleixandre

Aleixandre: escribir en la cama

Por Javier Goñi

«Quiso saber el cámara nórdico si podían grabar en su rincón, donde escribía y entonces Aleixandre rió suelto, relajado: me temo que no va a poder ser, usted me disculpará, pero es que yo escribo siempre en la cama»

Si se decía que el Desastre del 98 les cogió a los españoles —o a los madrileños: como lo de Larra de escribir en Madrid es llorar, aunque siempre se diga en España— en los toros, a mí, joven (entonces) periodista en Informaciones, un periódico que fue, el Nobel de Aleixandre, una mañana de octubre de 1977, me cogió en el cine. Cuando me enviaron —con bronca del redactor-jefe incluida— a la calle Velintonia 3 y 5, al chalé de la Poesía, por donde es leyenda que habían pasado todas las generaciones poéticas de posguerra hasta entonces —incluso poetas sin talento y sin obra, que la generosidad de Aleixandre fue proverbial—, el recinto estaba cerrado a cal y canto. El Poeta Laureado se había retirado a descansar, tras cumplir con la prensa española. Apoyado desconsolado en la verja de entrada me preguntaba qué podía hacer cuando vi aparcar un coche con gente vikinga, rubia como la cerveza, y una cámara al hombro: alguna televisión sueca, me dije, y haciéndome el sueco me colé en la vivienda del Poeta Laureado con ellos. El Poeta se acababa de levantar, les iba a atender, se le informó al equipo vikingo. Y apareció el Poeta todo él amabilidad y cordial sonrisa. Les habló, impetuoso y feliz, de su amistad con Lorca, subrayando aspectos folclóricos justificables acaso para una televisión vikinga. Y en eso estaba cuando reparó en mí que estaba callado tomando notas, y quiso saber si yo formaba parte de la tropa rubia. Era evidente que no y así lo reconocí. Torció el gesto el Poeta y zanjó la cuestión, amable y cordial siempre: esto a usted ya le resulta sabido, no es de su interés. Quiso saber el cámara nórdico si podían grabar en su rincón, donde escribía y entonces Aleixandre rió suelto, relajado: me temo que no va a poder ser, usted me disculpará, pero es que yo escribo siempre en la cama. Y a la tarde siguiente así tituló el viejo Informaciones: «El nobel Aleixandre escribe en la cama», o algo así: el papel de periódico se convierte pronto en polvo, enamorado, eso sí, pero polvo al fin y al cabo. Cinco años después, de nuevo —era otro periódico, aunque también se llamaba Informaciones, cosas— volví a Velintonia, en la comitiva de periodistas que acompañaba, diciembre de 1982, a Javier Solana, primer ministro socialista de Cultura que quiso que su primer acto, tras su toma de posesión, fuera visitar al premio nobel. Y allí nos recibió otra vez el viejo y entrañable Poeta, todo risas, todo amabilidad. Me fui rezagando para poderme quedar a solas un instante con él: en mi diario estábamos preparando —diciembre del 27, diciembre del 82— unas páginas especiales sobre el célebre acto del Ateneo de Sevilla que es la foto de familia de aquella generación de la (mitificada) amistad, los del 27, y mi redactor-jefe —otro— me exigió de Aleixandre unas palabras a vuelapluma, y se las hice y su carcajada, risueña, juvenil, cálida, me golpeó como un cráneo bajado por una escalera contra su voluntad: difícilmente, me explicó el Poeta, podía evocar aquella foto, dado que no pudo viajar a Sevilla a aquel acto, estaba en cama, me recordó, enfermo. ¡¡¡Glup!!! Esta profesión periodística, ya se sabe. Las prisas.

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