Por Leonardo Martínez Carrizales*
Escribir es como la respiración de mi alma, la válvula de mi moral. Siempre he confiado a la pluma la tarea de consolarme o devolverme el equilibrio, que el envite de las impresiones exteriores amenaza todos los días. Escribo porque vivo. Y nunca he creído que escribir sea otra cosa que disciplinar todos los órdenes de la actividad espiritual, y, por consecuencia, depurar de paso todos los motivos de la conducta.
Alfonso Reyes
La materia que se explicará en este artículo tiene que ver con la zona donde coinciden dos aspectos de la trayectoria de Alfonso Reyes: el de su gestión pública como servidor del Estado mexicano y el de su desarrollo y consolidación como hombre de letras, aspectos que, en el caso del escritor mexicano, no pueden deslindarse con claridad.
Para el estudio de esa zona donde se confunden la biografía del hombre público y las claves de un estilo literario, resulta pertinente la siguiente delimitación: 1913 y 1927.
El primer año corresponde al traslado de Reyes a París, donde desempeñó las obligaciones propias de un modesto cargo diplomático que tenía la amargura de un destierro más o menos honorable. La segunda fecha se refiere a uno de sus desplazamientos como miembro del servicio exterior mexicano: en ese año salió de París, donde había sido embajador de la república gobernada por el presidente Plutarco Elías Calles, y donde se había convertido en una personalidad prominente entre los artistas e intelectuales hispanoamericanos avecindados en París y sus allegados franceses. Entre ambas residencias parisinas media el dilatado paso de Reyes por Madrid, al principio como un humilde trabajador a destajo en los dominios de la producción de libros, la traducción, la escritura periodística y la investigación universitaria, y al final como encargado del despacho de los asuntos de la Legación mexicana en España. Son casi tres lustros los que separan la imagen del oficinista agotado por las ingratas tareas consulares que en él se depositaban y la del afamado embajador que había llegado a instalar y acreditar un salón en su domicilio de la calle Cortambert, donde tenían lugar las manifestaciones de ocio, arte e inteligencia de la comunidad a la cual pertenecía por derecho de su puesto público y de su trayectoria literaria, la de los escritores hispanoamericanos residentes en París.
En estos lustros, Reyes no sólo consolidó su posición profesional, sino también su oficio literario. De ese periodo datan libros tan significativos como Visión de Anáhuac, Cartones de Madrid, El suicida, El cazador, Calendario, El plano oblicuo, Huellas, Ifigenia cruel y Cuestiones gongorinas, por sólo referirse a una lista que no agota la jornada extenuante de sus trabajos.1 Con ser tan importante el testimonio de esta bibliografía, hay un hecho cuya importancia máxima debe ser señalada. Me refiero a la depuración del estilo de Reyes, sobre todo perceptible en las conquistas definitivas de su prosa, si se comparan los ensayos de su primer libro, Cuestiones estéticas, cuyo estilo le parecerá al autor, luego del paso de los años, «rebuscado, arcaizante, superabundante y oratorio», propio de «una vena que todavía se desborda y desdeña el cauce»,2 y la muy larga serie de páginas que se han organizado en los cinco volúmenes de Simpatías y diferencias, «a la larga [.] el nivel habitual de mis conversaciones literarias».3 La poesía se atiene a otras claves y otro ritmo. Merece estudio aparte.
Conjeturo que en la media decena de libros en los cuales Reyes organizó el registro de su conversación hallaremos sus mejores adquisiciones en materia de prosa, siempre y cuando estemos de acuerdo en juzgar a nuestro escritor con una medida que le sería grata y que, por cierto, él dispuso para ocuparse de Goethe a lo largo de su vida. Hablo de una medida según la cual la literatura no sólo es el terreno donde el autor se amerita por el ejercicio de sus facultades relativas a la escritura, sino también por el modo en que felizmente logra descargar en el papel las energías excedentes de sus emociones.
Alfonso Reyes confiaba en el equilibrio que la literatura podía asegurar a la persona en términos psicológicos y morales.
A Alfonso Reyes, cordialmente. José Ortega y Gasset, Madrid, marzo 1925.
José Ortega y Gasset
Dedicatoria en «Las Atlántidas». Suplemento de la Revista de Occidente, 1924.
Así lo había concebido a una edad muy temprana, cuando fue educado formalmente en un ethos escolar donde las letras todavía no se apartaban de la tradición retórica y de sus presupuestos ideológicos, donde el aprendizaje de las obras consagradas por la tradición debía fortalecer el temple del «ciudadano», y así lo confirmó durante el resto de su vida gracias al apoyo de la cultura clásica que no dejaría de frecuentar. En consecuencia, el equilibrio de la persona que aspira a la salud en todos los órdenes de su vida se duplica en el estilo, como quisieron en otro tiempo los educadores de la conciencia letrada de sus conciudadanos al adaptar el célebre dictum de Buffon a sus propósitos pedagógicos: el estilo es el hombre.4 El dominio del estilo supone, de acuerdo con esta perspectiva, tanto el dominio de las tecnologías de la escritura como el del propio temperamento y carácter. Por ello se entenderá que Reyes haya practicado con especial predilección la prosa de circunstancias y que de esa práctica haya obtenido las prendas más altas de su estilo. La prosa de Reyes, tan apreciada en el orbe hispánico, es la expresión de un hombre que día con día busca el sentido de sí mismo en el cuadro general de las experiencias que le han tocado en suerte. Es una prosa cordial, cortés y civil; una prosa que adopta el tono y el propósito de la conversación; una prosa que confía en las virtudes racionales del entendimiento entre ciudadanos tanto como en los recursos con los cuales el humor acerca entre sí a las personas; una prosa que no da la vuelta a los pequeños requerimientos de todos los días y aun los transforma en asuntos propicios para exploraciones más graves y aciertos indiscutibles de la expresión. Luego vendrán las metas ambiciosas que Reyes se impuso a propósito del nacionalismo, la expresión americana y la cultura helénica.
Pero que nadie se deje engañar sobre la enorme importancia que en la literatura alfonsina tiene la expresión plena y feliz de, pongamos por caso, Calendario y Reloj de sol. Sobre todo cuando, como ya lo advertimos aquí, esa expresión fue conquistada luego del desconcierto absoluto de 1913 y de la angustia que nuestro escritor experimentaría durante su primera residencia en París y la parte inicial de su estancia en Madrid. Esa prosa breve, ondulante y caprichosa, graciosa y leve, que lo mismo se adecua a las convenciones del periodismo, la investigación erudita o la difusión popular del conocimiento especializado, que sabe satisfacer las necesidades del lector tanto como volverse sobre sí misma y procurar felicidad al propio autor; esa prosa, repito, textualiza las direcciones mentales, las conquistas ideológicas, las adquisiciones intelectuales y, en fin, las aficiones más profundas y constantes de Alfonso Reyes.
En los recursos expresivos y los temas de esas páginas descubriremos el «gozo mental» que se desata en el hombre maduro y equilibrado luego de leer y de escribir, pues estas dos operaciones se confunden en Reyes a la hora de otorgar sentido a la experiencia. En suma, la conquista del equilibrio psicológico y moral de la persona y, por consecuencia, de su expresión redonda, es un hecho que ocurrió entre 1913 y 1927 para el caso de Reyes, tal y como puede documentarse en la prosa que escribió durante ese periodo. Concentrémonos por algunos minutos en esos años de la trayectoria alfonsina.