Centro Virtual Cervantes
Literatura

Escritores > Alfonso Reyes > Introducción. I
Alfonso Reyes

Introducción:
El sendero entre la vida y la ficción (1 de 4)

Por Héctor Perea *

I

«El país, al cumplir un siglo de autonomía, se esfuerza por llegar a algunas conclusiones, por provocar un saldo y pasar, si es posible, a un nuevo capítulo de su historia. Por todas partes se siente la germinación de este afán.»

Alfonso Reyes escribía lo anterior en su ensayo «Pasado inmediato» al referir la fecha correspondiente al Primer Congreso Nacional de Estudiantes en México: 1910. Es interesante que para Reyes el centenario de la independencia del país correspondiera al inicio del movimiento de liberación y no a su conclusión victoriosa. Pero esto pareciera lógico si uno se centra en el año mencionado, en el que, si por un lado se iniciaría un nuevo movimiento de emancipación nacional, por el otro, desde el punto de vista de la alta cultura y de su amplia proyección social, en realidad 1910 correspondería a una segunda etapa de consolidación en cuanto a la libertad en la aprehensión del conocimiento y de su divulgación.

Es en 1909, con el nacimiento del Ateneo de la Juventud, donde podríamos ubicar con más exactitud y justicia, desde la óptica de Reyes, el momento de la conmemoración centenaria. Y todavía podríamos ir más atrás, hacia el año de 1906, cuando por iniciativa de un grupo de adolescentes sensibles a la realidad, cultos, se aglutinaría el primer proyecto ateneísta, la Sociedad de Conferencias. Estos jóvenes singulares habían alcanzado un grado de madurez tal que, bajo el brillo de sus propuestas, lo primero que destacaba de ese momento histórico era la oscuridad, envejecimiento e injusticia de muchos de los preceptos positivistas porfirianos.

Apoyados por dos «hermanos mayores», los poetas Enrique González Martínez —«tránsito entre la generación pasada y la venidera», dice Reyes— y Luis G. Urbina —de «rara penetración»—, los jóvenes ateneístas decidieron lanzarse a una aventura apasionante. Apasionante, en buena medida, por impredecible. Alfonso Reyes resumiría así las características del grupo: «era aquélla, sobre todo, una generación de ensayistas, filósofos y humanistas autodidactos». Esto último fue verdadero pero sólo hasta un cierto punto. Ya que, aparte de los estudios seguidos por varios de los miembros de la Sociedad, tanto las tertulias como las reuniones preparatorias de las conferencias fueron para ellos una auténtica universidad de la cultura y de la vida. El motor principal de su iniciativa tenía la frescura de la juventud. Pero, sobre todo, la fuerza de una inteligencia moderna y pujante, enfocada hacia un futuro amplio, sin límites de ningún tipo. Los miembros de la Sociedad de Conferencias, algunos de ellos cofundadores inminentes de sus derivados, el Ateneo de la Juventud y el Ateneo de México, tenían «. la necesidad de movilizar todas sus fuerzas hacia la reconstrucción crítica.» del país. Tales eran, concluía Alfonso Reyes, «los caballeros del Sturm-und-Drang mexicano».

El dominicano Pedro Henríquez Ureña, figura sobresaliente dentro del grupo junto con el arquitecto mexicano Jesús T. Acevedo, años después resumiría con precisión el ambiente contradictorio que se respiraba en el interior del país en su ensayo «La influencia de la revolución en la vida intelectual de México»:

Sentíamos la opresión intelectual, junto con la opresión política y económica de que ya se daba cuenta gran parte del país. Veíamos que la filosofía oficial era demasiado sistemática, demasiado definitiva para no equivocarse. Entonces nos lanzamos a leer a todos los filósofos a quienes el positivismo condenaba como inútiles, desde Platón, que fue nuestro mayor maestro, hasta Kant y Schopenhauer. Tomamos en serio (¡oh, blasfemia!) a Nietzsche. Descubrimos a Bergson, a Boutroux, a James, a Croce. Y en la literatura no nos confinamos dentro de la Francia moderna. Leíamos a los griegos, que fueron nuestra pasión. Ensayamos la literatura inglesa. Volvimos, pero a nuestro modo, contrariando toda receta, a la literatura española, que había quedado relegada a las manos de los académicos de provincia. Atacamos y desacreditamos las tendencias de todo arte pompier: nuestros compañeros que iban a Europa no fueron ya a inspirarse en la falsa tradición de las academias, sino a contemplar directamente las grandes creaciones y a observar el libre juego de las tendencias novísimas; al volver, estaban en actitud de descubrir todo lo que daban de sí la tierra nativa y su glorioso pasado artístico.

Ilustración de Elvira Gascón para «La Ilíada de Homero», 1951

Ilustración de Elvira Gascón para La Ilíada, de Homero, 1951.

Los cuatro grandes del Ateneo de la Juventud, según los llama el historiador Álvaro Matute, fueron el ya referido Henríquez Ureña, el filósofo Antonio Caso, el también filósofo y animador cultural José Vasconcelos y el incipiente polígrafo Alfonso Reyes. Todos ellos rondaban una edad que apenas se aproximaba a la veintena de años. Otras figuras destacadas del movimiento —«nietos descarriados del positivismo»— serían el mencionado Acevedo, el ensayista Julio Torri, el compositor Manuel M. Ponce, el novelista Martín Luis Guzmán, la poeta María Enriqueta Camarillo y los pintores Ángel Zárraga y Diego Rivera. Todos ellos llegarían a ser ampliamente conocidos en la España de la edad de plata.

Es importante destacar que los miembros del Ateneo de la Juventud, además de organizar ciclos de conferencias, fundar revistas —Savia Moderna— y participar en sus propias tertulias y largos paseos culturales por la Ciudad de México, crearon la Universidad Popular. Para esto último contaron con el apoyo de uno de los personajes más relevantes del momento, el ministro y diplomático Justo Sierra, fundador a su vez de la nueva Universidad Nacional y del antecedente de la Facultad de Filosofía y Letras, la Escuela de Altos Estudios, donde serían acogidos algunos de los ateneístas en papel de profesores de los cursos «libres y gratuitos». Por cierto que a Sierra se debería el lema de la Universidad Popular: «La Ciencia protege a la Patria». Esta institución fue extensión natural del propio Ateneo. Aunque la enseñanza en ella impartida estaría enfocada más bien hacia la clase obrera.

En esos «días aciagos», en palabras de Reyes, se terminaron de tensar las relaciones políticas. Cayó el régimen porfirista, surgió el democrático de Francisco I. Madero y se despertó el México profundo, en 1913, a raíz del golpe de Estado contra su gobierno, conocido como la Decena Trágica. Este levantamiento armado llevaría a la dictadura, breve pero cruenta, de Victoriano Huerta.

Para los ateneístas, vinculados de distinta forma con algunas de las muchas corrientes políticas involucradas en el devenir histórico de México, en particular con el maderismo y el huertismo, los grandes acontecimientos históricos terminarían por representar un factor de dispersión. Entre los autores y artistas antes mencionados el destino común fue el del exilio. Los Estados Unidos, Cuba, Francia, España se convirtieron a partir de entonces en lugar de traslado y maduración individual.

Para Alfonso Reyes, más que para cualquier otro de los ateneístas, la Decena Trágica representó un verdadero parteaguas. Tanto su desarrollo profesional como, sobre todo, la formación última de su carácter y su más honda intimidad, se verían completamente alterados con el inicio y desarrollo de la Revolución mexicana.

  • (*) Héctor Perea (Ciudad de México, 1953). Escritor e investigador del Centro de Estudios Literarios-IIFL, UNAM. Entre sus publicaciones se encuentran Cartas echadas. Correspondencia de Alfonso Reyes y Victoria Ocampo (1983), España en la obra de Alfonso Reyes (1990) y Los respectivos alientos (2006). volver
Volver a la página anterior Subir al principio de la página Ir a la página siguiente
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es