En 1920, por tercera vez, intervino Alfonso al socorro de Diego Rivera. Dirigió un telegrama a José Vasconcelos, exateneísta, ministro en el gobierno de Obregón, recordándole el abandono de Rivera en París. Vasconcelos convidó al pintor para que adornara edificios del Estado: fue el comienzo de la pujante obra muralista del genial artista.
En este mismo año, fin de la revolución, Reyes fue reintegrado en la diplomacia mexicana. En 1921 y 1923 viajó varias veces a París. En una de esas breves estancias guió a su gran amigo Manuel Toussaint, tan interesado por las letras como por las artes plásticas. Pronto llegaría a ser un excelente especialista del arte colonial mexicano. Don Alfonso notaba en París el fuerte retorno hacia un nuevo clasicismo que lo encantó. Ya se había cansado del cubismo. Escribió entonces: «Yo no creo necesariamente que sean malos todos los cuadros de asunto. Al contrario: en materia de pintura estoy ya para volver un poco a los asuntos. (Y acaso, acaso, amigos, también en materia de poesía)».8
En letras, Paul Valéry había señalado esta vuelta con su grandioso poema El cementerio marino. Cuando Reyes se decidió al fin a dar su versión del drama familiar, a justificar su propia actitud, escribió su Ifigenia cruel, espléndido poema lírico, en el estilo neoclásico preconizado por Paul Valéry.
Nombrado ministro en París en diciembre de 1924, lo esperaba una tarea inmensa: después de los años de revolución y guerra, reinsertar a México en el concierto de las naciones, inscribirlo en la Sociedad de Naciones de Ginebra, renovar los tratados francomexicanos.
Poco tiempo en realidad le quedó para dedicarse a su obra personal —escribió muy poco, aparte de las breves notas de su Diario, en estos treinta meses— y para gozar de los placeres parisinos. Sus contactos con «la bohemia» de Montparnasse se redujeron a unos momentos con Jean Cocteau —poeta y pintor talentoso—, a unos breves amoríos con la modelo Kiki, a quien dedicó el poema delicioso de «La niña de la harina» [Cuando la guerra, estando los hombres en las trincheras, ella había ayudado a un panadero]:
Era —me dijo— moza del pan
(sin amores, sin amores ¿eh?)
Todo el día trabajaba en él,
Hada en trenzas y en delantal...Y ya, de andar en harina
(sin amores, sin amores ¿eh?)
se enmascaraba de abajo arriba
y tan blanca como un pastel......Y era, en la pena de París,
bajo el trueno gris de la guerra,
pan del cielo, y Alicia en tierra,
y entre los poetas, Kiki.
Lo perseguía cierta inquietud tocante al pintor Henri Rousseau. A sus amigos Picasso y Apollinaire les había contado el famoso Aduanero que, durante la intervención francesa, él había acompañado, con su violín, a las tropas de Maximiliano. En México había visto la naturaleza exótica pintada en sus telas. En 1910, después de la muerte del Aduanero, se había propagado esta leyenda entre los artistas.
Alfonso confió sus dudas a Jean Cassou, joven hispanizante francés ya introducido en los medios artísticos que más tarde fundaría uno de los museos importantes de París. Cassou lo llevó a Robert Delaunay, quien poseía varias telas de Rousseau.
Los tres se convencieron de que Rousseau nunca había ido a México. Las plantas que aparecían en sus fondos no eran mexicanas. Las conocería el pintor en unos sencillos manuales de enseñanza o las vio en el Jardin des Plantes de París... ¡Qué pena destruir una leyenda! Por lo menos quedaban para consolarnos los versos inolvidables de Guillaume Apollinaire:
Te souviens-tu, Rousseau, du paysage aztèque...
... Et du blond Empereur qu'on fusilla là-bas...['¿Te acuerdas, Rousseau, del paisaje azteca ...
Y del rubio Emperador fusilado allá...?']
A mi querido y admirado Alfonso Reyes, con un fuerte abrazo de su muy amigo Jean Cassou.
Jean Cassou
«Éloge de la folie». Dedicatoria del autor.
Ángel Zárraga ya tenía un nombre en París. Él también había abandonado el cubismo, aunque guardando de esta «disciplina» unas enseñanzas básicas... Entre tanto se había convertido a un catolicismo militante. Le enseñó a Alfonso un vasto conjunto que acababa de pintar en una cripta de Suresnes, cerca de París. Reyes apuntó en su Diario su admiración ya sin reserva: «(Es)... lo mejor que ha hecho, puro y sobrio... Las figuras están logradas con luz, sin recursos de relieve ni claroscuros. La Anunciación es una maravilla... dio unos claros tintes uniformes llenos de paz. Creo que es lo mejor de su arte...».9
Los paseos de los amigos los guiaban a menudo hacia la iglesia San Sulpicio, a ver El combate del Ángel, obra célebre de Delacroix pintada a la cera caliente, procedimiento que Zárraga había empleado también en la cripta de Suresnes. En la lucha de Jacob, Alfonso veía, transfigurados, sus vanos esfuerzos para sucumbir a la tentación de la fe: los expresaría en su bello soneto «Jacob».
En 1925, visitó la Exposición Zárraga. La juzgó severamente como «puramente comercial », sin detenerse delante de los magníficos Desnudos exhibidos. Sólo lo interesó un Baño de caballos por su composición original. Pero Zárraga vendía caras sus telas, y el sueldo de ministro estaba lejos de permitirle a Reyes tales adquisiciones. Entonces se contentó con la compra de grabados antiguos inspirados por México. Pronto los galeristas de París conocieron a este coleccionista competente.
En esta búsqueda, rivalizaba con Yves de Limantour... Otra exposición llamó más vivamente su atención, la de escritores que eran también artistas: Teófilo Gautier, por supuesto, y Víctor Hugo, Baudelaire, Max Jacob, Rémy de Gourmont, Jean Cocteau... «La Belleza es una», se dijo Reyes.
A menudo participó Ángel Zárraga en los tés dominicales ofrecidos por los Reyes a artistas y escritores parisinos o de paso por la capital: Manuel Rodríguez Lozano (pintó un excelente retrato del ministro), el músico Manuel Ponce, José María González de Mendoza, fino escritor amigo de los artistas, el caricaturista salvadoreño Toño Salazar, el pintor uruguayo Pedro Figari... Don Alfonso aconsejaba a uno en sus muestras, redactaba el prólogo del catálogo de otra exposición... Ayudó a Carlos Bracho a comprar el granito en que éste talló una pareja de indios dormidos cuya pujanza dejó a los parisinos atónitos. Mateo Hernández le contaba cómo, ahora, escogía sus modelos en las jaulas del parque zoológico. Le decía: la hipopótama «...es una madre muy celosa. En cuanto alguien se acerca, lanza gruñidos, y el hipopotamito, obediente, se esconde... Pero cuando voy yo a verlo, deja que el hijo siga paseando; me tiene confianza...».10
En marzo de 1927, Alfonso Reyes fue nombrado embajador en Argentina. Permaneció en América del Sur hasta la Segunda Guerra Mundial. Tantos años. A pesar de satisfacciones innegables: representar a México en aquellas primeras embajadas; conocer esos países de fuerte personalidad —especialmente, Brasil lo sedujo—. Encabezó a jóvenes argentinos —entre los cuales ya descollaba Jorge Luis Borges— quedados sin jefe con la salida a París de Ricardo Güiraldes... Aunque se amistó con la aristocracia de los espíritus argentinos y brasileños... aunque recibió visitas de su mayor aprecio: el franco-uruguayo Jules Supervielle, poeta y coleccionista avezado de arte, Foujita, Paul Morand... estos doce años, tan lejos de París, de Madrid, los paladeó con cierta amargura de exilio.
A Alfonso Reyes, estos juegos visuales. Cordialmente, Jorge Luis Borges.
Jorge Luis Borges
«Historia universal de la infamia».
Dedicatoria del autor.
El remedio fue la creación de su bella revista, cuyo nombre, Monterrey, hablaba de su fidelidad al pasado. La mandó como una carta colectiva a sus amigos diseminados por el mundo. Al hojear sus catorce números, aparecen páginas dedicadas al arte, tan numerosas e importantes como las puramente literarias. En las ilustraciones dominan los dibujos, retratos y caricaturas, a veces inéditos (está Macumba vista por Foujita). Las telas reproducidas (Paisaje exótico del Aduanero Rousseau, La joven del turbante, de Vermeer —quizá el cuadro que prefería entre todos— acompañan textos ya completados. Monterrey será un lazo cultural entre los continentes. Señala y describe detalladamente objetos preciosos inesperados en el Museo de Buenos Aires. Él recibe gran número de libros franceses («Todo Gallimard...») y nuestras mejores revistas de arte (L'Amour de l'Art...). Señala o reseña todos los libros de arte publicados en México. Sus amigos críticos de arte y pintores (Eugenio D'Ors, Gregorio Prieto) le mandan sus escritos y álbumes. Las bibliografías de Monterrey señalan, con interés constante, los problemas puestos sobre la mesa por los críticos de arte: a veces él corregía los errores que ellos cometían.
En 1939, cumplida su carrera diplomática, Reyes vuelve a México para acoger a sus amigos republicanos españoles. Luego funda las magníficas instituciones de la vida cultural mexicana.
Vino la época de sus grandes síntesis (El Deslinde) y en su noble Capilla Alfonsina elabora sus impresionantes estudios helenísticos.
En ellos encontramos páginas asombrosas de precisión sobre las artes cretenses y griegas.
Alfonso Reyes no fue nunca a Creta ni a Grecia, mas se apasionaba por aquellos países donde los hombres conocieron «la necesidad de rodearse de belleza». Los documentos en que se apoyaba databan de diez o veinte años, de sus largas visitas a nuestro Louvre o a museos de Estados Unidos... y también hacía una lectura «ávida y atenta» de los mejores historiadores (Salomón Reinach) en ediciones ricamente ilustradas.
De estos últimos veinte años, tan llenos de labores y de satisfacciones, a pesar de enfermedades graves y precoces, aislemos las horas que pasó en Nueva York con Jacques Lipchitz, ya unos de los más famosos escultores, y tan viejo amigo suyo. Alfonso iba y venía por el taller, apenas guiado «como de la mano», por dos o tres frases sencillas del artista: «Al cabo de una hora... deslumbrado, embriagado..., me sentía yo transportado a una nueva naturaleza, la naturaleza creada por el toque mágico de Lipchitz».11
Relato que nos permite concluir con unas reflexiones ya matizadas. A través de los años, Alfonso Reyes permaneció fiel a su horror a «la mentira convencional», a «los ángeles angelicados» que le parecían «insípidos». Prefirió siempre la pintura que representa sencillamente «la humana pobreza», que muerde «en el ánimo del que la contempla».
Siempre desconfió del sentimentalismo en el arte: «la pintura, decía, no debe ser un perpetuo chantage emocional». Algún tiempo, acosado por su amistad con ellos y por el ambiente de la época, pudo admitir la disciplina intelectual de los cubistas. Luego retornó a una concepción puramente neoclásica de la pintura, hermana de sus gustos literarios. En escultura —quizá su arte preferido, junto con el dibujo, el grabado, la orfebrería— sus gustos diferían bastante. Hasta el fin admiró y permaneció adepto a aquel arte más inventivo, en que el artista reconstruye su propia realidad. En las obras de Mateo Hernández, de Carlos Bracho, de Jacques Lipchitz, encontraba aquellas «moles impetuosas..., aquellos esfuerzos atléticos de la materia terrestre... que sueña y puja por transformarse en espíritu».