Por Héctor Perea
Es conocida la afición que tuvo Alfonso Reyes por el arte y, en particular, por la pintura. La forma cotidiana de ver el mundo, que en su caso pasaba en buena medida por el tamiz de la apreciación de la creación en todas sus manifestaciones, podría compararse con la de otros de sus contemporáneos, como Genaro Estrada, José Juan Tablada o Artemio de Valle-Arizpe, grandes coleccionistas del arte antiguo y, en alguna medida, del contemporáneo. Pero también, escritores apasionados por el comentario de las artes.
En su Diario de los años parisinos Reyes mencionaría la afortunada compra de un boceto de Francesco Barbieri, el Guercino, y la frustrada de unos dibujos del más adelante cotizadísimo Amadeo Modigliani. Además, en este dietario vivencial encontraremos opiniones sobre las obras de Henri Matisse, el Aduanero Rousseau, Van Donghen y Foujita, o referencias a sus encuentros con el matrimonio Delaunay y sus intermediaciones para la realización de proyectos artísticos y didácticos de los pintores mexicanos Manuel Rodríguez Lozano y Julio Castellanos.
Por otro lado, en los muros de su biblioteca de la Ciudad de México, la Capilla Alfonsina, cuelgan algunos de los óleos, dibujos, grabados que Reyes pudo adquirir, obtuvo en herencia o le fueron obsequiados a lo largo de su vida. Obras de Angelina Beloff, Diego Rivera, Julio Ruelas, Manuel Rodríguez Lozano, Agustín Lazo, Roberto Montenegro, José Clemente Orozco, Daniel Vázquez Díaz, Foujita, Jusep Torres Campalans (Max Aub), Cándido Portinari, Dimitri Ismailovitch, José Moreno Villa, Gregorio Prieto, Ángel Zárraga, Pedro Coronel, Ignacio Asúnsolo, Federico Cantú, Rafael Barradas o el referido Francesco Barbieri, entre otros artistas, muestran con amplitud los gustos de Reyes en este campo.
La biblioteca del regiomontano, desde la época en que éste la decoró hasta ahora, en función de museo, no ha exhibido nunca espacios desnudos. En una clara proyección de su temperamento, Reyes colocó en fila doble los libros y las obras plásticas y gráficas unas tras otras, mezclado todo con fotografías familiares y recuerdos de esas muchas vidas que fue su vida. También en reflejo de su propia obra, en buena medida autobiográfica como la de Montaigne, entre los apartados que resaltan de una colección artística hecha a partir de bodegones, paisajes urbanos, escenas mitológicas y religiosas, etc., es en el retrato donde quizá mejor se nos descubren las inclinaciones no sólo de gusto artístico sino también de intención literaria de Reyes.
En este género, como en los ensayos y narraciones del regiomontano, la sutileza interpretativa estará siempre a flor de piel. El desciframiento —desde luego siempre parcial, aunque de gran riqueza— de la personalidad, el desnudamiento del alma humana se abrirá de capa en los retratos hechos a la familia Reyes por A. Costilla, Montenegro, Foujita, Rodríguez Lozano o Portinari. Y desde luego, en el realizado por este último, en 1931, a una modelo anónima —¿María Portinari?— que, como en el retrato de Reyes por Rodríguez Lozano, arrastrará claras influencias de Modigliani.
En algunas ocasiones la relación que Reyes mantuvo con los artistas y sus obras se extendió además al campo epistolar. Existen cartas cruzadas entre él y el Dr. Atl, Julio Castellanos, Roberto Montenegro, Max Aub o Cándido Portinari. En otras parece que a Reyes le bastó el puro contacto visual con las obras para establecer la comunicación con sus creadores.
También, desde luego, Alfonso Reyes escribió sobre pintura, tomó fotografías y realizó bocetos de París, Río de Janeiro o el Cerro de la Silla en Monterrey. Y fue caricaturizado en dibujos por Toño Salazar, «el Chango García Cabral, Daniel Vázquez Díaz, Xavier Villaurrutia, Carlos Fuentes, Rubén Bonifaz Nuño y hasta Elena Poniatowska. Por otro lado, el dibujo apareció muchas veces en sus libros como elemento fundamental. José Moreno Villa ilustró La saeta y Calendario; Juan Soriano lo haría en una edición reciente de Ifigenia cruel y Elvira Gascón en La Iliada de Homero y Vida y ficción. Norah Borges, hermana de Jorge Luis, fue la responsable de los trazos para Fuga de Navidad.
El arte fue para Alfonso Reyes una actividad cotidiana y un acontecimiento singular. Y el coleccionismo la vía de preservar, de llevar siempre consigo, el entorno de amistad y gozo que procuraría recrear en cada uno de los distintos ambientes en que vivió.