El primer contacto físico que Alfonso Reyes tuvo con Europa estuvo en cierta forma determinado por la fatalidad. En febrero de 1913, al poco tiempo de ser electo presidente de México Francisco I. Madero, moría su padre, el general Bernardo Reyes, durante un intento golpista por éste presidido aunque en el fondo no comandado. Se iniciaba entonces una de las etapas más sangrientas de la Revolución mexicana, que llevó al dictador Victoriano Huerta al poder y, más adelante, a otras facciones militares.
Bajo las circunstancias comprometedoras en que quedaba la familia del general, mientras su hermano Rodolfo aceptaba presidir el Ministerio de Justicia del nuevo régimen, Alfonso Reyes se apresuró a obtener el título de abogado para salir rumbo a Francia con el nombramiento de segundo secretario de la Legación mexicana. Con la aceptación del ofrecimiento de Huerta —que originalmente había sido el de la secretaría particular—, más que validar al régimen golpista, Reyes aceptaba un velado autoexilio que recordaría el de su propio padre durante el gobierno de Porfirio Díaz.
En París entró en contacto con el hispanista Raymond Foulché-Delbosc, quien conocía ya los trabajos recogidos por el regiomontano en su primer libro de ensayos, Cuestiones estéticas. Y justo por la alta valoración que había dado éste a los trabajos del joven mexicano es que, estando ya Reyes en España, Foulché-Delbosc pediría su ayuda para la edición de las Obras poéticas de Góngora que publicó The Hispanic Society of America de Nueva York.
Durante esta primera estancia francesa Reyes inició uno de sus volúmenes más brillantes en cuanto a estilo, Visión de Anáhuac. También descubrió la «literatura militante de la Nouvelle Revue Française», junto con otras tantas facetas culturales que lo llevarían a modificar o a ahondar en muchas de las ideas apenas esbozadas desde México en sus poemas y ensayos. En esos pocos meses de relativa calma traduciría además, de manera anónima, La novena de Coleta, de Colette Yver, obra con la que se iniciaba en una de las prácticas que le resultarían indispensables durante sus primeros tiempos madrileños.
Apenas un año duró el inicial contacto físico de Reyes con Francia, pues el estallido de la Primera Guerra Mundial hizo que el ya por entonces primer jefe del país —según el rubro que se autoaplicaba—, Venustiano Carranza, para evitar cualquier posible vinculación no deseada con alguna de las facciones en conflicto, cesara a todo el cuerpo diplomático mexicano destacado en Europa. En el ámbito intelectual esta medida afectaría no sólo a Reyes, sino a otros autores mexicanos con cargos diplomáticos en el viejo continente. Era el caso de los poetas Amado Nervo y Francisco A. de Icaza, afincados en España, o del historiador Carlos Pereyra, en misión diplomática en Bélgica.
A pesar de la falta de representación oficial, poco antes de partir de Francia el regiomontano tuvo la posibilidad de ayudar a ciudadanos latinoamericanos a abandonar el territorio en guerra. Con un dejo de ironía, Reyes llegó a afirmar que la Legación mexicana de París no había tenido tanta presencia como cuando dejó de existir oficialmente. Esta misma actitud protectora la retomó Alfonso Reyes a partir de 1936 frente a las desventuras de España, desde la sede diplomática que presidía por entonces en Buenos Aires, para continuarla y darle concreción ya en México. La intención en todo momento, en Europa y en América, había sido lograr la protección de amigos, conocidos o simples ciudadanos caídos en desgracia por los avatares de la política. Pero también conseguir el rescate y preservación de los mejores valores de la civilización que le había tocado en suerte vivir en carne propia.
En situación de transtierro, ahora sí evidente ante el deslinde que su gobierno hacía de la política europea, Reyes se trasladaría a España, país neutral durante el conflicto, donde pasó diez años de su vida. De 1914 a 1924, en parte condicionado por las circunstancias pero también por voluntad propia, Alfonso Reyes vivió por etapas dentro del sistema, en papel de diplomático, o antes, en plena libertad, en función de escritor, traductor, periodista y académico. Estos años de enorme efervescencia cultural y política constituyeron el crisol de su maduración humana e intelectual.
A la época vivida en Madrid Reyes gustaba de calificarla con el título del libro de uno de sus amigos, Luis Araquistáin. Los años que llevarían de la guerra europea a la dictadura militar estaban, según Reyes, ceñidos al título de «entre la guerra y la revolución». Momento de consolidación de viejos proyectos como el educativo y de surgimiento de tendencias renovadoras en el ámbito cultural, durante su estancia madrileña el mexicano mudó su condición de doblemente exiliado, primero del huertismo y luego del carrancismo, por la de representante de lujo durante el gobierno de otro revolucionario, Álvaro Obregón, a quien tocaría conmemorar en 1921 el centenario oficial, el correspondiente a la conclusión del proceso de emancipación con la firma del Plan de Iguala y el surgimiento del México independiente.
El tránsito que llevó de una a otra etapa no fue ni inmediato ni sencillo para Reyes. Esos años iniciales de Madrid significaron para él, al igual que para muchos de sus colegas españoles e hispanoamericanos y bajo presiones e incentivos de todo tipo, tiempos de libertad y desenvolvimiento, ricos en experiencias personales y en relaciones públicas y privadas. Pero ante todo, el periodo español en pleno resultó extraordinariamente productivo para él en el campo de la literatura.
En la capital de España Reyes bocetó «sobre las rodillas» las crónicas de Cartones de Madrid y concluyó su Visión de Anáhuac. También en ese contexto amplio y exigente escribió los volúmenes de ensayo El suicida, El cazador, Calendario, y concluiría El plano oblicuo, su «libro de suprarrealismo "avant la lettre"» iniciado en México. Madrid testificó además la escritura periodístico-cultural que recogería en forma de libro dentro de la serie Simpatías y diferencias, sus Retratos reales e imaginarios, artículos sobre historia literaria y multitud de materiales diversos. Cabría destacar de esos tiempos sus trabajos y prólogos dedicados al Cantar de Mio Cid, el Arcipreste de Hita, Lope de Vega, Ruiz de Alarcón, Quevedo, Gracián, así como los proyectos de investigación erudita desarrollados dentro del Centro de Estudios Históricos que dirigía Ramón Menéndez Pidal, junto a filólogos de la altura de Américo Castro, Tomás Navarro Tomás, Antonio G. Solalinde y Justo Gómez Ocerín; las traducciones de Laurence Sterne, Robert Louis Stevenson o Gilbert K. Chesterton; las labores editoriales, como la coordinación de la página de Historia y Geografía para el periódico El Sol; la coparticipación en la edición de la revista Índice de Juan Ramón Jiménez —quien lo llevaría a la Editorial Calleja—, en La Pluma, con Manuel Azaña y Cipriano Rivas Cherif y en los Cuadernos Literarios —«que inventamos una tarde Díez-Canedo, José Moreno Villa y yo»—. Y en lugar aparte, la compilación de las Obras completas de su admirado Amado Nervo.
Pero también, en esos tiempos de «patearse» Madrid todos los días, Alfonso Reyes, al igual que otros tantos coterráneos —los pintores Diego Rivera y Ángel Zárraga, el novelista y periodista Martín Luis Guzmán y el poeta Luis G. Urbina—, becados para estudiar en Europa o, como él, desterrados, ejerció gustosamente el trabajo duro y disciplinado con el aliciente de los pequeños grandes placeres que brindaba por entonces la Villa y Corte. En particular, disfrutó de lleno de tertulias como la de Ramón Gómez de la Serna, de los museos y del movimiento de las redacciones periodísticas. Las jugosas vacaciones veraniegas, tan distintas de las acostumbradas en su país de origen, llegarían incluso a producir libros del estilo de Los siete sobre Deva, título con clara referencia al pueblo costeño guipuzcoano donde la familia Reyes acostumbraba pasar parte del verano.
En esos tiempos, la trinidad hispano-mexicana constituida por Federico de Onís, Martín Luis Guzmán y Alfonso Reyes se inventaría, por ejemplo, la crítica cinematográfica en español, en una de las revistas más influyentes de la época: España, proyecto de José Ortega y Gasset dirigido en aquel entonces por Manuel Azaña. Poco tiempo después, el futuro presidente del Gobierno español de la II República, con el cargo de secretario del Ateneo de Madrid, ofreció a Reyes la Secretaría de la Sección de Literatura. Por cierto que Reyes, en sus años de diplomático, conseguiría cierta proximidad, más allá de la oficial, con el rey Alfonso XIII, asunto que quedó consignado en algunas simpáticas dedicatorias fotográficas y páginas de recuerdos. De hecho, la relación venía de mucho atrás y no estaría exenta de cierta magia. El siguiente fragmento de Albores, segundo libro de recuerdos del autor, desvela el encanto de la primera de varias coincidencias que entre ambos se darían:
El 17 de mayo de 1889, día de San Pascual Bailón, la «colonia española» de Monterrey, que acá decimos (los ribereños del Plata prefieren decir «colectividad»), se reunía en una cena paracelebrar los tres años de Alfonso XIII, y el general Reyes, entonces jefe de aquella zona militar, era uno de los convidados de honor. Llegó la noticia de mi nacimiento, y el general pidió licencia para retirarse y acudir al lado de su esposa
—Con una condición, general —dijo el decano de la colonia, el banquero don Tomás Mendirichaga si no me engaño.
—¿Y es.?
—Que le ponga usted a su hijo el nombre de Alfonso, por haber nacido también, como el rey niño, el día de San Pascual Bailón.
Al finalizar durante 1924 su misión diplomática en la Península, el regiomontano volvió a México en espera de un nuevo nombramiento, mismo que lo llevaría de nueva cuenta, y bajo una perspectiva muy distinta, a Francia. Llegaba con el cargo de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario.
Instalado en París, en la misma casa del 44 Rue Hamelin donde dos años antes había muerto Marcel Proust, comenzó su relación con Jean Cassou, Valéry Larbaud, Mathilde Pomés, Adrienne Monnier, Jean Prévost, Jules Romains, Jules Supervielle, Paul Valéry, Paul Morand, con el matrimonio Delaunay y muchos otros intelectuales y artistas del momento. La Nouvelle Revue Française consideró por entonces la posibilidad de editar en francés otro de sus libros, el ya referido presurrealista El plano oblicuo.
Alfonso Reyes desarrolló en Francia, desde el momento de su primera llegada y hasta 1927, una profusa actividad diplomática y cultural. Participó asimismo en la elaboración del nuevo Tratado México-Francia de Amistad y Comercio. Por todo lo anterior recibiría del gobierno francés la condecoración de Comendador de la Legión de Honor. Pero también disfrutó mucho de las calles, salones, galerías y cafés parisinos. Una prueba de esto último fue su proximidad a la famosa Kiki de Montparnasse. En Francia incrementó su biblioteca y su colección de arte, dio conferencias, escribió y publicó algunos de los libros más representativos de su trabajo como poeta, ensayista y narrador.