Con el escritor chileno «mundonovista» Francisco Contreras, Enrique Díez-Canedo y sus respectivas esposas. España, 1922.
En la destreza que Reyes llega a demostrar a la hora de acometer estas gratas obligaciones, se consumen los años de su primera etapa en Madrid, al cabo de la cual Azorín, funcionario de gobierno, reconoció en nuestro escritor el «derecho a la ciudadanía literaria entre nosotros», designándolo en 1919 conferencista en Burdeos sobre asuntos españoles, particularmente Goya y la joven literatura de España. Por ello, a la vuelta de un par de años se permitirá el entusiasmo de declararse «voluntario de Madrid». Los amigos del Centro de Estudios Históricos llegarán a estimular a Reyes a considerar seriamente la opción de permanecer en la Villa y Corte como ciudadano español, revalidar sus títulos universitarios y concursar por una plaza en alguno de los institutos de enseñanza superior en España. Reyes nunca tomó en serio semejante posibilidad, interesado como estaba en restituirse al destino común de los mexicanos. Esta oportunidad llegó a fines de 1919, cuando los vuelcos de la Revolución mexicana le permitieron recuperar su antiguo puesto en el servicio exterior, peldaño que dio inicio a una de las trayectorias políticas más sólidas que se hayan desarrollado entre los escritores de México.
Presentación de credenciales del ministro mexicano Miguel Alessio Robles. Al fondo, el Palacio Real. Madrid, 1921.
Hacia 1921, la carrera diplomática de Alfonso Reyes ya estaba por completo normalizada al frente de la Legación mexicana en Madrid. Sus ingresos económicos se habían estabilizado y aun habían mejorado sustancialmente. Los años en que había que soportar la caldera de Madrid durante el verano ya no volverían más; ahora comenzarían las vacaciones en la costa cantábrica y su predilección por Deva. Las obligaciones oficiales reclamaban su atención privándole de la oportunidad de seguir frecuentando como antes los círculos de la bohemia periodística, los cafés de los hombres de letras y, sobre todo, los archivos y las bibliotecas cuyos acervos son necesarios para la minuciosa tarea filológica. El régimen de la vida literaria de Alfonso Reyes había cambiado definitivamente al mudar el estatuto de su posición profesional. No obstante, todavía al principio de este periodo se obstinaba en administrar su tiempo en partes iguales entre el servicio de la patria y el de los estudios literarios de carácter erudito. Por ejemplo, ya como primer secretario de la Legación, acompaña al ministro Juan Sánchez Azcona al litoral cantábrico para que éste se embarque de regreso a México. En Santander, Reyes se desvía a la Biblioteca Menéndez Pelayo en busca de ciertos documentos sobre Góngora. Así quería andar entonces el flamante diplomático, por las dos rutas de sus intereses con la esperanza de que una y otra pudieran alimentarse mutuamente. Pero la naturaleza de las cosas se impondría en breve tiempo y, también, un ajuste en los hábitos de trabajo de Reyes y la naturaleza de su escritura.
[.] mi vida, mis viajes, los compromisos de mi conducta me van alejando por puntos del reposo de las bibliotecas, del silencio de los archivos, de la concentración espiritual [.]. Y así, cada vez, voy teniendo que atenerme más y más al material que se lleva en un solo libro, al saldo general de la obra de mi poeta, a su último valor humano o deshumano (estético), al solo brinco de la emoción que su lectura provoca en mí [.].22
Con el ministro Miguel Alessio Robles, Artemio de Valle-Arizpe y otros miembros de la Legación mexicana. Madrid, 1922.
Las primeras responsabilidades diplomáticas en España que ya corren por cuenta de Reyes dejan ver el único arreglo en que lo literario y lo político pueden convivir: el embajador «letrado» hace uso del capital de relaciones públicas que ha venido atesorando desde 1914 y hace gala de la perspectiva cultural que domina sobre los problemas políticos que afectan los vínculos entre España y América.23 De entonces datan en el pensamiento de Reyes las primeras postulaciones sobre la «inteligencia americana» y la «posición de América» en el cuadro de la civilización occidental.24 Pero para que estas ideas se desarrollen completamente y encuentren su expresión más cabal será menester que nuestro hombre de letras comience un nuevo ciclo de su trayectoria, el caracterizado por sus misiones diplomáticas en América a partir de 1927.
Contingente realizado en honor al ministro Miguel Alessio Robles a la presentación de sus credenciales diplomáticas. Madrid, 1921.
Mientras esa hora llegaba, Reyes se dispuso a organizar editorialmente los saldos de su mesa de trabajo, tal y como ésta había sido dispuesta desde 1913. Se trata de la época de la organización de libros con los materiales arrojados por la ingente tarea dispersa en periódicos, revistas, boletines, ediciones de divulgación de escritores clásicos, cuadernillos, órganos de investigación literaria. En medio de esta labor, en 1924, lo sorprende el incierto traslado de su sede diplomática; traslado que, luego de varios meses de incertidumbre, se orientará hacia París de nueva cuenta.
Durante su segunda estancia en París, las obligaciones diplomáticas del embajador Alfonso Reyes se harán tan pesadas que el escritor se verá obligado a abandonar su taller de escritura. Así lo exige la representación oficial que ostenta y, sobre todo, la nueva posición de la que goza gracias a sus libros y su inserción en las redes de la literatura hispanoamericana en Europa. Por ejemplo, a su llegada lo esperaba un banquete fastuoso presidido por el hispanista francés Ernest Mertinenche y su círculo de estudiosos.25 Las iniciativas culturales de acercamiento a la América hispana por parte del gobierno francés habían persistido desde 1913, y aun se habían consolidado.26 Estas iniciativas aprovecharán la oportunidad de convertir a Reyes en uno de sus huéspedes más distinguidos. Así ocurre con el Comité France-Amérique. Por otro lado, el grupo de los escritores hispanoamericanos avecindados en París se había convertido luego de la guerra en una sociedad selecta, escogida y orgullosa de su poder simbólico. Reyes ya no frecuenta a estos personajes en apartamentos modestos, redacciones provisionales y austeras oficinas; por el contrario, acude a las residencias oficiales de quienes ahora representan el cargo de ministros de sus respectivos países.
Alfonso Reyes -ministro plenipotenciario en Madrid de las más varias culturas- es un admirable ejemplar de esa exquisita especie a que da origen el feliz connubio de la diplomacia y las letras.
Melchor Fernández Almagro, 1924
Al parecer, el más refinado es el domicilio del ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide. No le van a la zaga los peruanos Francisco y Ventura García Calderón, el colombiano Ismael Enrique Arciniegas, el brasileño Luis de Souza Dantas, el argentino Álvarez de Toledo. Alrededor de este círculo gravitaban los escritores y los traductores franceses amigos de la cultura hispánica. Gracias a Reyes, algunos de éstos se vincularán para siempre con los escritores mexicanos.27 Tal es el caso de la muy cercana amistad que nuestro autor mantuvo con Valéry Larbaud, sin olvidar el servicio que a nuestra literatura han hecho los traductores Jean Cassou y Mathilde Pomès. La estudiosa Paulette Patout, especialista en esta cuestión, nos ha dado noticias muy circunstanciadas del ajetreo de Alfonso Reyes en medio de las obligaciones sociales que impone el trato de una sociedad muy compleja, articulada en torno de la diplomacia, la universidad y la literatura, con extensiones a ciertas dependencias del Estado francés, como el Ministerio de Asuntos Extranjeros.
En febrero de 1926, el propio Reyes consignó en su diario el momento en que cobró conciencia de «tanta vanidad» luego de hacer el balance de su primer año en París:
Estoy resuelto a huir de tanta vanidad, tanto baile, tanta recepción en que traen al Cuerpo Diplomático Hispanoamericano en París. Se ve que lo usan como miserable ornamento de toda fiesta. Es espantoso. No me harán perder más tiempo. Harto he tenido ya. Tengo mucho que escribir. Y, además, quedarme en casa es ahorrar dinero, que buena falta me ha hecho. El año de París ha sido de despilfarro y derroche.28
En efecto, durante su segunda etapa en París hay una baja en el ritmo de la producción literaria de Alfonso Reyes.
Sólo alcanzamos a destacar la reedición de Cartones de Madrid; la traducción al francés de El plano oblicuo; la organización de su segundo libro de poemas, Pausa; la recopilación de una cosecha sobre todo madrileña: la quinta y última serie de Simpatías y diferencias (Reloj de sol), donde siguió organizando sus breves textos en prosa que se han ido tejiendo de acuerdo con el ritmo y las incitaciones del periodismo; y Cuestiones gongorinas, donde recuperó sus trabajos sobre Góngora con el propósito de sumarse, en 1927, a la celebración hispánica del poeta. En toda esta labor predomina el gesto de quien limpia su mesa de trabajo de los materiales que allí se han ido acumulando y se descarga del peso innecesario para emprender una jornada nueva, atenida a otras condiciones de trabajo. En este sentido, puede decirse que la cosecha literaria de Francia ha sido regida por el meridiano de Madrid. En la marcha hacia su plena expresión, la segunda etapa francesa de Alfonso Reyes ha sido una extensión de Madrid, la ciudad de sus adquisiciones más definitivas en materia de expresión literaria. Expliquemos, para dar término a estas páginas, la naturaleza de esa expresión, tan arduamente conquistada.
La vida literaria en un escritor del estatuto de Alfonso Reyes comporta varias dimensiones. En primer lugar, resulta evidente el ingreso del escritor y su desarrollo en los mecanismos de sociabilidad que le son próximos, así como también su gestión en el marco reglamentado por ciertas instituciones. Este aspecto es especialmente rico en el caso de Reyes. Algún día tendremos oportunidad de describir circunstanciadamente las redes intelectuales en las que nuestro autor participó, las instituciones en las que prestó sus servicios, las iniciativas a las que obsequió su contribución, las prácticas que reclamaron su esfuerzo más disciplinado y especializado. Porque de todo esto hay en el periodo al cual se ha aludido en estas páginas, cuando Reyes consiguió desplegar plenamente sus capacidades y convertirse en un sujeto cabalmente diferenciado en el ámbito de la literatura.
En el fondo de la probeta sentimental de Alfonso Reyes un fino cristal nos anuncia que la reacción del fenómeno cósmico -hombres, cosas, libros o paisajes sobre la psiquis del agudo escritor ha producido ya su precipitado.
Adolfo Salazar, 1924
En seguida, cabe destacar especialmente en Reyes la urdimbre de su taller literario. Alguna vez deberá intentarse la crítica textual de sus libros, especialmente los que contienen su prosa, y para la cual nos ha dado preciosas indicaciones, consciente como era de la distancia que separaba las circunstancias emotivas e intelectuales de una página de las condiciones de su recuperación, organización y publicación en un volumen.29 La mesa de trabajo de Reyes no conocía descanso; escribir, para nuestro autor, en verdad era una manera de su respiración moral o la válvula de sus emociones, como él mismo lo confesó aludiendo a un fenómeno que cada vez resultó más extraño en el siglo xx: la duplicación literaria de la experiencia, la vigilancia literaria de los accidentes de la persona. Quien se atreva al estudio de los procedimientos expresivos de Alfonso Reyes tendrá que replantear radicalmente el sitio que ahora conferimos a la escritura en las actividades humanas, devolviendo al acto de escribir la centralidad moral, psicológica y civil que tuvo en otras épocas.
Estas ideas nos han arrojado ya a la dimensión de la vida literaria que más importa en este artículo, en virtud de las pruebas que nos permitirán argumentar a favor de la unidad interna que caracteriza el periodo 1913-1927. Se trata de una dimensión patética del arte de escribir; se trata de la purga de las emociones que el escritor se procura mediante la redacción de sus papeles; se trata de la catarsis que ocurre en la mente del poeta cuando contempla sus invenciones y reposa en ellas luego de haberlas concebido. Este mecanismo no será extraño a la mentalidad de Alfonso Reyes. No lo será como dato de su cultura ni lo será como accidente de su experiencia. En el primer caso, citemos su frecuentación temprana de los mecanismos catárticos del teatro ateniense, tal y como se explican en la escuela antropológica de Cambridge, cuyos libros normarían en Reyes para siempre el entendimiento del fenómeno.30 En el segundo caso, recordemos los acontecimientos dramáticos de 1913, a los cuales ya nos hemos referido y que se condensan en la pérdida violenta del padre. Uno y otro caso se vinculan en el poema dramático Ifigenia cruel, que Reyes estimó como ningún otro en su producción. En esa serie de versos, Reyes cifró su drama familiar intentando encauzar su propio dolor en la corriente universal de los padecimientos humanos y, así, dotar de sentido los accidentes políticos y morales que lo arrebataron de su tierra y de su trato con los suyos.31 El empeño de Reyes en ese poema, como en toda su obra, es el sentido, la reducción del caos humano a ciertos valores racionales que hacen posible el acomodo de la persona a la vida civil. De acuerdo con este modo de ver las cosas, se entenderá que en las páginas de Reyes aparezcan continuamente palabras como inteligencia y concordia, índices léxicos de los valores racionales más cercanos a la voluntad alfonsina. No es una casualidad el hecho de que Reyes haya podido purgar sus emociones casi definitivamente hacia diciembre de 1925, cuando, en efecto, siendo el próspero embajador de México en Francia, leyó los versos de Ifigenia cruel en la residencia del escritor Gonzalo Zaldumbide, ministro del Ecuador, «con asistencia de escritores hispanos y franceses», entre quienes el mexicano José Vasconcelos reconoció inmediatamente la cifra del poema. No se trata de una casualidad porque entonces Reyes se encontraba en pleno dominio de su oficio como hombre de letras, lo que, de acuerdo con nuestra perspectiva, equivale a decir que ya había conseguido escapar del infierno del silencio y la incomprensión, de la expresión torturada y mediocre, provisional, y acercarse a la plenitud del sentido, la expresión organizada y feliz, el estilo cabal, en fin, los atributos tanto anímicos como literarios que se pueden corroborar en la marcha de Alfonso Reyes hacia la posesión absoluta de un predio que desde entonces se le reconoce como parte de su fortuna personal en todo el orbe hispánico: la prosa.32
Tal es el camino que nuestro escritor recorrió desde los libros que dan inicio a su bibliografía fuera de México, Visión de Anáhuac y Cartones de Madrid, hasta la última serie de Simpatías y diferencias. En Visión de Anáhuac todavía se advierten las claves modernistas en la mentalidad literaria del joven escritor; en Cartones de Madrid, las impresiones más inmediatas de su trato con la ciudad del oso y el madroño; pero en Simpatías y diferencias se acumula el ejercicio de cientos y cientos de páginas, la disciplina y la constancia a prueba durante varios años, la lenta adquisición de un lugar entre viejos y nuevos amigos, la restitución en el servicio de la patria, la satisfacción del reconocimiento público y, en fin, la equilibrada adecuación de la persona a las circunstancias. Por todo ello, los libros de Simpatías y diferencias que se van publicando desde 1921 y 1926 representan el «nivel habitual» de la «conversación literaria» de Alfonso Reyes, la «continuidad» de su trabajo predilecto, «la lealtad a mi vocación».