Delmira Agustini nace el 24 de octubre en Montevideo. Hija de Santiago Agustini, de nacionalidad uruguaya, y María Murtfeldt, originaria de Argentina. Desde ese momento sus padres se desviven por ella y la llaman «la Nena», sobrenombre que continuarán usando siempre para referirse a su hija.
Delmira Agustini a los cuatro años.
A los cinco años ya sabía leer y escribir correctamente, a los diez componía versos y ejecutaba en el piano difíciles partituras. Sus cualidades artísticas fueron valoradas y apreciadas por sus padres, a quienes se les ha atribuido repetidamente una excesiva protección. Como era usual en la época entre las clases altas, sus padres se encargaron de su educación: clases privadas de francés, piano, pintura, dibujo. El contacto con otros niños de su edad fue escaso, algo que alimentó su gusto por la soledad y la introspección. Desde su infancia, mantiene una relación de amistad muy estrecha con André de Badet, compañero en sus clases de pintura.
A la edad de dieciséis años, empieza a publicar sus primeros poemas en la revista La Alborada. También lo hace en otras revistas literarias, como Apolo y Rojo y Blanco. Es en estos poemas donde se identifica su estilo modernista más extremo, muy cercano al de Rubén Darío en Azul o Prosas profanas; allí están presentes el exotismo, el cosmopolitismo, el preciosismo y un afán por la rima musical. Asimismo, estos primeros poemas todavía están acentuados por una temática convencional donde sobresale un fuerte idealismo; precisamente porque es una joven adolescente, prefiere escribir sobre ilusiones y sueños. En 1903, La Alborada la invita a colaborar en una sección que ella titula «La legión etérea» y que firma con el pseudónimo de Joujou. En esta sección, escribe retratos de mujeres de sociedad que sobresalen ya sea en lo cultural o lo social. Durante sus años de adolescencia, Delmira prefiere la cómoda soledad de su habitación a las reuniones sociales. Su mayor interés sigue siendo la poesía, y su tiempo libre lo dedica a pasear con sus padres, quienes la suelen acompañar a dar largas caminatas por el parque.
Publica su primer poemario, El libro blanco (Frágil), con prólogo de Manuel Medina de Betancourt. A partir de entonces empieza a establecer amistad con algunas de las figuras intelectuales más sobresalientes de la época, casi todas mayores que ella: el ya mencionado, Manuel Medina Betancourt, Alberto Zum Felde, Roberto de las Carreras, Juan Zorrilla de San Martín, Carlos Vaz Ferreira, Julio Herrera y Reissig, Samuel Blixen (editor del semanario cultural Rojo y Blanco), entre otros. La correspondencia que establece con algunos de ellos se caracteriza por la hiperbólica admiración --propia de la retórica modernista- con que es elogiada tanto su poesía como su persona.
Delmira Agustini en 1907.
Comienza un noviazgo con Enrique Job Reyes a escondidas -ya que la madre no aprueba esta relación-, uno que al principio se limita al contacto epistolar y que llegará a durar cinco años. Reyes provenía de una familia acomodada de la provincia de La Florida y estaba involucrado en el negocio de la compra y venta de caballos. Nunca apreció el talento poético de Delmira y más bien lo consideraba algo molesto.
Publica Cantos de la mañana, prologado por el escritor uruguayo Manuel Pérez y Curis. Para entonces es una poeta célebre y su prestigio es sobresaliente, tanto que en su casa es visitada por varios escritores atraídos por su talento. Asimismo, recibe una elogiosa carta del reconocido intelectual argentino, Manuel Ugarte; es el primer contacto de Delmira con quien, un par de años después, establecerá una ardiente correspondencia.
Conoce a Rubén Darío durante una de sus visitas a Montevideo e inician una amistad cordial que se expresa en un intercambio de cartas. En esta visita a la capital uruguaya, a Darío lo acompaña su amigo Manuel Ugarte; es entonces cuando Delmira y el argentino, once años mayor que ella, se conocen personalmente. Las visitas de éste a la poeta se hacen más frecuentes con el tiempo.
En febrero publica su tercer libro de poemas, Los cálices vacíos. El libro abre con un «Pórtico» de Rubén Darío alabando su poesía: De todas cuantas mujeres hoy escriben verso ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira Agustini, por su alma sin velos y su corazón de flor.
. Este poemario, más abiertamente erótico que los anteriores, levanta murmuraciones entre los miembros de la sociedad burguesa montevideana. Seis meses después, el 14 de agosto, Delmira y Reyes finalmente se casan. Sin embargo, para entonces, la poeta ya siente una fuerte pasión amorosa por Manuel Ugarte, quien es testigo de la boda. Si a lo anterior se le agrega el hecho de que Reyes no comprendía su vocación literaria, no es de extrañar que, un mes y medio después del casamiento, Delmira lo abandonara y se refugiara en la casa de sus padres. El 13 de noviembre interpone una demanda de divorcio alegando hechos graves que imposibilitan cualquier reconciliación con su marido. También se refiere a amenazas sufridas posteriormente a la separación. Casi al mismo tiempo, empieza a cartearse intensamente con Ugarte.
Retrato de Delmira Agustini.
Estando el divorcio en pleno trámite, Delmira visita clandestinamente a su todavía marido en las habitaciones que este alquila en un edificio de la calle Andes, 1206. El divorcio se falla el 22 de junio. Ella vuelve a visitarlo el 6 de julio, fecha en que Reyes le dispara dos tiros a la cabeza, y a continuación se suicida. De acuerdo a cartas escritas a un amigo y a su madre, Reyes llevaba meses contemplando el suicidio. Cualquiera que sea la interpretación de la tragedia, lo cierto es que Reyes amaba de forma enfermiza a Delmira y, quizás celoso de un posible rival, la asesinó dominado por un sentimiento de inferioridad.