Al igual que en sus estancias en España y Francia, Alfonso Reyes vivió durante dos temporadas distintas en Argentina y Brasil.
Después de una breve temporada en México, durante la que fue elegido Miembro Honorario del Ateneo de Ciencias y Artes, a mediados de 1927 Alfonso Reyes llegó a Buenos Aires como el primer embajador de su país en Argentina. A Reyes correspondería entonces no sólo la «creación de la Embajada», sino también maniobras absolutamente cotidianas: la restauración de la casa y hasta la compra de muebles y vajillas para la misma.
Durante dos años Reyes procuró mejorar las relaciones comerciales, políticas y culturales entre ambos países. De hecho, sus actividades serían muy similares a las desarrolladas en España. Aunque la actividad social fue igual de intensa que la llevada a cabo en la Península o en Francia, el tono que adoptaría en Argentina tuvo claros matices. El listado de asociaciones y clubes a los que Reyes perteneció es una muestra palpable de lo anterior. Algunos de estos fueron el Jockey Club, el Club de Gimnasia y Esgrima, el Club Argentino de Tennis, el Club Belgrano, Amigos del Arte o el Club Argentino de Ajedrez. Quedaban lejos los años de exilio político.
Al poco tiempo de su arribo a Buenos Aires, Reyes inició amistad y contacto profesional con diversos grupos de intelectuales, principalmente con los cercanos a la revista Sur. Victoria Ocampo —«mujer superior»—, Jorge Luis Borges, José Bianco y Adolfo Bioy Casares serían a partir de entonces, y prácticamente hasta el final de su vida, puntos neurálgicos de contacto con Argentina y con la alta cultura europea. Y no habría que olvidar su proximidad de entonces con la poeta uruguaya Juana de Ibarbourou, quien, por su talento y vida injustamente atormentada, merecería de Reyes la siguiente línea: «usted es un mar que se ahoga en un vaso de agua». En 1928 fue su reencuentro en Buenos Aires con José Ortega y Gasset.
A pesar de las complejas y ricas vinculaciones intelectuales y artísticas que establecería, las dos estancias argentinas de Reyes no siempre fueron lo tersas que uno hubiera podido suponer.
En cuanto a su obra personal, en esos primeros tiempos de vida bonaerense el mexicano produjo trabajos de muy diversa índole. Un estudio sobre Ruiz de Alarcón para Literatura española de Menéndez Pidal y colaboraciones para revistas argentinas, mexicanas, peruanas, cubanas y brasileñas. También supervisó las versiones francesas de Visión de Anáhuac y El plano oblicuo e impartió conferencias y lecturas literarias de libros propios como El testimonio de Juan Peña. A esos meses correspondió la publicación de su libro Cuestiones gongorinas y la planeación de su correo literario que, impreso ya en Río de Janeiro, llevaría de cabecera el nombre de su ciudad natal, Monterrey. Fue asimismo coeditor de la colección Cuadernos del Plata y comenzó la escritura de «Landrú», basado en el caso del famoso asesino en serie francés que también interesaría a Chaplin. Años después el dramaturgo Juan José Gurrola y el músico Rafael Elizondo convertirían esta obra en una irreverente opereta, con alguna delicada resonancia de las piezas para voz y piano del mexicano Manuel M. Ponce y la citas directas de Jethro Tull y la música de jazz.
Tras el paréntesis de los años de su misión diplomática en Brasil, 1930-1935, país en el que repetiría funciones en 1938, Reyes volvió a la Embajada de México en Argentina en 1936. La misión encomendada entonces fue preparar la participación mexicana en la Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz, promovida por el presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt y que se llevaría a cabo en diciembre de ese año en la capital argentina.
En Buenos Aires recibió las noticias del levantamiento militar contra la II República española. Seriamente afectado, escribiría entonces, entre otros poemas, su «Cantata en la tumba de Federico García Lorca». Alfonso Reyes pudo testificar, como representante del gobierno cardenista, la división de opiniones que el conflicto español provocó en Argentina. Si por un lado diversas organizaciones políticas y sociales coincidían con la postura del presidente mexicano en cuanto a la necesidad de apoyar a la causa republicana, por el otro el gobierno argentino prácticamente dio su aval a la insurrección franquista.
Reinstalado ya en la embajada de Río de Janeiro —o, a su gusto, Riojaneiro—, Alfonso Reyes escribió las siguientes líneas que transparentaban su sentir frente al hecho:
España no ha sido del todo acompañada en sus luchas por las repúblicas hermanas de América. ¿La causa? La misma: el pavor de la revolución social. Que sea, al menos, acompañada ensu duelo por la reverencia para sus héroes y sus víctimas. «Es que hay vencedores», oigo decir. ¡Ay! Que entren en sus corazones los vencedores, en la intimidad insobornable de su conciencia, y digan ante el mundo si ésta es la victoria que apetecían. Frente a sus ojos, en la devastación de aquel vergel que era España, se extienden las llanuras «encanecidasde huesos», como la llorosa palabra de Quevedo; y se oyen venir, a la espalda, las botas implacables. ¡Oh, vencedores de siniestros agüeros, devolvednos España!
Durante la segunda estancia argentina Reyes publicó algunos libros importantes que correspondían, según su costumbre, a distintas etapas de creación; algunas muy anteriores. Entre ellos, Las vísperas de España, Tránsito de Amado Nervo e Idea política de Goethe —autor que, por cierto, motivaría años después una jugosa polémica con María Zambrano—. También a estos tiempos correspondió la publicación del último número de Monterrey, su correo literario.
Tras una breve estadía en México el escritor reasumió el cargo de embajador en Brasil. Esta segunda, breve aunque importante misión diplomática del gobierno de Lázaro Cárdenas, Reyes la pasaría sin su familia. Cabría destacar que a pesar de los pobres resultados, los oficios diplomáticos mostrados por el neoleonés en Brasil, centrados sobre todo en la recuperación del mercado brasileño para la venta del petróleo de la recién expropiada industria, contribuyeron a que Cárdenas le ofreciera la presidencia de la novísima Casa de España en México, concebida para dar cabida a buena parte del exilio intelectual, científico y artístico español. No pocos miembros del transtierro republicano eran ya conocidos y apreciados por Reyes, tanto a nivel de amistad como de reconocimiento profesional, hecho que terminaba de redondear el nombramiento.
En cuanto al aspecto literario, los pocos y últimos meses vividos en Río dejarían una honda huella en la ensayística y en la narrativa breve de Reyes, sobre todo en la cuentística de corte erótico.
A pesar de la enorme carga laboral y de iniciales problemas de identificación, los dos ciclos brasileños dieron a Reyes la oportunidad de gozar de la naturaleza desbordada y de adentrarse a fondo en los ámbitos político y cultural del país. Mientras las visitas al Palacio de Itamaraty se hacían lógicamente frecuentes, los reconocimientos por parte del mundo literario y los contactos establecidos con artistas e intelectuales se convirtieron en una actividad del día a día. A Reyes se le concedió en este país la Gran Cruz del Crucero del Sur y se le invitó a ingresar a la Academia Brasileña de Letras. Pero además el mexicano mantuvo allí una sincera amistad con los pintores Cándido Portinari, Emiliano Di Cavalcanti y Cícero Dias —a través de quien Reyes conocería a Paul Morand—. Entre los escritores, el mexicano se vinculó con Aníbal Machado, Murilo Mendes, Ribeiro Couto, Alceu Amoroso Lima y Manuel Bandeira.
Un hecho por mucho tiempo recordado sería el obsequio que, a través de Alfonso Reyes, el gobierno mexicano hizo al Jardín Botánico de Río de una copia del dios mexica de las artes, Xochipilli. Esta acción continuaba con la política vasconcelista que, en 1922, en conmemoración del Centenario del Brasil, había llevado una reproducción del Cuauhtémoc del Paseo de la Reforma mexicano para decorar la Playa Flamenco. Como sucedería en el caso de las figuras animadas en El escarabajo, la novela de Mujica Lainez, con la llegada de Xochipilli, aseguraba Reyes en tono poético, «el Emperador ha encontrado al fin un compañero con quién comentar largamente los sabores de la hospitalidad brasileña».
En algún momento, y después de soltar una retahíla de curiosas anécdotas vividas en este lugar, Reyes sintetizaría así su trato con el país sudamericano: «Amo al Brasil con firme afecto, más allá, mucho más allá de "las relaciones que dichosamente unen a nuestros dos Estados"».