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Alfonso Reyes

La esgrima del ensayo (1 de 2)

Por Alfonso Rangel Guerra*

I

La prosa de Alfonso Reyes ofrece al lector una belleza que puede reconocerse tanto en el lenguaje como en la composición de conjunto. Sin embargo, es evidente que tal belleza no tiene su origen tan sólo en la perfección en el uso de las palabras, sino que hay otros elementos que la hacen posible. En estas páginas intentaremos identificar dichos elementos y establecer ciertos aspectos que permitan entender el origen y el sustento de esta belleza prosística.

Además de la corrección en el manejo de la lengua española, en la prosa de Reyes se pueden identificar otros valores. Algunos de ellos proceden de las palabras utilizadas y se relacionan con los aspectos fonético y semántico del lenguaje que inciden de manera evidente en la composición, es decir, en el ritmo y la cadencia, y en buena medida explican la belleza de la escritura. Pero quizás hay en ella algo más que es necesario identificar, elementos que de alguna forma ya se ponen de manifiesto en los aspectos fonético y semántico antes señalados, pero que no solamente se reducen a ellos: se trata de valores que se originan en el universo interno del escritor, que pertenecen al ámbito del espíritu.

Apoyados en estas premisas, podemos adelantar desde ahora la siguiente afirmación: la belleza de la prosa de Alfonso Reyes radica en la conjunción de los valores fonéticos y semánticos contenidos en las palabras mismas, y en los valores procedentes de su espíritu, de su universo interior. Como el significado de las palabras nos remite por fuerza a lo semántico, a aquello que el escritor pretende develar con su lenguaje, es difícil desprender estos valores del valor de las palabras mismas. No obstante, a sabiendas de la dificultad que esta empresa implica, intentaremos identificarlos.

Alfonso Reyes, hacia 1950

Alfonso Reyes, hacia 1950.

Alfonso Reyes escribió prosa, y también poesía. Es más, sus inicios fueron como poeta. Él mismo se encargó de afirmarlo al decir que su primera salida en letra impresa (el 28 de noviembre de 1905, en El Espectador, periódico de Monterrey) fue con tres sonetos titulados «La duda», inspirados en un conjunto escultórico de Cordier. Pero la belleza y el poderío de su prosa han provocado que, entre quienes se acercan a sus libros, prevalezca la afirmación de que la poesía de Reyes no posee un rango similar al de su prosa, con lo que su obra en verso ha sido relegada a un segundo plano. Sin embargo, de una lectura atenta, profunda, de lo escrito por Alfonso Reyes puede desprenderse que tanto prosa como poesía cuentan con un mismo origen, por lo que la belleza y el rango superior de ambas son semejantes. Si tal afirmación fuera válida, tendríamos que reconocer que la prosa de este autor responde a distintos requerimientos formales que la poesía, pero las dos parten de la misma fuente, lo que significaría, por una parte, que la belleza de la prosa en Alfonso Reyes proyecta algo más que una mera comunicación de ideas, pero, por la otra, que la belleza de su poesía se sustenta, por lo tanto, en algo más que la pura sonoridad de las palabras, sostenida en el ritmo de la acentuación y la rima, o en otros elementos del lenguaje.

Una aclaración: al hablar de la prosa nos referimos a los ensayos de Alfonso Reyes. Y, para constreñir un poco más el significado, tendríamos que precisar que sólo nos referimos a ciertos ensayos, pues la concepción del ensayo literario se ha extendido en las últimas décadas a textos que quizás, en estricto sentido, no posean las características canónicas del género, como los artículos periodísticos, la exposición más o menos extensa de algún problema de cualquier orden (social, histórico, religioso o económico) o los trabajos de crítica literaria.

Ya en otra ocasión propusimos, como definición del ensayo, el escrito dedicado al planteamiento de una idea, a la recuperación de un recuerdo, a la presentación de crónicas o testimonios de experiencias intelectuales, sociales, culturales o políticas. A esta definición nos acogemos ahora para referirnos a ciertos ensayos o escritos de Alfonso Reyes.

Es necesario formular esta acotación, porque los textos en prosa de Alfonso Reyes cubren una inmensa variedad de propósitos. Existen desde los meramente enfocados a comunicar cierta información, hasta los trabajos sistemáticos donde plantea una tesis o la exposición metódica de un problema, como en El deslinde. Prolegómenos a la teoría literaria, obra que, según un crítico, Alfonso Reyes escribió con prosa árida y llena de tecnicismos, dejando de lado la elegancia en las frases. En este amplio espectro existe una gama infinita de variantes, desde el artículo periodístico hasta el texto de crítica literaria, y una serie de escritos, más breves que largos, donde el autor recogió impresiones o juicios sobre diversas circunstancias vitales.

Siento por Alfonso Reyes una grande admiración. Difícilmente podría asegurar cuál es la personalidad que en él predomina, si la del crítico de cultura honda y vasta o la del literato refinadísimo.

Gabriel Alomar, 1921

Si tomamos como ejemplo el volumen V de sus Obras completas, encontramos dos unidades que pueden identificarse cada una como libros: Historia de un siglo y Las mesas de plomo. La primera es una relación de los sucesos histórico-políticos más importantes del siglo xix; la segunda es una historia del periodismo, centrado particularmente en las prensas inglesa, española y bonaerense. Podríamos decir que se trata de textos meramente informativos, aunque en determinados instantes, como suele ocurrir en casi todo lo escrito por él, surge de pronto, junto a la belleza del estilo, esa gracia difícil de definir por medio de la cual el lenguaje absorbe elementos no necesarios para la estricta comunicación que otorgan al conjunto una nueva dimensión, que en rigor lo legitima como texto literario. En ellos la belleza se impone a pesar de la intención original del autor. Pero, en cambio, Reyes escribió otros textos que contienen, de principio a fin, esta propiedad cuya característica primordial consiste precisamente en ofrecer una visión superior del asunto tratado, donde la luz propia emanada de las frases y las palabras ilumina el conjunto, otorgándole una dimensión superior. Estos escritos son a los que nos referimos particularmente al identificar la poesía y la prosa de Alfonso Reyes como procedentes de la misma fuente creadora del espíritu.

Alfonso Reyes, «Cuestiones estéticas»

En su primer libro, Cuestiones estéticas (París, 1911), se recogen textos redactados entre 1908 y 1910, cuando el autor contaba entre diecisiete y veintiún años de edad. Uno de ellos, escrito en 1909, se titula «Sobre el procedimiento ideológico de Stéphane Mallarmé». En él se ofrece al lector un estudio sobre la posición asumida por Mallarmé en el proceso verbal de la creación poética. Según Reyes, el poeta francés intentó lo inalcanzable: lograr que el lenguaje tradujera en palabras todo aquello que se agita en su interior. La cita es larga, pero merece recogerse completa:

Esfuerzo poderoso para perfeccionar el tosco lenguaje, anhelo sabio y meditado de hacer más directa la manifestación literaria; rebeldía de una mente original, nueva, integrada, por traer el medio defectuoso a la obediencia de los fines y de los modos de pensar; delirio, en suma, de perfección; tenaz empeño de pulir todo frotamiento, de destruir toda aspereza; obra tan vasta y de tan pasmosa congruencia racional que, con ser sólo de lingüística, supone, de por sí, la solución de muchos y más profundos problemas y acaso la de la soñada correspondencia cabal entre las cosas y la voluntad teórica; éste fue el empeño de Stéphane Mallarmé y en tan vasta obra se gastaron todos sus alientos.1

Humanista
Ensayista
Preceptista
Prosista
Cuentista
Narrador
Traductor
Profesor
Dramador
Memorialista
Periodista
Poeta, inventor.
Si trece Alfonsos Reyes
—y el rabo por desollar—
el singular
¿qué tal?

Más vale el as que el rey,
pero al plural
¿qué tal?

Si trece Alfonsos Reyes
el singular
¿qué tal?

Max Aub, 1949

La tarea imposible a la que se dedicó Mallarmé proviene del problema de nuestro lenguaje, derivado de su estructura en letras y palabras, en «elementos distintos y separados», que no responden al «dinamismo esencial de nuestras almas en su continua y fugaz carrera» y, en suma, de que nuestro interior está poblado de «pensamientos y no de palabras, de imágenes interiores y no de ruidos expresados».2 Se trata del problema de todo lenguaje, es decir, de todos los que utilizan el lenguaje para exteriorizar su pensamiento y sus imágenes; de los poetas, que intentan expresar su mundo interior en palabras. Años más tarde, treinta y tres, para ser exactos, Alfonso Reyes retomó este desajuste vital de todo escritor en su libro El deslinde, con el fin de explicar el problema de la creación poética.

Ya sean poetas, narradores o dramaturgos, no todos los escritores teorizan acerca de su trabajo. Alfonso Reyes sí lo hizo. A lo largo de su trayectoria, su obra contiene incontables reflexiones sobre la creación literaria. La mencionada arriba es una de las primeras, y después de ella escribió un buen número de textos en torno a este tipo de problemas teóricos. Sólo de los treinta ensayos que integran el primer volumen de sus Obras completas, escritos entre 1907 y 1913, por lo menos en cuatro se dedica a reflexionar sobre los problemas de la creación, y en muchos más, quizá en todo el resto, aborda la crítica literaria, lo que nos muestra a un Reyes entregado a la tarea literaria desde sus años juveniles.

Este primer volumen de su obra completa contiene toda la prosa escrita por el autor antes de su partida a París en 1913, poco después de la trágica muerte de su padre, aunque varios de los textos (ensayos, cuentos y poesía) no se publicarían sino hasta más tarde. Lo que Reyes escribió tras esta etapa, incluida su poesía, es diferente: se advierte en su estilo una mayor capacidad expresiva cuyo sustento es una estructura equilibrada y una conciencia más clara del ritmo, de los tiempos que permiten a la prosa enriquecerse en el proceso del discurso lingüístico. Un año después de su arribo a París, el estallido de la Gran Guerra, aunado a los problemas que se derivaron de una decisión gubernamental en México que afectó a nuestra legación en Francia, lo obligó a partir. Reyes decidió no regresar a su país y se fue a radicar en Madrid. Un año después, en 1915, acuciado por la lejanía de la patria, escribió Visión de Anáhuac, un bello texto en prosa que fue reconocido, desde su primera edición en 1917, como una obra donde el castellano alcanza una de sus más altas expresiones. Además de la prosa, en este ensayo destaca la concepción de conjunto, donde predomina la presentación visual: inicia con una dimensión abierta para continuar con un acercamiento de la imagen, procediendo en cada paso a la observación directa de lo que es propiamente el objeto de la visión, la gran ciudad de Tenochtitlán; de ahí describe sus calzadas, mercados, el templo y, finalmente, el palacio de Moctezuma. Todo un mundo perdido que se recobra por la palabra.

Alfonso Reyes. París, 1924. G.R. Manuel/Fotógrafo

Alfonso Reyes. París, 1924. G.R. Manuel/Fotógrafo.

Tras Visión de Anáhuac vinieron Cartones de Madrid (1917), El plano oblicuo y Retratos reales e imaginarios (1920), El cazador y la Primera y Segunda Serie de Simpatías y diferencias (1921), Huellas, poesía (1922) y Calendario (1924), obra con la que concluye la etapa de su primera época mexicana, los textos de París en 1914 y la producción literaria escrita durante sus años de Madrid. Con excepción de Huellas, el resto es prosa: un volumen de relatos y varios de ensayo. En este largo periodo, que si lo referimos a la obra escrita empieza en 1905 y termina en 1924, se define la línea de creación que Alfonso Reyes seguirá el resto de su trayectoria: el cultivo de la poesía y el ensayo, primordialmente, y algunas narraciones.

Los libros sistemáticos no aparecieron sino años después, a partir de El deslinde, publicado en 1944. Cuando esto ocurrió, ya hacía mucho tiempo que Pedro Henríquez Ureña le había reclamado a Reyes no escribir obras de mayor envergadura y haberse quedado en los múltiples textos (ensayos) que comprendían su obra. Al concluir El deslinde, Alfonso Reyes le escribió una carta a su amigo Henríquez Ureña, en la que le decía:

Preparo algo que considero fundamental para mi labor. Hace mucho tiempo me aconsejaste volver a México y concentrarme definitivamente en mi vocación. El destino cumplió la fuerza moral que me faltaba. No quiero ya más vida que mi trabajo. De momento tengo bastante independencia para ello y por primera vez he reunido en mi biblioteca todos mis materiales. Me hace una falta enorme contar con un volumen que envié a Losada llamado La experiencia literaria. Coordenadas. Estas coordenadas son puntos de referencia a que me contraigo constantemente en las nuevas cosas que preparo. Te ruego encarecidamente tu influencia en la editorial para que mi libro salga cuanto antes. Gracias por lo que puedas hacer.3

  • (*) Alfonso Rangel Guerra (Monterrey, México, 1928). Académico y ensayista. Ha sido rector de la UANL, agregado cultural de México en España, y secretario de El Colegio de México. En Nuevo León fue secretario de Educación y presidente del CONARTE. Entre sus obras se encuentran Las ideas literarias de Alfonso Reyes (1989), Alfonso Reyes en tres tiempos (1991) y El pensamiento de Jaime Torres Bodet (2002). volver
  • (1) A. Reyes, «Sobre el procedimiento ideológico de Stéphane Mallarmé», Cuestiones estéticas, Fondo de Cultura Económica, México, 1.ª ed., México, 1955, p. 90. volver
  • (2) Ibid., p. 89. volver
  • (3) Copia en el archivo de Alfonso Reyes. volver
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