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Alfonso Reyes

Alfonso Reyes y las Bellas Artes (1 de 3)

Por Paulette Patout*

I

Alfonso Reyes observó con el mayor interés el desarrollo de las artes en su tiempo y confió sus impresiones estéticas en numerosas páginas esparcidas en sus libros. Aunque no dedicó ningún libro a un solo artista o arte plástico, el rico ambiente en que vivió en Monterrey, durante sus primeros años..., luego los jóvenes intelectuales y artistas con quienes solía reunirse entre sus quince y veinte años, en la Ciudad de México..., en fin, la calidad y el número de pintores y escultores que se contaron entre sus amigos dejan entrever que don Alfonso poseía una cultura artística considerable.

No podemos contemplar los preciosos retratos de los abuelos y padres de Alfonso Reyes —los que vigila con tanto esmero nuestra amiga Alicia Reyes en la Capilla Alfonsina de México—, no podemos ver estos óleos, en su dignidad elegante y seria, sin una emoción intensa. En estas vidas alternaron la guerra y la política. En Monterrey, su padre, el general Bernardo Reyes, era centro de todo el afecto, de la admiración del niño. Lo veía como a «un príncipe..., un príncipe liberal». Desde hacía muchos años, desde 1885, Bernardo Reyes era gobernador de Nuevo León. Cuando se hizo cargo de la Secretaría de Guerra y Marina, todos lo tenían como probable sucesor del trono porfiriano... Un gusto refinado reinaba en la familia en que el futuro escritor vivió una infancia estudiosa y feliz.

De niño, Alfonso dibujaba muy bien. Contaba cómo la maestra hacía pasear por todo el colegio los dibujos detallados que él trazaba en su pizarra. Le pronosticaban una vocación de artista, pero luego nunca aprendió a dibujar. Se contentó con esbozar de vez en cuando unos perfiles de monumentos, de paisajes... Todos conocemos su visión de la ciudad de Monterrey, al pie del Cerro de la Silla, que escogió como divisa. Figuró en su papel de escribir, luego en su revista Monterrey. Más tarde la grabarían en su tumba, acompañada siempre por estos versos familiares llenos de nostalgia:

Hermoso Cerro de la Sía
quien estuviera en tu horqueta
una pata pa Monterrey
y la otra pa Cadereyta.

Alfonso Reyes, «Los tres tesoros»

Uno de los escritores a quien admiró precozmente fue Teófilo Gautier, romántico nuestro del siglo xix, porque fue a la vez pintor y poeta. Su libro de versos llevaba el título revelador de Esmaltes y camafeos. Don Alfonso miraría siempre con envidia a los artistas-escritores que disponían así de dos lenguajes para expresar la belleza. A ejemplo de Teófilo Gautier, él mismo escogió para sus escritos unos títulos a caballo entre letras y artes plásticas: Cuestiones estéticas, El plano oblicuo, Visión de Anáhuac, Talla directa, Medallones, A lápiz, Exégesis en marfil, Ensayo de miniatura... Cartones de Madrid —alusión evidente a los cartones de tapices de Goya— un libro delicioso en todas sus páginas. Los subtítulos: «El infierno de los ciegos», «La gloria de los mendigos», pudieran intitular obras de Goya, Zuloaga o los terribles Viejos del asilo de San Juan de Dios retratados por Ángel Zárraga.

A los quince años, los primeros sonetos que rima el adolescente —una trilogía titulada «Duda»— expresan sus reacciones delante de la foto de un grupo escultórico debido al francés Henri Cordier. «Duda» se publicó en El Espectador de Monterrey, en 1905, luego en La Patria, diario de México entonces dirigido por Ireneo Paz, abuelo de Octavio... Don Alfonso omitirá los versos de «Duda» al recoger su obra poética en el tomo X de sus Obras completas... mas no se olvidará del grupo de Cordier. Al llegar a Buenos Aires para hacerse cargo de la Embajada de México, cuenta: «... Me encontré allí a pocos pasos el propio mármol de Cordier que parecía hacerme señas desde la plaza San Martín. Lo tuve por augurio propicio...».

Adolescente, Alfonso Reyes fue alumno de la docta Escuela Preparatoria, en el Colegio de San Ildefonso de México. Algunos compañeros suyos recibían simultáneamente la enseñanza artística de la Academia de San Carlos: había sido el caso, en 1903-1904, de Ángel Zárraga. De modo que existía cierta convivencia entre los dos establecimientos, cuyos maestros eran conocidos de todos. La enseñanza, en San Carlos, era muy clásica; los maestros venerables: Salomé Pino, el gran paisajista José María Velasco, el «gran Rebull», formado en la escuela de Ingres. Pero entre ellos destacaba Julio Ruelas, por su juventud (tenía apenas poco más de treinta años) y su talento de dibujante y aguafuertista. Alfonso conoció bastante a este genial ilustrador de libros para dedicarle un ensayo muy notable —el primero que le publicó la gran revista de entonces, la Revista Moderna de México—, a su muerte prematura, en 1907, a los 36 años.

No recogió estas páginas en Cuestiones estéticas —el libro que publicó entonces en París— sino más tarde, entre otras abandonadas, en el tomo I de sus Obras completas.

Algunos párrafos de este ensayo contienen ya las ideas esenciales del arte plástico alfonsino, especialmente su horror al convencionalismo. Dice: «... menos intención tendría un dibujo de los instrumentos de tortura que la convulsión dolorosa de un atormentado... ». Algunas páginas dejan pensar que ya en 1907 el joven presentía las ideas que iban a revolucionar el arte en París. Da unas definiciones del retrato o de la naturaleza muerta que hubieran aprobado entonces Picasso o Braque:

Y este dibujo... no tiene más que recurrir a procedimientos atrevidos, a audacias inusitadas..., fundiendo, como en nuevo crisol de mundos, las formas de las cosas y de los seres; arrancando a aquéllas su secreto de meditación y de símbolo por el empleo de líneas bruscas, y a éstos su dinámica vital por la acentuación, a veces monstruosa, de movimientos y actitudes... Hay vida latente en las cosas.1

Un texto audaz, hasta violento. Prevé cuán difícilmente va a aceptar el vulgo esta «transmutación prestigiosa». Son líneas vibrantes: aluden al español José de Ribera, a Rodin, a El Greco, a Eugène Carrière, Ruskin, Flaubert y Baudelaire, a Ibsen..., demostrando que los mejores artistas y críticos ya le son familiares a este joven de dieciocho años.

Con unos amigos, Alfonso fundó el grupo de Savia Moderna, bajo la férula de un mentor de veintidós años, Pedro Henríquez Ureña. Discutían de todo, arqueología, arquitectura, pintura clásica y moderna, música, letras y filosofía... Se reunían en un taller, en un sexto piso, cerca de la Alameda. Reyes veía con placer que un mozo de veinte años, alumno de San Carlos, abría su caballete delante de la deliciosa perspectiva: ya Rivera le parecía un «fuerte pintor». Alfonso tomó la iniciativa, ayudado por otros compañeros, de pedir para Diego la beca del gobernador Dehesa, en Veracruz. Eso le permitió al joven artista trasladarse a Europa en 1906 para continuar su formación.

Savia Moderna cambió de estilo para abrirse al público con la Sociedad de Conferencias. Se creó luego el famoso Ateneo de la Juventud cuyos socios se apasionaron por el clasicismo del arte griego. Ángel Zárraga y Diego Rivera, ambos en París, fueron los primeros socios correspondientes del Ateneo. Pero Alfonso vivía entonces en el ansia de la tragedia que envolvió los últimos años del general Reyes y su muerte violenta en febrero de 1913. Para huir del deseo de venganza, como lo explicaría más tarde en Ifigenia cruel, una de sus obras maestras, se dejó nombrar en el puesto humilde de segundo secretario de la Legación mexicana en París a donde llegó en agosto de 1913.

Su amistad con Ángel Zárraga no fue inmediata. Se conocían poco. Ángel estaba en Europa desde 1904. Pintaba entonces unos óleos muy grandes y perfectos, simbolistas, como inspirado por nuestro Gustave Moreau; ahora nosotros los admiramos mucho, pero a Alfonso le parecerían algo anticuados, muy siglo xix... Mas Diego Rivera sabía incrustar la materia en la masa de sus colores. Reyes lo comparaba con «aquellos primitivos catalanes y aragoneses que ponían metal en sus figuras». La esposa de Rivera, Angelina Beloff, era también muy buena pintora y todos se regocijaron cuando colgó un cuadro suyo en el Salón de Otoño, la gran manifestación de París. Los dos «primeros ocupantes» introdujeron a Reyes en los conciertos, talleres y galerías de Montmartre y Montparnasse, donde la vida musical y plástica se renovaba, en este año 1913 en que surgían tantas tendencias innovadoras —las cuales desgraciadamente se verían interrumpidas o aniquiladas por la guerra franco-alemana—.

Pedro Henríquez Ureña, cofundador del Ateneo de la Juventud

Pedro Henríquez Ureña, cofundador del Ateneo de la Juventud.

Pero hasta esta fecha los franceses estaban lejos de presentir tales horrores. Las varias formas del arte se enamoraban unas de otras. Pintores y escultores se desgastaban las manos para aplaudir La Consagración de la Primavera de Stravinski.

Ángel Zárraga y Diego Rivera no escaparon a la revolución que nacía alrededor de Picasso y Guillaume Apollinaire. Inmediatamente Alfonso se entusiasmó por los Calligrammes del poeta, pero conoció muchas dificultades para admitir el joven cubismo. Algo espantado y confundiendo un poco los ismos, escribió a Henríquez Ureña, el 30 de septiembre de 1913: «¡El notición!... ¡Escándalo! Diego Rivera está haciendo futurismo. Y me aseguran que Zárraga también. ¡Quienquiera que seas, Dios de la Estética... haz... que no se hayan equivocado estos dos serios talentos!...».2

Días después, precisa, en otra carta a Henríquez Ureña: «¿Qué haré con Diego Rivera? ¡Figúrate que me llevó a ver sus enredijos futuristas cuando yo acababa de pasarme tres horas en la sala de Rubens, del Louvre! No te puedes imaginar la tristeza que me dio. ¡Y lo hace con tanta seriedad! ¡Y lo cree! ¿Qué le está pasando a la humanidad?».3

Los martes, de noche, Alfonso y sus amigos iban a La Closerie des Lilas, un bar de estudiantes —ahora uno de los restaurantes más elegantes de París—. Allí artistas y literatos se reunían románticamente alrededor del «príncipe de los poetas», Paul Fort.

En el público se agitaban los futuristas italianos. Reyes leyó con interés los Manifiestos que distribuía su jefe, Filippo Marinetti. Pero al ver un óleo del mejor pintor futurista, Gino Severini, Alfonso huyó, espantado por esta realidad despedazada.

Los jóvenes artistas hispanoparlantes se agrupaban alrededor de Picasso. De entonces dataría la especial atención que dedicó el malagueño a todo lo mexicano.

Entre las obras de Picasso, Reyes apreciaba los retratos de payasos, artistas ambulantes aislados por su pobreza en la abundancia lujosa de París. Le conmovían estas obras ascéticas y severas, desprovistas de todo patetismo lacrimoso.

Ángel y Diego hicieron amistad con un joven italiano, Amedeo Modigliani.

No sabemos si Alfonso lo conoció, pero desde entonces admiró el clasicismo y la armonía de sus telas. Siempre apreciaría su obra, y Modigliani quedaría entre sus pintores predilectos. También lo presentaron a Fernand Léger, con quien simpatizó, y al japonés Foujita, con el cual trabó una fiel amistad. Entonces conoció al gran escultor español Mateo Hernández, ya instalado en París. Alfonso apreciaba la fuerza enorme de las creaciones de este hombre rudo y bondadoso.

Un día, Ángel lo guió hasta la galería de Berthe Weill, una tienda de modesta apariencia pero que realmente era un centro influyente en el mundo de los artistas.

Allí Berthe colgaba, como ropa a secar, los dibujos de Zárraga o de Rivera, lo mismo que antes había exhibido acuarelas de Matisse o las bailarinas resplandecientes de Van Dongen. Como escritor, Alfonso podía tener «el diente duro», y mademoiselle Weill le inspiró esta caricatura feroz: «Tal dueña es un andrógino anarquista con aspecto de insecto y ojos saltones de habitante de Marte; jorobada, de estatura nauseabundamente insignificante...».4

  • (*) Paulette Patout (Séte, Francia). Académica e investigadora. Doctora en Letras. Fue catedrática de la Universidad Toulouse Le Mirail. Entre sus obras se encuentran el epistolario Valéry Larbaud-Alfonso Reyes (1972) y Alfonso Reyes et la France (1978) que fue reeditado en español por El Colegio de México y el Gobierno de Nuevo León (1990). volver
  • (1) Alfonso Reyes, «Julio Ruelas, subjetivo», en Obras completas, tomo I, p. 321. volver
  • (2) Correspondencia Alfonso Reyes-Pedro Henríquez Ureña, editado por José Luis Martínez, México: FCE, 1986, p. 158. volver
  • (3) Ibid., p. 201. volver
  • (4) Ibid., p. 319. volver
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