Por Samuel Serrano
Cuando Carlos Vaz Ferreira, un distinguido crítico uruguayo de su tiempo, leyó El libro blanco de Delmira Agustini -publicado en Montevideo en 1907 a la edad de 21 años- dirigió a la joven poeta una carta en la que le decía cómo ha llegado usted, sea a saber, sea a sentir, lo que ha puesto en ciertas páginas, es algo completamente inexplicable
. El buen señor no había advertido que la poesía no brota necesariamente de la experiencia, sino también del sueño y del deseo, y que su origen, de acuerdo con Rimbaud, se encuentra en la fusión del ver y del creer. Pero si los críticos más avisados de su tiempo no estaban capacitados para entender que lo que la poesía narra muchas veces no lo vemos con nuestros ojos, sino con nuestro espíritu, imaginemos el impacto que los versos apasionados y sensuales de esta joven rubia y delgada, casi etérea, que había nacido en 1887 en el seno de una familia de la alta burguesía del país, causarían en la sociedad uruguaya de principios del siglo XX que se preguntaba asombrada cómo aquella niña podía crear esos poemas ardientes cargados de erotismo, donde el amor se transfiguraba en rito y el lenguaje en ritmo y metáfora para dejarnos ver el alma de una mujer sensual que, en el contexto de una sociedad patriarcal, como la latinoamericana, se atrevía a escribir sobre temas tabúes como el deseo, el cuerpo y el placer.
Y era mi mirada una culebra
apuntada entre zarzas de pestañas,
al cisne reverente de tu cuerpo.
Y era mi deseo una culebra
glisando entre los riscos de la sombra
a la estatua de lirios de tu cuerpo.Tú te inclinabas más y más... y tanto,
y tanto te inclinaste,
que mis flores eróticas son dobles,
y mi estrella es más grande desde entonces.
Ilustración publicada en Fray Mocho, noviembre de 1912, año 1, núm. 27, Buenos Aires.
El contraste entre un amor delicado y un intenso erotismo con sus sensuales descripciones de cisnes y lagos, flores de loto y jardines perfumados en las que brillan el mármol, el marfil y las perlas frecuentemente unidas a las evocaciones paganas, exóticas o parisienses que caracterizan al modernismo, se halla presente en los primeros poemas de Agustini, pero en sus libros posteriores -Cantos de la mañana (1910) y Los cálices vacíos (1913)- su verso se va librando de los lastres de esa retórica heredada para cantar al amor de una manera más auténtica, con toda su ardiente feminidad desplegada.
Eros, yo quiero guiarte, Padre ciego...
pido a tus manos todopoderosas
¡su cuerpo excelso derramado en fuego
sobre mi cuerpo desmayado en rosas!La eléctrica corola que hoy despliego
brinda el nectario de un jardín de Esposas;
para sus buitres en mi carne entrego
todo un enjambre de palomas rosas.
La poeta asume el papel de guía en el mito clásico de Eros y Psique, que narra la manera como el alma individual se eleva progresivamente por medio del amor de la condición mortal a la divina, para transformar el discurso modernista masculino y mostrar, por medio de imágenes atrevidas y poco convencionales para su tiempo -corolas que se abren, cuerpos delicados que se entregan a la voracidad de los buitres-, cómo el anhelado conocimiento puede ser alcanzado por medio de la carne, uniendo los cuerpos en el rito del amor. En estos versos, cargados de sensualidad, la voz lírica se disfraza de sacerdotisa y le canta al amor como única fuente de vida y poesía. El Amor desplaza a la Belleza de su pedestal y se convierte en su antorcha.
Agustini usa el lenguaje erótico del misticismo que concibe la entrega, el sacrificio y la adoración como valores absolutos, pero no puede decirse que su poesía, que mezcla lo sagrado y lo profano, lo espiritual y lo material, lo celestial y lo terrenal en un mismo plano, sea la de una mística, sino la de una poeta que utiliza la retórica de la poesía mística para legitimar su canto.
Y exprimí más, traidora, dulcemente
tu corazón herido mortalmente;
por la cruel daga rara y exquisita
de un mal sin nombre, ¡Hasta sangrarlo en llanto!
y las mil bocas de mi sed maldita
tendí a esa fuente abierta en tu quebranto.¿Por qué fui tu vampiro de amargura?
¿Soy flor o estirpe de una especie oscura
que come llagas y que bebe el llanto?
Cubierta original del libro Los cálices vacíos de Delmira Agustini.
Pero si Eros tiende a unir, Thanatos tiende a deshacer y pronto en la poética de Agustini los principios de la realidad y el placer van a verse enfrentados como enemigos irreconciliables; casada con un hombre al que deja de amar y del que, sin embargo, es incapaz de separarse del todo, su existencia adquiere un carácter malsano y la idea del amor como fuente de vida y placer, que brillaba en sus versos se va contaminando con la idea de destrucción, caída y muerte. La alegría y el gozo físico son reemplazados en sus versos por el dolor y la amargura, y la imagen erotizada de la flor que se abre y se entrega se va tornando poco a poco en la de una especie oscura, una hechicera o vampiresa que se ve obligada a esgrimir sus garras con tal de mantener su independencia y libertad, imágenes que reflejan los polos opuestos en que se debate su alma llena de contradicciones que la hacen vivir en una constante lucha interior.
Pronto sobreviene el fin, que en el caso de Delmira adquiere los tintes de una tragedia griega. La poeta es asesinada en un hotel de Montevideo por su esposo cuando tan solo tenía 27 años, en extrañas circunstancias que han dado pie a todo tipo de conjeturas y leyendas. Sin embargo, poco añaden al carácter esencial de su obra que, al igual que la de Alfonsina Storni, Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou, se opuso a los códigos tradicionales de su época y ayudó a crear una identidad femenina más libre, original y auténtica.