Por Nuria Barrios
«En 1933, su libro La destrucción o el amor le había valido el Premio Nacional de Literatura. Obras como ésta y Sombra del paraíso, escrita en los años cuarenta, inauguraron una nueva forma de entender la poesía»
Hay artistas que deciden recluirse en casa, recibir en un sofá o pasar en la cama gran parte de sus días. Suelen tener la salud muy deteriorada y convierten su dormitorio y, por extensión, su hogar en una versión reducida del mundo. Existen escritores bien conocidos asociados a sus lechos. Por ejemplo, el uruguayo Juan Carlos Onetti en su piso de Madrid, o el norteamericano Paul Bowles en su apartamento de Tánger. Vicente Aleixandre, elegante y enfermizo, optó por recibir en un sofá a los numerosos poetas y admiradores que acudieron durante décadas a visitarlo. Igual que los anteriores, siempre mantuvo abierta su casa madrileña, en el número 3 de la calle Velintonia. Hay imágenes de Aleixandre paseando junto al cedro que él mismo plantó en 1927, cuando su familia se mudó al que sería a partir de entonces su hogar. Tenía entonces 29 años y en el tiempo que transcurrió hasta su muerte, a los 86, sólo abandonaría Velintonia durante los bombardeos más intensos de la guerra. Por su jardín pasaron poetas conocidos y desconocidos, ministros y también los reyes, Juan Carlos y Sofía, cuando a Aleixandre le concedieron en 1977 el Premio Nobel. Antes de esto, la casa de Velintonia había aparecido ya en los versos de otro nobel: Pablo Neruda.
La quebrantada salud de Vicente Aleixandre decidió su destino desde muy temprano. Según contaba, el origen de su pasión por la poesía fue la antología de Rubén Darío que un jovencísimo Dámaso Alonso le pasó un verano, en el pueblo de Navas del Marqués (Ávila) donde ambos pasaban las vacaciones. En aquellos meses leyó a Darío, también a Antonio Machado y a Juan Ramón Jiménez. Pero fue una nefritis tuberculosa, que terminaría con la extirpación de uno de sus riñones, la que convirtió esa pasión en una dedicación absoluta. Aleixandre abandonó su carrera incipiente como profesor de Derecho mercantil para volcarse en la poesía. Amigo de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, pronto pasó a formar parte de la mítica generación del 27. Con Luis Cernuda acudió a la puerta del Sol para celebrar la proclamación de la República en 1931. García Lorca visitó la casa de Velintonia para leer los Sonetos del Amor Oscuro antes de partir para Granada, donde sería asesinado. La familia Aleixandre tuvo que abandonar su hogar durante la Guerra Civil, pues la casa se encontraba en primera línea de batalla. Miguel Hernández, con quien mantenía una buena amistad, consiguió una autorización para que el poeta regresara a su casa, que había sido bombardeada, y recogiera los escasos libros de su biblioteca que se habían librado de la destrucción.
Al finalizar la guerra, Aleixandre no se exilió. Amparándose en su mala salud, se recluyó en la casa de Velintonia, que él y su hermana reconstruyeron, y allí creó un mundo propio, aislado de la realidad que le circundaba. Lorca y Hernández habían muerto, gran parte de los poetas de la generación del 27 se vieron forzados a huir y también partió el que durante años fuese su amante, Andrés Acero, que se instaló en México. Aun así, Aleixandre decidió quedarse. Alberti y Cernuda no dudaron en criticarle. Él se refugió en su enfermedad para no salir de casa y siguió escribiendo y recibiendo, con generosidad, a todos aquellos que acudían en su busca. Antes de la guerra, en 1933, su libro La destrucción o el amor le había valido el Premio Nacional de Literatura. Obras como ésta y Sombra del paraíso, escrita en los años cuarenta, inauguraron una nueva forma de entender la poesía. Le seguirían muchos otros, libros interesantísimos como Poemas de la consumación o Diálogos de conocimiento, que le confirmaron como un grandísimo poeta. Aunque menos conocida, Aleixandre también tiene una obra en prosa, tan interesante como breve y un rico epistolario.
Al reconocimiento externo —académico desde 1950, Premio de la Crítica en 1963…—, Aleixandre unía el reconocimiento personal que le profesaron los poetas de la posguerra. Atraídos por su figura, frecuentaron su casa Jaime Gil de Biedma, Paco Brines, Carlos Bousoño, José Luis Cano, Pepe Hierro, el grupo Cántico, los Novísimos o venecianos… Uno de estos últimos, Luis Antonio de Villena, ha contado cómo transcurrían los encuentros: «Para la gente de mi grupo —los venecianos, la generación del 70— fue un maestro y un compañero de viaje. Lograba dar aliento y estímulo a todos y se renovaba a sí mismo. Cuando la amistad ya florecía, Vicente recibía también de 5 a 7, horas en que estaba reposando (por prescripción facultativa) en un viejo tresillo de brazo abatible, cubierto por una manta de viaje, en solemne estatismo».
Aleixandre escuchó así poemas y confidencias desde el final de la Guerra Civil hasta casi su muerte. Sin apenas salir de su casa, en Velintonia, se convirtió en un hombre clave en la evolución de la poesía española desde mediados de los 40. «Siempre digo, como un recuerdo querido, que a esta casa vine siendo un poeta inédito. Después, en ella, he ido haciendo las cosas de mi vida a través de los sucesivos años. Esta casa tiene un pequeño jardincito, donde yo por las mañanas, con un pequeño capote que tengo para esto, paseo por el jardín y leo un largo rato. Entonces aprovecho y cuido un cedro, no digamos pequeño, porque es muy grande hoy día. […] Lo tenemos que podar constantemente porque, si no, se come y derriba la casa». Hay una foto de Aleixandre, tumbado en una chaise longue de rayas en el jardín de Velintonia. Apoya la cabeza sobre un almohadón, viste un pantalón de pinzas bien planchado y una camisa blanca, arremangada con cuidado. Descansa a la sombra del cedro que él mismo plantara, atractivo y sereno como una estatua.
Cansado y casi sin vista, no fue a la ceremonia de entrega de los Premios Nobel. Tenía 79 años y las recaídas en su salud fueron constantes desde entonces. En 1984, murió en la clínica de Santa Elena, muy cerca de su casa de Velintonia.